Escribir sin cantaleta en año nuevo

Escribir sin cantaleta en año nuevo

Las críticas me permiten expresar propósitos para esta columna en el 2015.

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08 de enero 2015 , 10:03 p. m.

“Por lo menos hoy descansamos de su cantaleta sobre la república más democrática del mundo”, escribió aliviado un lector de esta columna, dedicada ese día a cuentos navideños.

Suelo no responder a los lectores. En parte, porque creo en la independencia del texto. Una vez publicados, los artículos, como los libros, adquieren vida propia, sujetos a tantas interpretaciones como lecturas. Sin embargo, aquello de la “cantaleta sobre la república más democrática del mundo” (¿Colombia?) es provocador y motiva reflexiones en esta época de buenos propósitos para el año nuevo.

Lo de la “cantaleta” me preocupó. Al acercarme a los 60, la memoria comienza a fallar con frecuencia. Decidí, entonces, revisar los temas de esta columna durante el 2014, “balance de cuentas” que nunca antes había hecho. El ejercicio no deja de ser antipático, y pido por ello disculpas a los lectores. Pero la crítica de ser fastidiosamente repetitivo (“cantaletero”) no puede tomarse a la ligera. Pudo haber más variedad. No obstante, los temas abordados en esta columna fueron, creo, bastante diversos.

Relaté mis descubrimientos del spinning con mi hija Beatriz, los recuerdos de aficionado al Junior en el viejo estadio Romelio Martínez con mi tía Blanca, y mis lealtades a la bicicleta como medio de transporte en el siglo XXI. Escribí sobre el carnaval.
Hubo temas más intensos. Seguí las noticias sobre las tasas de homicidio. Reseñé libros: Michael Ignatieff, Peter Mair, John Keane. Celebré que The Economist bautizara su columna sobre Latinoamérica con el nombre de Andrés Bello. Recordé a Gary Hoskin, estudioso de Colombia.

Me ocupé de la historia. Defendí la Patria Boba. Conmemoré los 200 años de la Constitución de Noruega y el centenario de la Primera Guerra Mundial –con referencias a las memorias de un pacifista francés y a la crónica sobre 1913 de Florian Illies–.

Ilustré con detalles que los expresidentes elegidos al Congreso han abundado en Colombia desde la experiencia de Santander.

La política fue tema predominante –fruto, quizás, de una educación republicana clásica–. Unas veces desde la historia, como en algunos casos ya reseñados, o con comentarios sobre el manual para ganar elecciones que su hermano le escribió a Cicerón. Otras veces, desde perspectivas más generales, en reflexiones sobre las amenazas del populismo en Latinoamérica y en Europa.

Por supuesto que la política colombiana acaparó especial atención. El pasado fue un año electoral, cuyas campañas hay que seguir, siempre. Examiné con algún cuidado aspectos de la reforma constitucional que cursa en el Congreso: opuesto a las intenciones de obligarnos a votar y al proyecto de reelegir alcaldes. Analicé con esperanzas algunos desarrollos del proceso de paz, que defiendo, abogando con insistencia por el consenso entre las distintas fuerzas políticas.

Aquello de la “cantaleta sobre la república más democrática del mundo” se ha vuelto lugar común entre los críticos de quienes sostenemos que en Colombia existen tradiciones democráticas.

Reconocer una tradición no significa hacer su apología, mucho menos deificarla. Ni negar otras que coexistan, en diálogo o en disputa. Aquí hay también tradiciones comunistas, liberales, católicas, conservadoras, anarquistas, de violencia. Pero importa reconocer la existencia de una tradición democrático-liberal, sobre todo ante las perspectivas de paz.

Las críticas del lector aliviado de Navidades, que agradezco, me permiten expresar propósitos para esta columna en el 2015: redoblar esfuerzos por su variedad, seguir mejor la política internacional, y evitar la cantaleta. Nuevamente, feliz año.

Eduardo Posada Carbó

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