'Espartaco', el regreso a ruedos en Cartagena de un torero cincuentón

'Espartaco', el regreso a ruedos en Cartagena de un torero cincuentón

De niño, el español dio sus primeros pases en Colombia. Fue la primera figura de los 80. Crónica.

notitle
01 de enero 2015 , 04:08 p.m.

Fue más o menos así: estamos en los 70 y un niño está solo, muy solo, en el inmenso ruedo de la plaza de toros de la Santamaría de Bogotá. Es rubio y delgado. Con el permiso del maestro Juan Ramón Jiménez, se diría que el chico es de algodón. Lleva puesto un traje corto, de esos que los andaluces se ponen en ocasiones especiales.

Delante de él hay algo que, por su tamaño, no es un toro, pero tampoco un becerro. La verdad, es demasiado chico para los demás pero sumamente grande para él. El niño no se arredra y tira un ¡¡¡jeeee!!! a los cuatro vientos que bajan del cerro de Monserrate para incitar al animal a que embista.

El toro va y viene y el niño se queda quieto, mientras el trapo que lleva en las manos se encarga de burlar los viajes del animal a su cuerpo. La gente que está en los tendidos celebra el número, uno más de un espectáculo cómico taurino, en el que las reses salen indemnes.

Ahí, en el cemento, otro niño, menor que el que torea, goza y ríe con el espectáculo. De pronto un hombre mayor se lanza a la arena, armado con otra tela roja y se interpone en el juego del otro niño y el toro. Enseguida, otro adulto hace lo mismo, y un segundo después ya son tres. Luego hay un cuarto y un quinto. No se trata de la segunda parte del número, es un claro acto de sabotaje. El niño del ruedo se queda sin toro y el que mira desde el graderío se echa a llorar.

Hoy, casi cuarenta años después, César Rincón vuelve a contar esa historia que lo conmovió entonces hasta las lágrimas. Su padre, Gonzalo, el fotógrafo, lo había llevado a ver el espectáculo y la comedia había terminado en drama.

Ese niño torero al que había ido a ver se convertiría, pocos años después, en la máxima figura de la torería de los años 80: Juan Antonio Ruiz, a quien todos llaman ‘Espartaco’.

Sí, es el mismo ‘Espartaco’ que este sábado 3 de enero se vuelve a vestir de torero en Cartagena de Indias, con la misma ilusión de aquella frustrada tarde en Bogotá y con la misma ambición de triunfo que lo llevó a ser líder indiscutible de las estadísticas en España entre 1985 y 1991, inclusive, siete años en los que mandó en el toreo.

¿Cuántas cosas caben en semejante paréntesis? Muchas, pero son más si se suman los antecedentes. Hijo de un torero modesto que terminó llevando las lentejas a la casa oficiando como banderillero, Juan Antonio tuvo una infancia de privaciones. Su familia, cuenta el periodista español Paco Agudo, vivía en un sótano de la calle Víctor Pradera. No faltaba nada, pero tampoco sobraba algo, gracias al oficio de peón de brega que su padre ejercía a órdenes de toreros de todo pelambre.

Las restricciones de la ley española para que menores de 16 años pudieran actuar como lidiadores lo obligó a buscar otro destino. Colombia apareció como la mejor posibilidad, o al menos la más económica, y por eso terminó jugándose el pellejo como parte de esa cuadrilla bufa, que, ese día, tal y como lo cuenta Rincón, debió soportar el asalto, en plena arena, del sindicato de un grupo de toreros nacionales que veían lastimados sus derechos por la presencia de “ese torero español”.

Cuando regresó a España encontró campo de acción en pequeñas villas que lo anunciaban ya como ‘Espartaco’, un invento del ‘Pipo’, el célebre apoderado de ‘El Cordobés’, sobre el que gravita el tan mentado O llevarás luto por mí, de Dominique Lapierre y Larry Collins. En verdad, bautizarlo como tal tampoco había sido un exceso de ingenio. Primero, Juan Antonio había nacido en una localidad llamada Espartinas, y por esos días la figura de Kirk Douglas se proyectaba en el mundo entero encarnando al esclavo que puso a prueba al Imperio Romano.

