Discusión de verdad

Discusión de verdad

Lo pernicioso ha sido que provengan de afuera apreciaciones sobre la realidad regional y nacional.

26 de diciembre 2014 , 09:28 p.m.

En declaración controversial en El Espectador, James Robinson se refiere implícitamente al posconflicto al proponer la modernización de Colombia como “la discusión real”. El autor de Por qué fracasan las naciones privilegia, como muchos lo han hecho e insisten en hacerlo, la educación como palanca primaria de ese objetivo: “Todo se basa en que la gente no solo tenga acceso a la educación, sino que también tenga oportunidades”, lo uno consecuencia de lo otro, si educar es condición de nivelación, como el acceso equitativo a la oferta socioeconómica.

Ilustración convincente fue el seguimiento de este diario a favorecidos con becas para acceder a educación superior. Estas son la prueba del salto existencial para jóvenes que, sin eso, continuarían encerrados en la falta de oportunidades, y son un recurso discutible de otra muestra de asistencialismo, pero, mejor que nada, de búsqueda de empleo para todos bien remunerado. Lo importante es la discusión, según Robinson.

Paralelamente a eso, persona enterada afirma que Chile está cerca del primer mundo, la medición es discutible, en cuanto el aumento y no la repartición del PIB, que tiene que ver con la configuración de estas sociedades desde cuando surgió su preocupación mayor, su salida del subdesarrollo, de la dependencia, del tercer mundo, incluido el asunto sustancial del modelo de desarrollo. Que un país, en condiciones más o menos semejantes, esté logrando superar esa tara obliga a actualizar la ‘discusión’ de primer orden, con actitudes que han polarizado la política regional e incluso mundial entre intervencionismo y liberalismo. Sin olvidar que Chile cuenta en su experiencia a Allende y Pinochet, difícil careo más elocuente.

La política es aludida principal en esta discusión, más quienes la han dirigido y usufructuado, que Robinson llama elites, término descriptivo y eufemístico, sin el contenido más real y tradicional de oligarquías o plutocracias —raramente aristocracias— que manejan estos países desde la colonia y la independencia, en relevo solo administrativo, que afectó poco el rasgo social más descriptivo regional, lo que hoy se llama asimetría o más bruscamente desigualdad, en la que Chile debe ser auscultado. Robinson habla de domesticación de esas élites sin entrar en cómo. De Chile se encomia su superación del atraso, no tanto de disposición de oportunidades, por ejemplo estudiantiles, punto que Colombia apenas roza en aproximaciones que poco cuestionan políticas laborales o tributarias, desentendimiento estructural desde la derrota de la republica liberal o esquematizado por el anacronismo de la demagogia maximalista de izquierda.

A no ser que como se dice vulgarmente se coja la oportunidad por la cola y el examen que obliga la negociación del conflicto lleve la opinión nacional a afrontar seriamente por primera vez su ‘discusión de verdad’ dejando atrás la mirada de reojo sobre su daño más importante, su deformidad socioeconómica. Lo patético es que nos lo tengan que seguir diciendo desde afuera como si no fuéramos capaces de decirnos verdades.

Jorge Restrepo

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