En Francia todo será distinto

En Francia todo será distinto

El director de EL TIEMPO, Roberto Pombo, describe desde París el ambiente de zozobra que se vive.

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10 de enero 2015 , 06:19 p. m.

Un sonido estridente de sirena de carro de la policía llamó de repente nuestra atención. Algo tenía de particular ese ulular entre los que se oyen en París a casi todas las horas del día. La razón era que no se trataba de un solo carro ni de una sola sirena, sino de una fila casi interminable de patrullas, ambulancias y camiones de bomberos que se dirigían a toda velocidad al número 10 de la calle Nicolas Appert, en el distrito 11 de la capital francesa, a menos de veinte cuadras de nuestro lugar, donde hacía veinte minutos habían sido asesinados a sangre fría 12 personas, la mayoría periodistas y caricaturistas del periódico humorístico Charlie Hebdo, en aparente retaliación por haberse burlado en caricaturas de la figura de Mahoma, convirtiendo este en el episodio de violencia más grave en la historia de Francia desde la Segunda Guerra Mundial.

El 11 de septiembre francés’, tituló a lo ancho de su primera página el diario Le Monde, sintetizando así el ambiente de preocupación, sobrecogimiento general y crisis que se apoderó de Francia desde el instante en que el país se enteró de que dos hombres vestidos de negro, y cubiertas sus caras con pasamontañas, habían descargado el fuego de sus poderosos rifles de asalto AK-47 sobre el inerme equipo de redactores y caricaturistas de la revista Charlie Hebdo, en una escena insólita de fusilamiento de unos jóvenes con apariencia de hippies a manos de un comando élite de combate de alto nivel de sofisticación. (Lea también: Hay tensión en Francia pese a que extremistas fueron abatidos).

Tres días de terror

La escena, que le dio la vuelta al mundo, sintetizó la barbarie del asalto. Los dos enmascarados salen a la calle tras haber perpetrado la masacre, y se dirigen hacia el andén sobre el que se revuelca, indefenso y herido a bala, el gendarme de la policía francesa Ahmed Merabet, de 42 años. Uno de ellos acerca con frialdad su rifle a veinte centímetros de la cabeza del policía, aprieta el gatillo y regresa caminando con su compañero para abordar un vehículo negro y poder huir de la escena el crimen. Todo es escalofriante. (Lea también: Unas 700.000 personas participan en marchas silenciosas en Francia).

Unas 45.000 personas se movilizaron ayer por los alrededores del viejo puerto de Marsella, en el sur de Francia, así como en otras ciudades de ese país. Foto: AFP

Segundos antes, adentro de la sede del semanario francés los terroristas habían asesinado no solo a su director, Stéphane Charbonnier, sino a cuatro reconocidos caricaturistas: Cabu, Tignous, Honoré y Wolinski; a Bernard Maris, un economista de 68 años que firmaba con el seudónimo de Tío Bernard; a Mustapha Ourrad, un corrector de origen argelino, nacionalizado francés recientemente; a Elsa Cayat, una psiquiatra y cronista de 54 años; a Frank Brinsolaro, un agente de policía encargado de la seguridad del director desde cuando empezaron las amenazas, en el 2006; a Frédéric Boisseau, un empleado de mantenimiento de 42 años, la primera víctima de los atacantes a su llegada, y a Michel Renaud, periodista y exdirector del gabinete del municipio de Clermont-Ferrand, que se encontraba de paso por la sala de redacción para participar en una reunión.

Tres horas después de cometido el crimen, el gobierno francés empezaba a comentar de manera pública lo que en los medios de comunicación y en todos los corrillos callejeros se decía abiertamente. La masacre registrada en el medio de comunicación era la retaliación por haber sido publicadas en sus páginas caricaturas satíricas sobre el profeta Mahoma, lo que originó que se recibieran amenazas directas de muerte de los sectores islamistas más radicales. Y esa masacre podría no ser solo un acto de venganza contra un grupo específico de periodistas, sino, posiblemente, el inicio de una serie de actos terroristas no solo contra Francia, sino también contra otros países de Europa y del resto del mundo. (Lea también: La coincidencia del libro que se lanzó el día del ataque al semanario).

