Los secretos que esconden las minas de oro del Chocó

Los secretos que esconden las minas de oro del Chocó

La presión de la guerrilla y la explotación ilegal, retos que afrontan los habitantes de Tutunendo.

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08 de enero 2015 , 06:45 p.m.

Una hora antes de que el sol se refleje en las aguas cristalinas del río Tutunendo, Rosaliliana Marmolejo Córdoba está de pie. En un fogón de leña, hace la aguapanela que dejará para el desayuno de sus seis hijos.

Se baña con el agua lluvia que recogió en recipientes la noche anterior. Busca las botas de caucho, la batea y la pala.

Será otro día para ‘minear’, para buscarse algo de dinero y, por lo menos, comprar un poco de comida que escasea en la alacena. (En imágenes: Los secretos que esconden las minas de oro del Chocó)

Son las 6:30 de la mañana en Tutunendo, corregimiento que está a dos horas de Quibdó (Chocó). El calor y la humedad ya golpean la negra piel de la mujer, de 44 años. Rosaliliana camina unos metros desde su casa de madera hasta las orillas del río, donde se encuentra con otros mineros que esperan a que la panga los adentre hasta lo más profundo de la selva, donde está la mina.

Es media hora de recorrido a una velocidad de 40 kilómetros por hora; debe pagar 5.000 pesos por el transporte.

El lanchero se orilla. La deja en un estrecho camino que solo conocen los que trabajan allí. Es una suerte de sigiloso operativo con el que confunden a las autoridades. No les conviene que ni la Policía ni el Ejército sepan dónde laboran. Igual, no llevan más de tres días en la zona y la retroexcavadora apenas está rompiendo la tierra.

De la pequeña senda se sale a una improvisada carretera. Fue lo que dejó a su paso la gigantesca máquina. Árboles en el suelo, uno que otro cadáver de serpientes o de ranas que no alcanzaron a huir. Ese es el paisaje. Las botas de Rosaliliana se hunden en el lodo. Ya está acostumbrada. Tarda media hora en llegar a un cráter incrustado en el bosque.

De su pequeña mochila saca un sombrero de paja que la protegerá de la inclemencia del sol. Bebe un sorbo de la aguapanela que empacó para ella en una botella plástica de gaseosa. Sin más preámbulos, coge la pala. A sus espaldas, la retroexcavadora rompe tierra. Ella, agachada, menea de un lado a otro su batea. Pasan las horas y no ha encontrado la primera pepa de oro que tanto necesita, no solo para su familia, sino también para pagar la cuota que le exige el frente 34 de las Farc.

“A veces se saca algo y a veces, pues no”, dice la mujer, de grande músculos, manos gruesas, nada delicada. Para ‘minear’ hay que ser, según ella, “casi un hombre más”. Ha sido así desde los 12 años, cuando por primera vez, en compañía de su madre, se metió a una mina.

Pero eran otras épocas. En ese entonces, la guerra no asediaba a los humildes trabajadores, la violencia era poca y se podía andar sin problema. “Hoy, ya no. Para que nos permitan trabajar en la mina hay que pedirles permiso a esos señores (los guerrilleros)”, denuncia. Y no solo permiso. De acuerdo con una alta fuente de Inteligencia de la Policía Nacional, el frente 34 de las Farc devenga alrededor de 4.000 millones de pesos mensuales por concepto de la extorsión. La mayoría de esos recursos los recogen de 180 máquinas retroexcavadoras que devastan la selva virgen de los afluentes, que, como el Tutunendo, van a dar al río Atrato.

Al ‘patrón’ de Rosaliliana, de hecho, le tocó pagar cuatro millones de pesos para obtener el permiso ilegal de la guerrilla. “Esa gente (las Farc) no entiende que hay semanas enteras en que no sacamos un gramo de oro, y uno tiene que conseguirse la plata para pagarles como sea, o si no, pues lo matan”, dijo el hombre, que, aparte de todo, está obligado a pagar mensualmente 3.500.000 pesos.

La Federación de Mineros del Chocó (Fedemichocó), asociación que reúne al 90 por ciento de los mineros de la región, conoce bien la situación de la que se declaran víctimas. “Lo que hay aquí es un vacío institucional, si los mineros pagan extorsión es porque la Fuerza Pública no nos protege”, dice Federico H. Taborda, secretario general de Fedemichocó.

Para la Policía es claro que, a través de las denominadas redes de apoyo al terrorismo (RAT), esa guerrilla ha venido desarrollando actividades previas para la llegada de personal altamente entrenado en el municipio de Quibdó, “generando un estado de zozobra y miedo permanente, lógico está, para que mineros y comerciantes paguen las extorsiones”.

