Ikaro Valderrama, el músico colombiano que suena en Siberia

Ikaro Valderrama, el músico colombiano que suena en Siberia

La literatura rusa lo hizo viajar. Hoy recorre el mundo e interpreta el canto tradicional siberiano.

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02 de enero 2015 , 07:13 p.m.

A veces es un encuentro, una palabra que se oye, una persona que se ve solo una vez. Ikaro Valderrama iba en una camioneta rumbo a una toma de yagé con un grupo de gente que no conocía. Llevaba varios meses de estudio de las medicinas tradicionales de la Amazonia. Lo suyo era un interés profundo por ese conocimiento ancestral, no una moda de un fin de semana. Tanto que había dejado de lado la idea de viajar a Rusia a estudiar (un sueño de tiempo atrás que podía ser realidad porque le había llegado la aceptación de la Universidad Pedagógica de Baskortostán). En ese momento, sin embargo, su mente estaba el Amazonas.

Sin muchas ganas de hablar, Ikaro le respondió un par de preguntas a uno de los muchachos que viajaban en la camioneta rumbo a la toma de yagé. En esos momentos, previos a la ceremonia, siempre prefería el silencio. Terminó por hablarle al chico y le contó que tenía la opción de ir a estudiar a Rusia, pero que con el saber que estaba adquiriendo de los chamanes amazónicos ya poco le interesaba meterse en el mundo de Dostoievski.

–Pues, hermano, según tengo entendido, los primeros chamanes nacieron en lo que ahora es Rusia –le dijo el muchacho–. O por lo menos la palabra chamán.

Esas palabras le quedaron sonando en la cabeza.

A veces es un encuentro,
una frase que se oye,
una persona que se ve sola una vez.

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Ikaro no tenía ese nombre cuando estudió en el Colegio Calasanz de Duitama ni cuando se graduó como filósofo en la Universidad de los Andes, en Bogotá. Su nombre era Carlos Javier Valderrama Ortiz y nació en Sogamoso, de padre originario de la sierra nevada del Cocuy y madre de raíces llaneras. Ella, su madre, todavía le dice Carlos. El resto de familiares y amigos ya asumieron su decisión de homenajear al hombre con alas de la mitología griega. Carlos optó por ponerse Ikaro, con k, y lo registró así en la notaria.

Su primer contacto con Rusia fue por medio de la literatura, sobre todo de la poesía de Osip Mandelstan. Su primera relación con Siberia también fue por las letras: los testimonios desgarradores de Dostoievski y sus años vividos en la prisión de Semipalatinsk; la lectura de Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn. Ikaro era un muchacho lleno de preguntas y su deseo, recién graduado, era conocer el mundo. Pensó que la mejor manera era viajar como estudiante y eligió, entre todos los destinos, el que tenía en su mente: Rusia. Llenó un formulario de la Asociación de Universidades Rusas, respondió cuestionarios y esperó. Ikaro también ha sido un tipo de paciencia.

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Tiene 30 años. Solo 30. No es fácil de creer cuando uno se entera de todo lo que ha caminado y cuando lo oye hablar, voz grave, profunda.

Tiene en su haber la experiencia de estar con la muerte cerca. “Sentí de manera súbita un intenso dolor en la espalda, como si alguien me hubiera dado una puñalada. La presión en el pecho no me dejaba respirar. El amigo con quien estaba almorzando me ayudó a tomar un taxi y en cosa de dos horas, después de algunas inyecciones y radiografías, yo estaba recostado en un quirófano”, relata en el libro que lanzó el año pasado y que es parte de la colección Inmigrantes, de El Peregrino Ediciones.

La operación que le hicieron se llama toracotomía (durante la cual se abre la pared torácica) y el diagnóstico fue: bulas pulmonares de origen genético. “Una especie de esferas de aire que se forman en el tejido”, explica él mismo. Como efecto, tiene una cicatriz que va desde el corazón hasta el omoplato. Cuando le preguntan por ella, él suele decir que es producto de ser veterano de Vietnam o que es el recuerdo que le dejó la mafia Yakuza. Ikaro bromea con él mismo. De adolescente, con sus amigos, se hacía pasar por coreano y se inventaba palabras que la gente le creía. Sus rasgos físicos le ayudaban mucho en esa broma.

En el 2010, con una maleta sin exceso de peso y un pasaje con varias escalas, llegó a Ufá, capital de la República de Baskortostán, en el corazón de los montes Urales. Allá lo esperaban un cupo como estudiante de lengua rusa y un frío que en ocasiones llegó a ser de 35 grados centígrados bajo cero. Aprendió a hablar ruso más rápido de lo esperado, porque se dedicó de manera autodidacta.

Todas las mañanas, sin importar el clima, hacía el recorrido desde la residencia de estudiantes hasta la universidad. Conoció a compañeros muy distintos a él y se convenció de que lo más pronto que pudiera debía tomar el camino que en realidad le interesaba: hacer un peregrinaje hacia el lago Baikal (el más profundo del planeta), caminar por Siberia. En últimas: moverse.

No le llamaba la atención ir a Moscú o a San Petersburgo, ni recorrer las zonas más visitadas por los turistas habituales. “En el imaginario popular, Siberia sigue siendo sinónimo de exilio, lugar de muerte e infierno blanco. Por eso, cuando les digo a mis familiares y conocidos que me gusta recorrer ese vasto territorio en lentos trenes soviéticos o haciendo autostop, puedo entender sus caras de perplejidad”, escribe en su libro, titulado Siberia en tus ojos.

