Camino del mito

Un hombre como Obama podía darle la vuelta de tuerca al pronóstico del declive de Estados Unidos.

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03 de enero 2015 , 08:33 p. m.

Han transcurrido apenas seis años. Para un desempleado o quien perdió su casa puede ser una eternidad. Para rescatar una nación puede ser muy poco. Por eso, por la dimensión de la tarea que se tenía pendiente, recuerdo aquella mañana del 20 de enero de 2009. No era una mañana cualquiera. Washington D. C. estaba atiborrada de visitantes y transeúntes; casi ni se podía caminar. Pero lo realmente particular era el agudo contraste que gravitaba en el ambiente entre la angustia de miles y millones de ciudadanos e inmigrantes por la peor crisis económica desde 1929 y la esperanza que despertaba en tantos otros la posesión de ese mítico hombre, a quien alguna vez lo definieron como un chico flaco con nombre divertido, y que a la postre se convirtió en el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos.

Por eso, solo un hombre con ejemplar simbolismo, con una vida paradojal como la de Barack Obama podía suscitar aquel momento y tener el músculo político para condensar y encauzar aquellas aspiraciones. No era la posesión de un presidente cualquiera. Era la toma de juramento de quien, al tener un padre negro africano y madre blanca de Kansas, temía no sentir pertenencia y arraigo; de aquel hombre que planeaba no deslumbrarse por la exuberancia y el poder que representaba estudiar en Harvard y que al terminar su posgrado más bien regresaría como organizador comunitario en Chicago. Era la posesión de quien, según confesaría en su libro ‘Dreams from My Father’, llegó en su mocedad a sentirse “el hombre más solo del mundo”, pero que era ya el hombre más poderoso del planeta.

Era la asunción de quien solo meses antes había reunido a más de 200.000 personas en Berlín, junto a la Columna de la Victoria, repitiendo una hazaña similar a la que realizó John F. Kennedy, en junio de 1963, cuando pronunció aquella famosa frase “Soy un berlinés”.

Por eso confieso que vibraba con cada discurso que pronunciaba, con cada parcial triunfo que cosechaba, aunque también por momentos me preocupaba su calma, rayana en la ingenuidad. Por fortuna, mi percepción a ese respecto era imprecisa. Lo que se escondía detrás era una paciencia sin igual y un extraordinario pragmatismo para dosificar los cambios.

Y he allí, en su figura transformadora, la base de la excepcional vuelta de tuerca que ha dado a lo que muchos pronosticaban como el inevitable declive de Estados Unidos. En unos casos de manera elegante, sin estridencias; en otros, con golpes de mano que lo colocan como faro de la concordia o con verdaderos mazazos de cara a los republicanos, como la regularización por decreto de más de 5 millones de inmigrantes o el deshielo con Cuba.

Aunque el debate académico futuro ponderará mejor su lugar en la historia, Obama está escribiendo las páginas más memorables, al lado de Abraham Lincoln, Franklin D. Roosevelt o Ronald Reagan.

No obstante haber iniciado su primer mandato en medio de un grado de división e irritación sin precedentes, la mera aprobación de la reforma de la salud y la conducción de su país a una época de prosperidad le conceden desde ahora ese pedestal. En materia económica, basta simplemente aludir a sus desavenencias con los mandatarios europeos en la cumbre del G-20 en Toronto, Canadá, en junio de 2010, para recordar lo equivocado que estaban y lo acertado de Obama en torno a la fórmula para la salida a la crisis.

A pesar de algunos lunares, como la errada estrategia inicial en Siria y la imprevisión frente al surgimiento de Estado Islámico, su política exterior de apertura y cooperación ha ganado aliados y le ha cambiado la imagen a Estados Unidos en el mundo y en América Latina. Los éxitos en ese frente son innumerables, el último de los cuales lo obtuvo el pasado fin de semana con la culminación de la misión de combate en Afganistán.

Y si ello fuera poco, habría que recordar sus avances en la lucha contra el cambio climático y el auge petrolero, gasífero y energético de Estados Unidos. Si bien esta industria avanza sin la ayuda de la administración, Obama puede reclamar el crédito por su contribución con normas de eficiencia más estrictas para vehículos y el aumento de la producción energética de viento y solar.

Confieso pues que celebro sus triunfos, antes que por Estados Unidos, por Obama mismo, por encarnar la audacia de la esperanza y, como dice Paul Krugman, por convertirse en uno de los más consecuentes y exitosos presidentes en la historia estadounidense.

John Mario González
Seguir en Twitter @johnmario

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