Por eso, muy poco después de ocurridos los hechos, el presidente francés, François Hollande, llegó a la sede del semanario y desde allí calificó el acto como una afrenta contra Francia y sus principios de libertad, y horas más tarde hicieron lo propio, acusando recibo del desafío, el primer ministro británico, David Cameron; la canciller alemana, Ángela Merkel, y el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, entre otros. Todos, cada cual a su manera, calificaron el hecho como el posible principio de una feroz arremetida del radicalismo musulmán en contra de sus enemigos, señalados por ellos en términos genéricos como “los cruzados”.

El mundo entero recibió la noticia en el mismo sentido. Casi todos los periódicos del planeta destacaron el suceso con un despliegue inusual, no solo como un horroroso atentado contra la libertad de expresión, sino como el inicio eventual de una nueva era en la relación entre el islamismo radical y las potencias occidentales. Y las cadenas de televisión nacionales y mundiales arrancaron desde ese mismo instante transmisiones maratónicas en decenas de idiomas que todavía no terminan. (Lea también:

En la calle, los ciudadanos recibieron de inmediato las noticias y entendieron la gravedad de lo que sucedía y sucede. Las escenas habituales de los parisinos caminando de prisa, envueltos en sus bufandas y cubiertos de gruesos abrigos y gorros para combatir el invierno de comienzos de año, se cambiaron por las de los corrillos en medio de la calle, los rostros temerosos y las miradas inquietas, el temor de algunos de abordar el metro sin motivo específico y los taxistas, menos monosilábicos que siempre, aventurando teorías sobre el futuro del país. Basta con asomarse a cualquier calle de París para percibir la sensación de inquietud e incertidumbre que se respira en la ciudad en estos días.

Persecución y tiroteo

Una unidad armada asaltó una imprenta, a unos 40 kilómetros al noreste de París, donde se habían refugiado los hermanos Kouachi.  Foto: REUTERS

Cuatro horas después del atentado, el Gobierno notificaba a través de símbolos que Francia había recibido una profunda herida en el alma: las banderas de los monumentos emblemáticos de París y de las oficinas públicas ondearon a media asta y la torre Eiffel apagó sus luces, dejándose envolver por una hora por una sobrecogedora sombra invernal. (Vea paso a paso la cacería de los atacantes de 'Charlie Hebdo').

Entre tanto, un despliegue policial y militar sin antecedentes. Miembros de las fuerzas militares armados hasta los dientes patrullando los distintos barrios de las ciudades principales y los suburbios de París, y noticias de todo orden sobre enormes operativos para dar con la captura de los sospechosos del asesinato de los periodistas. Datos con cuentagotas sobre el pasado de estos supuestos miembros de Al Qaeda fueron deslizados por las autoridades a los medios, y sus caras empezaron a aparecer en todos los noticieros y periódicos de Francia y del mundo.

Mientras todo esto transcurría y reinaba la incertidumbre, las autoridades, con su despliegue sin precedentes, lograban en tiempo récord las primeras identificaciones de los atacantes por un error, al parecer infantil, de uno ellos: dejar los documentos tirados en el vehículo negro en el que se dieron a la fuga y que kilómetros más adelante abandonaron para continuar su huida.

Poco después, una fuente de la Policía informaba al mundo de la existencia de los hermanos Said y Chérif Kouachi, dos franceses de origen argelino ya conocidos por las autoridades, pero que habían logrado no disparar la alarma sobre sus intenciones criminales. Chérif, de 32 años y hermano menor de Said, de 34 años, tenía el historial delictivo más nutrido y ya había pasado por prisión en el 2008 por sus vínculos con redes yihadistas y por reclutar a jóvenes marginales para la causa fundamentalista, mientras que de Said solo se mencionaba información superficial.

Pero eso no era todo. Un funcionario de la oficina fiscal advertía que un supuesto terrorista, identificado con el nombre de Hamyd Murad, de 18 años, del cual se desconocía por completo su participación en los hechos, se entregaba a las autoridades en la ciudad de Charleville-Mézières, noreste de Francia, al ver que su nombre circulaba por las redes sociales relacionado con el crimen. Según las investigaciones, Murad, cuñado de Chérif Kouachi, podría estar vinculado al caso por las declaraciones de varios testigos que señalaban la presencia de un tercer cómplice en el vehículo en el momento de la huida.