Y ha sido tan eficaz esa estrategia que tuvieron que dividir a sus 260 hombres en tres células. Una para la ejecución de actos terroristas, otra de finanzas en cobro de extorsiones, y la de logística, para el abastecimiento de víveres, material de intendencia y material de guerra.

Estas les rinden cuentas directamente a alias Melkin y alias Chaverra, este último señalado de secuestrar al general Rubén Darío Alzate y sus dos acompañantes, a finales del año pasado.

Tienen que sacar carné

Cuanto más escondida en la selva esté la mina, los abusos contra la población son mayores. En municipios como Bebará y Bojayá llegaron a un nivel aterrador.

“Para trabajar en la mina nos obligan a sacar carné. Cuesta 30.000 pesos y nos exigen fotocopia de la cédula y una foto pequeña”, denuncia un minero de la región.

Es más, para lograr que le den el documento tiene que ser llevado por otra persona que ya lo tenga, pues impiden que cualquiera llegue a trabajar sin ser identificado.

“Es posible que esto pase, pero aún no tenemos una denuncia formal de ello”, explica el subcomandante de la Policía de Chocó, coronel Giovanny Buitrago. Lo que sí saben es que todos pagan, desde las baraqueras y los mineros hasta los propietarios de las retroexcavadoras y dragas. Estas últimas son las que están en la mitad de los ríos y donde, máximo, trabajan tres personas. “A nosotros nos toca pagar 2 millones de pesos mensuales. Vienen y nos cobran en pangas, y hasta recibo nos dan”, dice un propietario de una draga que también está en el río Tutunendo.

Lo tienen tan bien calculado que, dependiendo del oficio, la tarifa difiere. Juan Esteban Chaverra es el ‘chorriador’ de la mina donde trabaja Rosaliliana. Su salario, como el del maquinista, oscila entre 800.000 y un millón de pesos mensuales, mucho más de lo que se ganan sus compañeros.

“Uno, de esa plata, tiene que sacar pa’ la comida de los hijos (tiene cinco), para pagar el arriendo, la luz, y por ahí derecho para que los actores armados nos dejen trabajar tranquilos. El Chocó es un desorden”, se lamenta el hombre, de 60 años, que ha dedicado su vida al oficio.

Eso precisamente es lo que critica al Gobierno Nacional Ariel Quinto, uno de los más afamados y reconocidos líderes de mineros del Chocó, pues, según él, mientras los actores armados los amedrentan para obligarlos al pago de extorsión, las autoridades los señalan de criminales.

“Cómo es posible que el Ministro de Defensa (Juan Carlos Pinzón) nos señale de minería criminal. No, eso no es así. Miles de familias vivimos de esto. Y sí, nos toca pagarles extorsión a los grupos armados, pero nosotros somos víctimas, no los financiamos, como lo quieren hacer ver”, denuncia.

Esto lo reconoce el comandante del Batallón Fluvial de Infantería de Marina, coronel Carlos Andrés Téllez, quien afirma que tanto las Farc como el Eln, además de amendrentar y extorsionar a las poblaciones ribereñas del Atrato y sus afluentes, utilizan esas vías fluviales para el tráfico de armas y drogas, y el transporte de cabecillas y guerrilleros.
“Usan embarcaciones con casco de madera o fibra de vidrio, con motores de 40 o 200 caballos de fuerza, que son los más comerciales. Se hacen pasar por pangueros, para evitar los controles que ejercemos (con 800 hombres) en 594 kilómetros de río. Pero tienen rutas diferentes y muchas veces pasan desapercibidos, ya que amenazan a la población para que no nos den información de sus movimientos”, explica.

Eso lo sabe bien Rosaliliana: “Cualquiera que haya vivido en Chocó sabe que las cosas son así, y a uno le toca quedarse callado, pues lo importante es el trabajo. Es lo único que nos sirve, en medio de la miseria en donde nos tiene”.

El sol se esconde tras los gigantescos árboles y la luz ya no da abasto para seguir moviendo la batea. Hoy es un día como muchos otros. Rosaliliana no probó bocado de comida, solo se tomó toda la aguapanela que llevó y lo único que sacó de la mina de Tutunendo fue el barro que le quedó en las uñas y su batea. Mañana, a madrugar de nuevo.

YEISON GUALDRÓN
CHOCÓ
Enviado especial de EL TIEMPO

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