Siberia: el 76 por ciento de Rusia, 13 millones de kilómetros cuadrados de territorio y menos de 40 millones de habitantes. Hacia allá caminó.

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La primera vez que vi a Ikaro fue en una librería de Bogotá, San Librario. Hablábamos del frío que estaba haciendo en Bogotá y él, como si nada, comentó que en pocos días iba rumbo a uno de los lugares más fríos del planeta. “En Siberia tienen un dicho: el invierno no lo soporta el más fuerte, sino el que sabe vestirse”, dijo. Es clave llevar buena ropa interior y no olvidarse del gorro. “Salir sin gorro te puede llevar a perder la razón”.

Por esos días Ikaro estaba en Bogotá presentando su libro y su nueva producción musical. Pero ya tenía boletos de regreso a Rusia para cumplir varios compromisos. Hoy su agenda está llena de citas y llamadas. Fue mucho el trabajo para conseguir que eso fuera así.

Tan pronto mejoró el clima aquella vez que llegó como estudiante, Ikaro inició su peregrinaje. Hizo paradas en varias ciudades camino a su destino final, el Baikal. Viajaba con poco dinero, dormía en carpas o en casas donde le daban hospedaje sin cobrarle un peso. “Existe la idea de que los rusos son gente fría, pero yo me encontré con personas muy hospitalarias, sobre todo con la gente que viene desde tan lejos”.

Con ánimo de seguir su exploración, participó en una convocatoria para trabajar como voluntario en el Parque Nacional Taganái, en la provincia de Cheliábinsk. Allá le daban la comida y podía conocer los Urales, lo que para él era suficiente. Eran unos diez voluntarios, solo dos extranjeros (un muchacho de Estados Unidos e Ikaro). La tarea era construir una estructura de madera en uno de los riachuelos del parque. “Fue interesante trabajar con ellos, la mayoría veteranos del Ejército. Desde el principio les caí bien –dice–, quizá porque entendí que una buena manera para entenderse con los rusos es no hablar más de la cuenta”.

Se fue acercando a la cultura siberiana y supo, en efecto, el origen de chamán. Ikaro explica que la palabra chamán tiene su origen en la lengua tungus, hablada por grupos étnicos siberianos (como los evenkys o los nanáis). Y que desde el siglo XVII se generalizó el término en el mundo entero hasta el punto en que hoy se usa sin distinción para referirse al mediador entre el mundo físico y espiritual. Conoció a algunos de esos sabios chamanes, ya ancianos, que lo recibieron en sus yurtas (casas portátiles de los nómadas siberianos) y le dejaron ver su quehacer.

Al tiempo que caminaba tuvo contacto con intérpretes del khoomei, el canto de garganta tradicional de Siberia. Es una antigua tradición, reconocida por la Unesco como patrimonio de la humanidad, que se inspira en los sonidos de la naturaleza. Quienes lo interpretan se llaman khoomeiyis. Son cantos en tonos bajos y graves que de primeras pueden chocar por lo extraños, pero poco a poco generan armonía y relajación.

El artista y poeta colombiano Ikaro Valderrama interpreta el khomus, o arpa de boca siberiana, considerado sagrado y usado por los chamanes para viajar a otras dimensiones de la conciencia. /ikarovalderrama.com

“En estos tonos uno canta hasta cuatro notas de forma simultánea –dice Ikaro–. No se usan las cuerdas vocales habituales, sino las llamadas cuerdas falsas (las que uno usa cuando tose, por ejemplo). El canto de garganta tiene varios estilos. Uno es el karigaraa, en el que me siento más cómodo y fue el primero que aprendí. Es un sonido gutural, por debajo del tono natural del cantante, en armonía con sonidos de la estepa. Para mí ha sido un aprendizaje largo, que aún no acaba”.

De la mano del canto, llegaron los instrumentos. El primero que empezó a tocar fue el khomus, o arpa de boca siberiana, considerado sagrado y usado por los chamanes para viajar a otras dimensiones de la conciencia y curar a los enfermos. Aprendió también a tocar el topshur (instrumento de la República Altái), el igil (de la República Tuvá), el ikh (de Jakhasia), siempre de la mano de maestros que fue encontrando en el camino. Junto a esos instrumentos, Ikaro lleva siempre con él un cuatro llanero.

Al principio fue músico callejero. “Disfruto acomodarme en la calle de una ciudad desconocida y detenerme a observar y a cantar”, cuenta en su libro. Poco a poco llegaron los contratos y empezó a presentarse en teatros y festivales. Ha participado en el Festival Piedra Negra, donde ganó en la categoría de solista. En el 2011 estuvo en el Festival Internacional Musical, en las estepas desérticas de Tuvá. Y así ha seguido. Su agenda ha mejorado desde que editó su disco TransBaikal 2.1 (que grabó en Medellín con el músico Mauricio D’León). “Por lo general, doy un concierto, recibo algo de dinero y me muevo en el transiberiano hacia la siguiente estación. El ritmo es exigente”, narra Ikaro.

Es el destino que eligió.
Moverse.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

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