Como novillero, Juan Antonio Ruiz se convirtió pronto en un hombre necesario en plazas chicas, por cuanto sin pasar por plazas de la importancia de Madrid y Sevilla se hizo ya primero en número de festejos. Tenía ya los dieciséis exigidos por el reglamento cuando recibió la alternativa, no en la fecha prevista, por culpa de un viento de Levante que obligó a cambiar el lugar, de Jerez de la Frontera a Huelva.

Estaba aún muy lejos del éxito. De hecho, sus apoderados, la familia Lozano, la dinastía de toreros y empresarios más importante del último medio siglo en España, tenía puestos los ojos más en otro protegido, un torero al que apodaban ‘El Mangui’, que en ‘Espartaco’. El tiempo y el propio Juan Antonio demostrarían que estaban equivocados.

***

Para que la sartén diera vuelta, debía sobrevenir eso que los taurinos llaman ‘el aldabonazo’, que no es otra cosa que tirar la puerta grande de una plaza de primera categoría para, primero, dar un toque de alerta (en esos tiempos la prensa de la Península dedicaba casi tanto despliegue al fútbol como a los toros) y, segundo, generar nuevos contratos.

Eso sucedió en fecha y hora exactas. Fue el 25 de abril de 1985 en Sevilla. Era casi la última oportunidad para sacar la cabeza. ‘Espartaco’ le había confesado por esos días a su entorno que si las cosas no cambiaban se haría banderillero.

Y logró cambiarlas, gracias a un toro llamado ‘Facultades’, de la ganadería de Manolo González, en una corrida vista en toda España por televisión.

Todo lo que vino enseguida fue escalar y escalar. Con unas grandes reservas físicas que lo hacían inagotable y gracias a una técnica que le permitía hacerse a todos los toros con una facilidad que resultaba imposible para los demás, Juan Antonio Ruiz se hizo líder, pese a que su concepción artística no era compartida por todos los gustos. Los números señalan que marcó 89, 88, 100, 82, 87, 107 y 80 corridas entre esos años 85 y 91 que corresponden a su época de amo y señor.

Y, qué casualidad, fue en el 91 cuando los dos niños de la añeja historia de la Santamaría bogotana volvieron a encontrarse. Esta vez en la Feria de San Isidro. Allí, en Madrid, el 21 de mayo, César Rincón consiguió su primera puerta grande y enseguida vendrían las demás que lo convertirían en número uno, desbancando a ‘Espartaco’.

“Cuando los periodistas lo buscaban para preguntarle por mis triunfos y lo que sentía, él muy serio les decía que más bien me buscaran a mí. Siempre ha sido así: un hombre bueno que se ganó el respeto de todos sus compañeros, porque lo que consiguió lo hizo con una fuerza de voluntad que no tiene comparación”. Y si lo dice Rincón, al que tampoco la vida le ha regalado nada, es para creerle.

Dicen que los toreros nunca se retiran. Y ‘Espartaco’ es un ejemplo sin par. A él no fueron los toros los que le dijeron el primer hasta luego. Fue, qué curioso, el fútbol. Una grave lesión en un partido benéfico del que hizo parte lo marginó durante largo tiempo. Pero puede más el bicho de jugarse la vida, incluso cuando el calendario ya marca por encima de los 50 años.

Por eso, este sábado se las verá en Cartagena de Indias frente a toros de la ganadería colombiana de Alhama, en una corrida en que los toreros vestirán a la usanza de los tiempos de Goya y en la que además actuarán el rejoneador colombiano Andrés Chica, el francés Sebastián Castella y el colombiano Luis Bolívar. Un desafío a todo, incluso a los lejanos fantasmas de aquella tarde de algo que se anunciaba como ‘El Chino Torero’, en la que, en términos bogotanos, había, en efecto, un chino... este mismo Juan Antonio que ahora peina canas.

VÍCTOR DIUSABÁ ROJAS
Especial para EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.