Editorial: Paso a paso

Editorial: Paso a paso

06 de enero 2015 , 08:33 p. m.

Comenzó el año con la noticia de que el Gobierno ha decidido cambiar una de las reglas de oro de la negociación con las Farc en La Habana: la que la blindaba contra lo que ocurriera en el campo de batalla. Como lo recordó el lunes el presidente Juan Manuel Santos, esta se inspiraba en la máxima acuñada por el ex primer ministro de Israel Isaac Rabin, según la cual era necesario negociar como si no existiese la guerra y mantener la ofensiva militar como si no existiese el proceso de paz.

Algunos podrían decir que hechos como el secuestro del general Alzate ya habían dejado ver un debilitamiento de las conversaciones. Dicho episodio tuvo una repercusión que –al margen de lo condenable que será siempre un secuestro– dejó en evidencia la madurez del proceso y el grado de compromiso de las Farc con encontrar una salida por la vía negociada.

Fue también una prueba más de que los diálogos han avanzado hasta un punto en el que no es viable continuar con este aislamiento. En parte porque las acciones de la subversión poco ayudan a ambientar un esfuerzo de paz frente al cual todavía son muchos los colombianos escépticos, pero también porque es innegable que determinaciones como la del alto el fuego unilateral de las Farc tienen, sin duda, un efecto favorable en la negociación. Estos gestos bien pueden ser el catalizador que hace falta, sobre todo cuando está claro que el reloj corre en contra.

De igual modo, la decisión de la guerrilla de suspender su accionar, cuyo cumplimiento ha sido reconocido por el propio Gobierno, plantea la pregunta de si llegó la hora del cese bilateral, una perspectiva que, como lo ha insistido el Primer Mandatario, solo se dará tras la firma del acuerdo.

No obstante, parece ser un hecho que estamos ingresando a su antesala: el desescalamiento del conflicto, sin que haya claridad aún respecto a sus alcances y la manera como será llevado a la práctica. De lo que sí no hay duda es de que de ahora en adelante se armonizarán los esfuerzos de los negociadores en Cuba con las estrategias de la Fuerza Pública en el territorio nacional, lo que terminará afectando el semblante de la guerra, sin que esto implique que los uniformados dejen de cumplir su deber constitucional.

Lo que sí se puede afirmar con certeza es que se ha optado por el camino correcto, así la velocidad no sea la que por momentos muchos quisieran. La senda exige ser transitada con mesura y cautela y en ella no es bueno caer en la tentación de sobredimensionar logros, sin que esto excluya valorar lo hasta ahora avanzado en una cuesta muy empinada.

Es fundamental también saber ponderar las interpretaciones que a título personal se hagan de cada uno de los anuncios.
Así las cosas, el del Presidente es positivo en la medida en que abre la ventana para que entren nuevos vientos favorables a la mesa. Permite, además, darle más impulso a una dinámica que harto se necesita para superar los difíciles escollos que aún restan –la dejación de armas y la reintegración de los guerrilleros– y para abonar el terreno con miras a los siguientes pasos.

Y es que una cosa es tratar estos asuntos en un marco de incertidumbre y apatía y otra muy distinta es abordarlos en una atmósfera de optimismo, en la que paulatinamente se consolida el consenso de que estos diálogos no tienen marcha atrás, así falten todavía tragos amargos y tormentas. Es, en suma, una evidencia más de que el anhelo de paz avanza por un camino de una sola vía.

Editorial

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