Editorial: De la fiesta a la barbarie

Editorial: De la fiesta a la barbarie

05 de enero 2015 , 07:59 p.m.

Colombia vive por estos días en gran parte del territorio sus fiestas populares. Son festividades arraigadas, que le sientan bien a la sociedad, pues se trata del esperado y merecido descanso, con buena dosis de esparcimiento y recarga de ánimos para la jornada laboral durante el año que comienza.

Algunas tienen mayor proyección nacional, como el Carnaval de Negros y Blancos, en San Juan de Pasto (Nariño), de origen indígena, lleno de colorido, arte, creatividad y alegría, que en buena hora, para orgullo de aquel departamento y de Colombia toda, fue declarado en el 2009 ‘Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad’ por la Unesco. Por el mismo estilo, el Carnaval del Diablo se vive en Riosucio (Caldas), donde también se exteriorizan las creaciones artísticas y autóctonas.

Desde luego, están las ferias de ciudades capitales, como la de Cali, que acaba de terminar, y la de Manizales, una de las de mayor renombre en América, hoy en pleno, con su prestigioso Reinado Internacional del Café, su feria taurina, que celebra 60 años de historia, y otros tantos atractivos culturales y artísticos, que la hacen tan particular y orgullo de los habitantes de esta región.

Y están, cómo no, las corralejas, que se celebran en una vasta región de la Costa Caribe, como las de Sincelejo, Montería y Turbaco, entre otras. A todas estas festividades, tanto por su valor cultural como recreativo, hay que respaldarlas y propagarlas, lo que no significa dar carta blanca para desbordes que atropellan la razón, como el protagonizado por un grupo de participantes en las corralejas de Turbaco, el fin de semana pasado.

Estas festividades suelen ser una diversión de arrojados manteros y caballistas con toros sueltos en la arena. No un ataque brutal, con piedras, puñales y puntapiés, de enajenados contra un animal vencido. Eso no es más que un acto bárbaro. Y, justo decirlo, completamente distinto, también, de lo que son las corridas de toros.

Con toda razón se ha despertado un rechazo unánime, no solo entre los animalistas, sino entre el común de la gente y las autoridades nacionales, que exigen explicaciones de tan absurdo proceder, donde, a todas luces, faltó control. La Fiscalía anunció que abrirá una investigación, al igual que el ministro de Justicia, Yesid Reyes, al condenar el atropello. El gobernador (e) departamental, Álvaro Redondo Castillo, responsabilizó al alcalde local, y el ministro de Ambiente y Vivienda, Gabriel Vallejo, dijo que debe haber un debate sobre las corralejas, pues, si bien implican tradiciones arraigadas en la cultura popular, “algunas actividades a veces terminan en cosas distintas de lo que se concibió”.

Lo propio hizo el Ministerio de Cultura, que afirmó “Creemos que llegó la hora de reformar el Estatuto Nacional de Protección de los Animales, prohibiendo y sancionando drásticamente los actos de barbarie como el sucedido en Turbaco. Es el momento de dar una discusión pública y abierta sobre el asunto, que seguramente tendrá otras voces que consideran que estos eventos deben seguir siendo parte de la vida nacional”.

Eso es claro. Lo que hubo allí fue un reprobable desborde, probablemente con altos grados de consumo de licor. Sin embargo, hay que ir más allá y preguntarse por qué este desfogue de violencia reprimida y por qué se pasa tan fácil de la fiesta a la barbarie. Y, desde luego, entender que hay expresiones que, así sean culturales, no están exentas de revisión, reglamentación ni vigilancia. Que es lo que allí falló.

EDITORIAL

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