El papa de la gente y de los pueblos

El papa de la gente y de los pueblos

Francisco no ha cambiado la doctrina, pero sí ha mostrado el cambio que debe hacer la Iglesia.

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30 de diciembre 2014 , 07:03 p.m.

Al terminar el 2014, Francisco surge como líder espiritual mundial sin haber ofrecido ninguna novedad impactante a los teólogos, ni teoría alguna de gobierno a los politólogos. Él hace sentir, con gestos y palabras, la cercanía del amor y la misericordia de Dios en el camino de las personas y las naciones, convencido de que comprender y aceptar esta verdad nos hará mejores a todos.

Lo hemos visto actuando eficaz y discretamente para restablecer las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, impulsando la presencia de la Iglesia en Irak y Siria, en el dolor de Colombia y México, en Ucrania, y en el drama judío-palestino. Al lado de los desplazados y migrantes, junto a los enfermos de ébola; defendiendo a niños víctimas de abuso de algunos sacerdotes, llamando a cuidar la Tierra y el medioambiente.

Su autoridad en la lucha por la justicia se manifiesta el 29 de octubre en el Encuentro Mundial de Movimientos Sociales, cuando recibe a líderes populares y campesinos de todo el mundo y los invita a luchar por la tierra, el techo y el trabajo; a garantizar a todos un salario decente, a proteger la vida de los barrios populares. Sus palabras han tocado también a los más destacados economistas. El profesor Angus Deaton inicia su conferencia el 12 diciembre en la London School of Economics citando la Evangelii Gaudium: “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema” (202).

Francisco no ha cambiado la doctrina, pero sí ha mostrado con gestos elocuentes el cambio que debe hacer la Iglesia con las personas y los pueblos. Por eso su mensaje de respeto a los homosexuales, de acogida a las parejas separadas, de una nueva teología de la dignidad de la mujer. Pone a la Iglesia en el corazón del mundo “como un hospital de guerra en un campo de batalla” y pide a los obispos que no se miren en Roma, sino que sean espejo en que se reflejen los pobres y las víctimas del mundo.

Nació en un sencillo hogar católico el 17 de diciembre de 1936. Entró de jesuita a los 21 años. A los 37 fue nombrado superior provincial de Argentina. Controvertido por el emblemático caso de los jóvenes sacerdotes Yorio y Jalics, detenidos por el régimen militar cuando se fueron a vivir a un barrio marginado. Años después, cuando pasó de obispo a arzobispo y cardenal, se fue metiendo cada vez más en los barrios a donde un día prohibió que estuvieran los dos jesuitas. La gente de Buenos Aires lo recuerda tomando solo el metro hasta la terminal, pobre y caminando hacia la capilla con el saludo “Rezá por mí”. La misma frase que repitió en el balcón de San Pedro cuando lo hicieron papa.

Como mensaje espiritual para 2015 valga esta oración del joven jesuita José Mario Bergoglio hace 45 años, el día que lo ordenaron sacerdote:

“Quiero creer en Dios Padre, que me ama como un hijo, y en Jesús, el Señor, que me infundió su Espíritu para hacerme sonreír y llevarme así al Reino eterno de vida. Creo en la Iglesia... Creo en mi dolor, infecundo por el egoísmo, en el que me refugio. Creo en la mezquindad de mi alma que busca tragar sin dar. Creo que los demás son buenos y que debo amarlos sin temor y sin traicionarlos nunca buscando una seguridad para mí. Creo que quiero amar mucho. Creo en la muerte cotidiana, quemante, a la que huyo, pero que me sonríe invitándome a aceptarla. Creo en la paciencia de Dios, acogedora, buena, como una noche de verano... Creo en María, mi Madre, que nunca me dejará solo. Y espero en la sorpresa de cada día en que se manifestarán el amor, la fuerza, la traición y el pecado, que me acompañarán siempre hasta ese encuentro definitivo con ese rostro maravilloso que no sé cómo es, al que escapo continuamente, pero al que quiero conocer y amar. Amén.”

 Francisco de Roux

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