'Colombia fue y volverá a ser una tierra prometida': Abad Faciolince

'Colombia fue y volverá a ser una tierra prometida': Abad Faciolince

En su última novela, explora la colonización antioqueña. Una historia acerca del amor por la región.

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03 de enero 2015 , 08:05 p.m.

La Oculta, una finca que existe en la vida real, en el suroeste de Antioquia, es el escenario de la novela que lleva el mismo nombre, escrita por Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958).

El autor, que también es traductor y periodista, se vale de su paisaje, su lago y la nostalgia que le inspira para remontarse a las épocas de la colonización antioqueña y hablar del pasado judío de muchas familias que encontraron en esas montañas su tierra prometida.

¿Por qué en esta época de novelas de ciudad toma la vía de escribir sobre una finca?

Porque mi novela típicamente urbana ya la escribí: Angosta (premiada en China como la mejor novela extranjera del 2004). Dije ahí lo que tenía que decir sobre la ciudad contemporánea. Y si algo detesto es repetirme. Cada novela tiene que ser un descubrimiento, un experimento con lo que siento. Y siento un apego muy fuerte, carnal, íntimo, con un paisaje colombiano: el del suroeste de Antioquia. Mi papá, mis abuelos, bisabuelos y tatarabuelos nacieron en un pueblo, Jericó, y en esa región mis hermanas y yo conservamos un pequeño pedazo de tierra y una casa vieja. La novela habla de esa locura del apego a un sitio en las montañas.

¿Le gusta escribir historias de familia?

La familia es la primera forma en que se organiza la vida. Son raros los que crecen en un orfanato o en un internado. La familia puede ser el escenario donde destrozan tu vida para siempre (una mala familia puede hacer mucho daño) o una fuente de seguridad, amor y confianza. Hoy, además, asume muchas formas: la familia homosexual, la de separados con hijos ajenos, la de mujeres solteras. Digamos que la familia Ángel, protagonista de mi novela, asiste a un cambio radical de las relaciones familiares (los colonos de Jericó eran la típica familia tradicional, la de la Biblia) y sus últimos miembros, los que narran la novela, representan a tres tipos de familia distintos.

Durante mucho tiempo tuvo ganas de escribir ‘La Oculta’. ¿Qué le dio el impulso para hacerla realidad?

Cuando estoy en la región de La Oculta siento que pertenezco a ese sitio. Por esa región camino, nado, monto a caballo, como frutas que arranco del mamoncillo o del mango. Vivo con la tierra, con el agua, con el aire, con el color de los árboles y de los pájaros. En el lago de La Oculta, que existe (es más pequeño y menos oscuro que el de la novela), tuve que buscar y sacar una vez a un hombre ahogado. Nadar a ciegas bajo el agua, buscando un cuerpo inerte, y al fin tocarlo con las manos fue una experiencia fuerte, que me dejó sin dormir muchos días. En ese mismo lago se ahogó un poeta nadaísta y mal nadador, Amílcar Osorio, y un seminarista y un estudiante.

También una vez caminé (más de siete horas) desde La Oculta hasta Jericó. Ese esfuerzo me hizo pensar en mis antepasados, que eran campesinos y todo lo hacían a pie limpio. Esas imágenes se fueron juntando en mí, como una preñez, hasta que la novela brotó. El primer borrador lo escribí en el campo, en un refugio para escritores en las afueras de Florencia (Italia). Caminando por las colinas toscanas entendí que tenía que escribir una novela con elementos bucólicos, aunque salpicados por ese idilio siempre amenazado que es el campo en Colombia.

¿Cómo fue jugar con tres narradores?

Juego a ser otros. Ese juego es una dicha: pensar como mujer tradicional, en Pilar; pensar como mujer contemporánea, en Eva; pensar y sentir como un gay, en Antonio. No soy mujer ni soy gay, pero el escritor tiene que ser capaz de ser otro. Y es lo que también tiene que hacer un buen lector: ser un personaje, convertirse en otro por un momento. Por ejemplo, no tengo Facebook, pero pensé que si a un gay como Antonio se le muere la mamá, lo primero que hace es poner una foto de ella. Y si una mujer se casa virgen, porque es al estilo de antes, también tengo que imaginar cómo es la luna de miel para una virgen. O cómo es perder la virginidad para otra mujer que, en cambio, lo que quiere es salir de eso.

¿Qué aspectos de la cultura antioqueña quiso resaltar?

No soy el antioqueño finquero que sueña con un latifundio en la costa, lleno de reses y pocos peones, digamos como El Ubérrimo (la finca que el senador Álvaro Uribe tiene en Córdoba). Me parezco más a los antioqueños que colonizaron el suroeste con el trabajo de sus manos y de su familia. Aunque tampoco soy eso. Soy el descendiente de eso, que no siente vergüenza por su origen campesino y que agradece a sus antepasados por no tener que vivir de trabajar con las manos. Ahora vivo de trabajar con las yemas de los dedos y con la cabeza. Pero si estoy en el campo me gusta acariciar un caballo, sembrar un árbol, buscar una orquídea en el monte.

