Pegida: el nuevo estilo de odio antisemita que se vive en Alemania

Pegida: el nuevo estilo de odio antisemita que se vive en Alemania

Un sentimiento antimusulmán ha despertado en las calles alemanas. Autoridades, en alerta.

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03 de enero 2015 , 05:30 p. m.

La canciller Angela Merkel, su gobierno, así como buena parte de la sociedad germana terminaron el calendario del 2014 alarmados y preocupados por la numerosa y creciente acogida ciudadana a una modalidad de protestas de renovada incitación al odio racial, esta vez en contra de los musulmanes.

Las marchas comenzaron a finales de octubre en la ciudad de Dresde, en el oriente de Alemania, convocadas por un movimiento identificado con la sigla Pegida, que en español significa ‘Patriotas en contra de la islamización de Occidente’.

El concepto de movilización emula las manifestaciones pacíficas y silenciosas que se dieron todos los lunes del segundo semestre de 1989 y cuya presión aceleró la caída del Muro de Berlín.

La presión que pretende Pegida es la de obligar a la política alemana a restringir la presencia de musulmanes en su territorio, mediante su expulsión en caso de que no respondan a la obligación de sometimiento y adaptación a las costumbres de vida “occidentales”, así como la regulación y disminución al máximo del otorgamiento de refugio y asilo a personas que provengan de países de religión musulmana.

A las dos primeras versiones de la marcha, dadas los pasados 13 y 20 de octubre en Dresde, solo acudieron un centenar de personas, por lo que fueron registradas por los medios como una escaramuza más de neonazis y xenófobos que, aunque en minoría, siguen haciendo parte del paisaje social germano, mediante movilizaciones aisladas que siempre han sido repelidas por la propia ciudadanía con manifestaciones en contra superiores en número.

Con Pegida y sus marchas, la ecuación se ha dado a la inversa. Desde finales de octubre y durante todo el mes de noviembre hasta el 15 de diciembre, las marchas han presentado un vertiginoso crecimiento en número y calidad de público simpatizante, que da la cara ya no como perteneciente a la escena neonazi sino como integrante de los sectores estudiantil, profesional, académico y perteneciente a todos los estratos económicos y sociales.

El crecimiento en cifras es escandaloso. Mientras el 8 de diciembre, diez mil personas se presentaron en el centro de Dresde para marchar a favor del Pegida, una semana después, el lunes 15 ya el mismo centro de esa ciudad no daba abasto para albergar los 17.000 participantes contabilizados por la Policía, que además dio el parte de que marchas de la misma naturaleza se estaban registrando en otras ciudades del oriente y del occidente alemán.

El tumulto y proliferación de pancartas portadoras de leyendas como “Despierta Alemania, el islamismo nos amenaza”, “No queremos que nuestros hijos hablen árabe” o “Exigimos respeto y cuidado por el uso de nuestra lengua y nuestras costumbres” en las manos de marchantes tan silenciosos como determinados comenzó a dominar los titulares de noticias nacionales y se impuso como el debate imprescindible para la clase política a nivel regional y nacional.

Dos semanas antes de la Navidad, la propia canciller Merkel tomó la vocería de la clase política y rechazó la existencia y el apoyo de este tipo de marchas. “Considero este tipo de expresiones y movimientos como vergonzosos e inaceptables en un país democrático como Alemania, con vasta experiencia histórica en el terreno de actitudes discriminatorias”, dijo la gobernante.

A la voz de Merkel y el coro de varios de sus ministros siguió, el pasado 20 de diciembre, la condena y alarma proferidas por el Comité Central de los Judíos en Alemania, una voz con igual o mayor autoridad que la de Merkel en materia de persecuciones raciales y religiosas en Alemania.

Su presidente, Josef Schuster, un médico de Fráncfort elegido recientemente como el vocero de los cien mil judíos residentes en el país que ejecutó el Holocausto, salió en defensa de los musulmanes y puso el dedo en la llaga al pronunciar que “el miedo de las sociedades occidentales que provoca el terrorismo islámico está siendo instrumentalizado por Pegida con el objeto de demonizar a toda una religión y a una cultura”.

“Sería un error fatal infravalorar y minimizar a grupos y tendencias como Pegida, un movimiento altamente peligroso porque pretende reinyectar el odio racial”.

En otra voz de rechazo hacia este movimiento, la catedral de Colonia, uno de los edificios más famosos de Alemania, quedará a oscuras en la noche de mañana.

“Con el hecho de apagar la iluminación queremos hacer que aquellos que estén en las marchas se detengan y piensen: es un desafío; contemplen con quién están marchando”, aseguró el decano de la catedral, Norbert Feldhoff.

La famosa ópera de Dresde, la Semperoper, también apagó sus luces en protesta durante la marcha de Pegida por la ciudad.

No obstante la condena de Merkel, los judíos, los medios y otros sectores, la dirigencia de Pegida, en manos del exconvicto alemán de 41 años Lutz Bachmann, anunció que por motivos de las festividades de Navidad y Año Nuevo, y no por los reproches, la próxima edición de la marcha antimusulmana se llevará a cabo en las primeras semanas del 2015.

Una información que no ha sido desmentida ni comentada todavía por ningún sector de la dirigencia política ni en Dresde ni en Berlín y que adelanta el sabor amargo que puede llegar a tener, para Alemania, precisamente el año de conmemoración del 70.º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Orígenes del movimiento

Pegida se gestó como una reacción ante las batallas callejeras emprendidas entre musulmanes kurdos y salafistas en las calles de las ciudades germanas de Dresde y Celle, y por las manifestaciones de simpatizantes del proscrito partido político PKK (Partiya Karkerên Kurdistani o Partido de Trabajadores del Kurdistán).

Pegida ha encontrado eco en algunos partidos políticos como Alternativa para Alemania, liderado por Bernd Lucke, que considera que muchos de sus postulados son legítimos en cuanto a la política de migración.

PATRICIA SALAZAR FIGUEROA*
Corresponsal de EL TIEMPO
Berlín.

* Con Reuters

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