Y como estamos en Francia, mientras la ciudadanía está con los pelos de punta y las fuerzas de seguridad despliegan todo su poderío para controlar la situación, en las tertulias de los cafés y en los programas televisados de opinión –que son muchos– se desata un debate en dos sentidos. Uno, si la publicación de ese tipo de caricaturas, como las que divulgó Charlie Hebdo sobre el profeta Mahoma, va más allá de lo que se pueden permitir los periodistas en ejercicio de la libertad de expresión. Ofender a alguien en sus sentimientos espirituales –dice un polemista– a sabiendas de que se lo ofende, trasciende el espacio que la sociedad les otorga a los periodistas. La libertad –responde su interlocutor– ocupa un espacio filosófico y social que debe permitir esas actitudes, aunque lleguen a ser insultantes. Y así...

Y en otro sentido, un debate complejo y apasionante. Se discute si esta crisis profunda causada por el acto terrorista del miércoles pasado pueda servirle a la derecha francesa, encabezada por la señora Marine Le Pen, para reforzar con éxito su discurso en contra de los inmigrantes. La crisis económica y un desdibujado presidente Hollande han resultado ser buen abono para estas tesis, y la amenaza terrorista encabezada por hombres de ascendencia árabe –arquetipo del “enemigo”, según esa mentalidad– es una oportunidad de oro para reforzarla.

En la calle, la gente ha disminuido su ritmo habitual. Todo el mundo siente que a partir de ahora todo es distinto. Y se habla de eso y se esparcen rumores sobre posibles atentados, sobre suspensión de rutas de transporte, sobre la eventualidad de que el Gobierno decrete un toque de queda... Por lo pronto, nada de eso sucede.

Lo que sí se sabe, y los medios transmiten segundo a segundo, es que en forma paralela a la persecución de los sospechosos Kouachi con otros datos relevantes, como que asaltaban una estación de gasolina, un nuevo enfrentamiento entre un delincuente y la policía, en medio de un fuerte tiroteo en el centro de París, terminaba con la muerte de una agente de las fuerzas del orden. (Terroristas, acorralados, dicen que quieren morir 'como mártires').

Tres yihadistas muertos

Y al día siguiente, el viernes, un nuevo episodio que le pone a todo el mundo el alma en vilo: el mismo hombre que dio muerte a la agente, identificado como Amedy Coulibaly, de 32 años y quien se había declarado miembro del grupo Estado Islámico y de estrecha cercanía con los hermanos Kouachi, es abatido por las fuerzas de élite luego de que el terrorista terminara con la vida de cuatro rehenes dentro de una tienda de productos dirigidos a la comunidad judía.

Esta imagen muestra a los hermanos Cherif (I) y Said Kouachi, sospechosos de ejecutar el ataque contra el semanario 'Charlie Hebdo'. Foto: AFP

Casi al mismo tiempo, al caer la tarde, otra unidad armada, unos 40 kilómetros al noreste de París, asaltó una imprenta donde se habían refugiado los hermanos Kouachi, y logró así abatir a los asaltantes y poner fin a 53 agotadoras horas de persecución.

“Esto lo que demuestra –dice uno de los comentaristas de la televisión– es que las predicciones que los expertos habían lanzado cuando cambió el milenio están en lo cierto: los grandes desafíos de este siglo serán, cada cual a su manera, China y el islamismo radical. Lo estamos viendo”.

Las reacciones en el planeta no se hicieron esperar. Comentarios como el del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza; el del presidente de Cuba, Raúl Castro, y otros mandatarios latinoamericanos, coincidieron en que atentados como los perpetrados en Francia esta semana deben promover gigantescas reflexiones sobre el actual papel de los países occidentales frente a tales comportamientos terroristas. Por lo pronto, este mismo domingo se debe llevar a cabo en París una inusual manifestación de protesta contra el terrorismo, con participación de líderes de varios países.

Después de lo ocurrido esta semana, con seguridad Francia no será ya la misma, y probablemente el mundo tampoco. Tres terroristas han desatado un huracán de consecuencias imprevisibles. Tres hombres apenas (nada, al lado de los 80.000 que conforman las fuerzas de seguridad de este país) pueden haber dado inicio a la forma en que vendrá la confrontación contra este tipo de extremismo en los tiempos por venir.

ROBERTO POMBO
Director General de EL TIEMPO
París.

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