La cultura antioqueña de la región de La Oculta era de las menos desiguales que ha habido en Colombia. El campesino pobre no es un arrodillado ni un servil, así sea servicial. Hay un trato horizontal, entre iguales, incluso entre pobres y ricos. De esa cultura solo quedan vestigios. Está desapareciendo con la ‘traquetización’ de Antioquia, con la cultura del narco o del ‘paraco’ o con la ira resentida del partidario de la guerrilla. Tal vez yo, en La Oculta, esté pintando un mundo a punto de desaparecer. Aunque el otro día, cuando en Jericó el alcalde me entregó como símbolo un carriel del pueblo, me sentí feliz de ponerme una prenda hermosa que mi abuelo usaba cuando salía los jueves para la finca.

Se resalta el pasado judío de la familia Ángel. ¿Reivindica así un origen negado por la sociedad antioqueña?

Mi papá recordaba que sus abuelos decían que alguna vez habíamos sido judíos en España. Era curioso, porque al tiempo eran muy católicos, aunque con un dejo de rebeldía y descreimiento: mi abuelo fue masón y lo excomulgaron. En la novela juego con esa posibilidad. Muchos apellidos antioqueños suenan muy marranos, de conversos: Ángel, Santamaría, Estrada, el mismo Abad (que también podría ser árabe, pero eso es lo mismo, semita). En el libro esa posibilidad queda abierta. Hace un siglo, a los genealogistas antioqueños los enfurecía que cierta intelectualidad bogotana (por ejemplo, Soledad Acosta de Samper) hablara del ancestro judío de los antioqueños andariegos y comerciantes. A mí esa posibilidad me parece bonita, aunque me siento un mestizo total, mezcla de español, judío, árabe, indígena y negro. Una vez me hice una prueba genética que ofrece National Geographic y dio un coctel de orígenes étnicos y geográficos.

¿Qué tanto lo marca ese ancestro judío después de tantas generaciones? En la novela, a Pilar le parece inútil, mientras que a Antonio le parece vital. ¿De cuál está más cerca?

Todo eso es novelesco, inventado. Un empresario antioqueño, Nicanor Restrepo Santamaría, me contó la historia de su abuela buscando los orígenes “limpios de sangre” de su apellido Santamaría en España, y que el cura que los investigó se encontró, escarbando muy poco, con un antepasado rabino en Toledo. En el libro lo cuento. Para mí esto es un juego: en realidad, ¿uno qué es? La progresión es geométrica, dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16, 32, 64, 128... En pocas generaciones se amplía tanto que es imposible no tener meretrices, reinas, locos, sabios, príncipes y mendigos entre los antepasados: ‘bisladrones’ y ‘tataraputas’, como se dice. Lo importante es intentar ser uno lo que es, lo que sea, pero dejando un buen recuerdo de nuestro breve paso por el mundo.

Supongo que habrá lectores que buscan más de ‘El olvido que seremos’ (donde revive la historia de su padre, el doctor Héctor Abad Gómez, y de su asesinato). ¿Cuánta distancia tomó de esa novela?

El origen de El olvido... es una tragedia familiar y un crimen político. Esperé 20 años para poder contar esa historia. Al contarla, hice las paces con ese pasado horrendo. Ahora cuento otras cosas cuyo origen remoto está también en la familia de mi papá, pero no es una novela testimonial, sino ficción, invención, sueño.

Para muchas personas, El olvido... es mi único libro. Sin embargo, novelas como Angosta, Basura (premio Casa de América de Narrativa Innovadora) o La Oculta se ocupan también de asuntos interesantes. Para escribir otro libro como El olvido... tendría que vivir otra tragedia, y prefiero morirme antes que volver a vivir una pesadilla así. Me abrió puertas, me ha dado amigos y lectores, pero no pueden esperar que me repita. En cada libro quiero hacer algo distinto.

Dijo que esta novela se nutrió de recuerdos. ¿Puede resaltar alguno de los que terminaron en el relato?

Atravesar el río Cartama a caballo, con mi abuelo, y oír de sus labios la historia de esa finca, o del viaje a Sevilla, en el Valle, después de la crisis del 30, cuando tuvo que empezar de cero, sin un centavo en el bolsillo, hasta que comprando novillos fiados y revendiéndolos volvió a amasar lentamente un pequeño capital. Si no fuera por su duro trabajo, ni mi papá hubiera sido médico ni yo hubiera podido estudiar literatura. Creo que todos, en algún momento, soñamos con irnos a otra tierra, a otro país, a empezar una nueva vida.

En La Oculta les hago un homenaje a los antepasados que hicieron real ese sueño de tener un sitio y una tierra en el mundo. Y lo hicieron aquí. Colombia fue y volverá a ser una tierra prometida, cuando estemos en paz y volvamos al campo extenso y bellísimo que tenemos y que no hemos visto porque llevamos 30 años atrincherados en las ciudades. Colombia debe volver al campo, de donde venimos todos. Es la ilusión del campo la que hace ciudades verdes y no estos horrores donde vivimos.

Liliana Martínez Polo
Redactora de EL TIEMPO

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