La trampa del terrorismo / Análisis

La trampa del terrorismo / Análisis

Partidos de derecha viven de capitalizar la rabia y la frustración del público frente a sus ataques.

08 de enero 2015 , 08:40 p.m.

El ataque contra 'Charlie Hebdo' en París le plantea a Francia el mismo desafío que el 9/11 le planteó a Estados Unidos: ¿cómo reaccionar frente al terrorismo satisfaciendo la comprensible y legítima indignación que éste genera, y hacerlo sin confirmar y alimentar el discurso del radicalismo islámico?

Lo ilustro más claramente: después del 11 de septiembre del 2001, Estados Unidos decidió enfrentar a Al Qaeda privilegiando los fines y olvidando los medios. Los resultados hoy son conocidos: se pasaron por la faja derechos tan elementales como aquel al debido proceso y como es sabido en detalle, torturaron a diestra y siniestra.

El costo de tan inmensa falta de coherencia fue enorme: hoy el fundamentalismo islámico cuenta con más argumentos para reclutar. Occidente y la potencia se acercaron peligrosamente a la caricatura que el extremismo había creado de ellos.

En consecuencia, antes que ceder, el radicalismo islámico parece crecer.

Este ciclo pernicioso amenaza con replicarse en Francia. Los partidos de derecha viven de capitalizar la rabia y la frustración del público frente a este tipo de ataques.

Aprovechan estas coyunturas para mover a la opinión, al establecimiento y la institucionalidad hacia la derecha.
El fenómeno no tarda en suceder: al día siguiente de los asesinatos en París, Marine Le Pen ya estaba proponiéndole al país un referendo sobre la pena de muerte.

El ciclo continúa: ese movimiento hacia la derecha normalmente se traduce, como en el caso de Estados Unidos, en una propensión a pensar en los derechos de los individuos como un obstáculo en el camino a lograr sociedades más seguras; en políticas migratorias más prepotentes y discriminatorias y, por qué no decirlo, en mayor islamofobia.

Este y no otro es el caldo de cultivo natural del que se alimenta el radicalismo.

En una conversación tan cerrada solo ganan los extremos.

Del lado del establecimiento, aquel que busque romper este ciclo con una reacción diferente a la que obliga la visceralidad de la indignación es calificado a lo menos de tibio, y a lo más de cómplice del terrorismo. La política del miedo no permite los grises.

Y, tristemente, en los grises es donde están las fórmulas que permitirían aliviar un “choque civilizacional” (como lo denominó Huntington) de semejantes proporciones.

Pero a los extremos no les interesan las razones y en los grises simplemente perderían su razón de ser. Solo buscan crear “miedo al otro” para justificar su deshumanización y eventual extinción. Ese es el negocio, y el “costo colateral” son las víctimas del terrorismo y los derechos individuales. Nada más, ni nada menos.  

SANDRA BORDA G.
Directora del CEI, Universidad de Los Andes

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