Bogotá, ciudad coqueta

Bogotá, ciudad coqueta

Un favor les está haciendo Petro a la capital y a los que llegaron atraídos por la Gran Ciudad.

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01 de enero 2015 , 08:00 p. m.

Para los bogotanos de pura cepa, lo que ha venido ocurriendo con nuestra ciudad es motivo de desazón, de hondo pesar.
En su momento, el filósofo- alcalde Antanas Mockus para referirse a la urbe que administraba puso en circulación la frase publicitaria ‘Ciudad coqueta’. Una de las acepciones de ‘coqueta’ tiene que ver con la mujer que cuida esmeradamente de su arreglo personal o del arreglo de su casa.

Mockus intentó que Bogotá fuera eso; Peñalosa tuvo más éxito. Lo que está sucediendo ahora se ajusta a otra acepción: mujer que en su relación con los hombres juega a atraerlos sin concederles mucho, o nada.

Para quien guste de repasar la historia y echar a volar la imaginación no le será difícil revivir cómo eran la sabana y sus alrededores, dominio de los muiscas, cuando hace 450 años la avistaron los conquistadores: un valle idílico, apacible, un extenso tapiz matizado de verdes.

Refiere el escritor Gutiérrez Ponce que cuando Jiménez de Quesada oteó esos nuevos dominios de la corona española, vino a su memoria el recuerdo de la hermosa vega de Granada, donde había pasado sus primeros años; la serrezuela de Suba, al noroeste, lo hacía pensar en la sierra de Elvira; las colinas de Soacha le recordaban las del Suspiro del Moro; y los cerros de Monserrate y Guadalupe, los collados que circundaban a Granada.

Según el cronista Juan de Castellanos, ante ese espectáculo los compañeros del adelantado Jiménez de Quesada exclamaron esperanzados: “¡Tierra buena! ¡Tierra que pones fin a nuestra pena!”.

Pues bien, con el paso del tiempo sus pobladores fueron multiplicándose desaforadamente, copando todo el espacio y creando infinidad de problemas que la improvisación y la miopía de sus gobernantes no han podido solucionar. El valle idílico que deslumbró a los conquistadores es hoy un verdadero valle de lágrimas. La ciudad que lo ocupa es un monstruo gigantesco, deforme, voraz y peligroso, plagado de lastres difíciles de superar: superpoblación, desempleo, inseguridad, tugurios, acumulación de basuras, vías públicas destrozadas, transporte colectivo insuficiente, proliferación de vendedores ambulantes, hospitales sin recursos, ausencia de civismo, vandalismo visual, etc., etc.

Ese gigantismo, producto de fenómenos demográficos sin control, amenaza devorarnos a todos. Más que por exceso de nacimientos, la superpoblación se explica por la migración masiva de gentes venidas de todos los rincones del país, esperanzadas en encontrar en la gran urbe la tierra buena que ponga fin a sus carencias. Explicable que vivamos una situación social explosiva. Bogotá se halla asfixiada y aplastada por el peso y las necesidades insatisfechas de sus habitantes.

Frente a la decisión del alcalde Petro de construirles a los desplazados viviendas en zonas estratégicamente inconvenientes, uno se pregunta si, en verdad, ese proyecto va a favorecer a Bogotá y a los que pretende amparar o si, por el contrario, en vez de solucionar un problema social lo que va es a crear otros mayores.

Con esa política proteccionista, de visos demagógicos, se está colocando un imán para atraer más y más ilusos y con ellos, más y más invasores avispados. Un flaco favor les está prestando el burgomaestre a la sufrida capital y a los que llegaron atraídos por las luces de la Gran Ciudad.

¿No fuera más inteligente que dentro de un plan liderado por el Gobierno Central se les construyera su vivienda en su hábitat natural, en su terruño, una vez se den las condiciones para reintegrarse a él? El dinero que se obtenga por la venta de los costosos predios que se ha pensado destinar para ello en Bogotá podría ser el aporte de la ‘ciudad coqueta’ a la noble causa social que tanto preocupa a su sensible alcalde. 

Fernando Sánchez Torres

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