Reflexión de año nuevo

Reflexión de año nuevo

El Tiempo es un insidioso animal taciturno que nos devora desde dentro.

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05 de enero 2015 , 07:29 p. m.

Extraña que ateos declarados como Stephen Hawking, para describir lo inmanifestado, la Singularidad de antes del Big Bang, rocen los terrenos de la alta poesía y la mística, y califiquen la Nocosa que lo contenía. Todo en el Noespacio y el Notiempo, con los adjetivos que sirvieron antes para Dios. La Singularidad de donde todo brotó se contenía a sí misma en la invisibilidad de lo inextenso. El ser viene del no-ser, afirman también los taoístas.

Algunos niños nos entreteníamos en mis tiempos imaginando la Nada para saborear el abismo. Lo inconcebible aterra y atrae. Nombramos las cosas para establecer una amistad simbólica con su ríspida presencia. Lo que carece de nombre amenaza. Nombrar es domar. Y por eso inventamos la palabra Tiempo. Pero el pequeño marcador de los flacos almanaques es solo un límite de consuelo contra la tendencia a la dispersión, que es la tentación inevitable de lo existente.

Aún me aterra pensar como cuando niño en la serie de los números que permite añadir otro, otro, otro, sin cesar. Teresa de Ávila se regodeaba de adolescente en la repetición de la palabra ‘siempre’, referida a la invención extravagante del Infierno. La palabra ‘siempre’ es espantosa como la palabra ‘nunca’. Hasta la felicidad hostiga cuando la acosa la eternidad. Los enamorados en sus adorables desequilibrios prometen que no dejarán de quererse. Pero callan la desesperación del adiós que incuba el primer beso. Cuando soy sensible a la imagen de mi amor, algo en mí se entristece, pues sé que ha cambiado cuando la percibo. Y que es diferente de la que beso.

En los años de Teresa, alumbrados con velones, el tiempo era más sosegado. Nosotros hoy, habiendo asimilado el tiempo al oro, hemos parado en esta fatiga tumultuosa, en este afán indeterminado. En los años de Teresa, un pintor podía tardar una lustro puliendo un dragón. Los sucesos tenían otro ritmo. Y el cielo de entonces era incomparable con la vorágine del nuestro, orgía de galaxias que se devoran entre degradaciones colosales. Una cosa es verdad para nosotros: el cielo que vemos ya no existe. Todo lo concebible para nosotros es ayer.

Entre el tiempo que tardan en agonizar una galaxia y una flor hay una sima de espejismos revueltos. Todo nace, madura, se desvanece. Pero es distinto el tiempo del amante que espera al de la charla con los amigos, que vuela. Y el de los relojes atómicos apenas se parece al de los de ayer, cuyos péndulos cabeceaban como borrachos y tocaban campanas como leprosos. Yo no sé si me gustaba más cómo transcurría antes el tiempo, cuando los niños gastábamos los días en la observación de las motas de polvo del haz de luz de un postigo entreabierto, que copiaban la danza del universo.

Hace días, en su ya larga decadencia, uno de los líderes más conspicuos del ilusionado siglo XX, uno que desde la juventud se empeñó en participar en el viejo mito de la Historia, preguntaba a unos estudiantes con voz opaca: Yo quiero que me expliquen el Tiempo. Y había en Fidel Castro un temblor. Congelado en la obstinación paranoica de su barba marchita. Los Upanishads concebían el Universo como una oscilación entre la expansión hacia lo múltiple y la contracción de la vuelta a lo indiferenciado. Llamaron al movimiento la respiración de Brahma. Pero sostuvieron también que todo es ilusión, Maya, fantasía.

Hay una curva del tiempo, el tiempo lineal, el cíclico, el espiral. El Tiempo es un insidioso animal taciturno que nos devora desde dentro. El del físico clásico y el del cuántico no debe ser el mismo de las células. Esta ceiba que acabo de sembrar demorará un siglo antes de poder abrazar el cielo. Para el cielo, en cambio, la ceiba es una vibración efímera, en otra escala de lo temporal. Todo es eterno, quién sabe. Quién sabe si quien vivió una vez vivirá por los siglos de los siglos.

Eduardo Escobar

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