Peláez y 'La luciérnaga'

Peláez y 'La luciérnaga'

Mucha falta nos va a hacer esa 'bocanada de aire fresco' que ha representado ese singular programa.

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22 de diciembre 2014 , 08:49 p.m.

La luciérnaga nació en un periodo crítico del país: los apagones del gobierno Gaviria, que forzosamente nos hacían recluir temprano en nuestras casas o buscar refugio, bien fuera en un carro o en algún sitio en donde sonara un aparato de radio. Desde un principio mostró que se trataba de un programa poco común o no convencional, pues no era estrictamente noticioso ni estrictamente humorístico, creo que ha sido una nueva especie de caricatura política radial, casi del mismo talante y talento de los magistrales trazos del maestro Héctor Osuna, los cuales son un testimonio gráfico de la vida pública nacional en el último medio siglo.

Sin ser amante del fútbol, yo solía leer al ingeniero Peláez en su columna de los lunes en EL TIEMPO y escucharlo diariamente en La cabalgata deportiva Gillete de las 7 a. m., en Caracol. En este reducido espacio, de pronto comenzaron a sonar breves pasajes de esas canciones de “la vieja guardia” que parecían un pasatiempo, pero el día en que se anunció la muerte del cantante Carlos Argentino Torres, afloró el comentario conmovido de quien conocía y vivía esa música con intensidad afectiva, e intuí que ahí había un hombre talentoso que trascendía el escenario deportivo. Luego, transcurrieron varios años en el trasegar de los programas deportivos, en los cuales su ecuanimidad y mesura hacían un agudo contraste con la algarabía ‘microfonil’ de sus colegas en la famosa Polémica, en la cual se decían muchos improperios desde Barranquilla, Cali, Medellín y un poco menos en Bogotá, a todo lo cual el ingeniero Peláez le ponía orden, sin alzar la voz, haciendo gala de esa irónica sutileza de los hombres cultos.

Llegada la etapa de La luciérnaga, el hombre comenzó un despliegue ingenioso por los diversos campos del acontecer nacional, para lo cual fue seleccionando un grupo de voces que, más que imitación, hacían ‘doblaje’ de voz, ante lo cual uno, en principio, no sabía si en verdad se trataba del personaje original. Coordinar un equipo relativamente numeroso con un buen, ameno y actualizado libreto es una tarea titánica, en la que se conjugan muchas variables, especialmente la dosificación de contenidos y el trasunto temporal en el cual cada quien va asumiendo su rol, lo cual no está exento de gran capacidad de improvisar cuando las circunstancias lo requieren.

Hubo periodos en los cuales algunos de los personajes involucrados por Peláez parecían adquirir vida propia como ejes centrales del programa, pero cuando fue necesario remplazarlos, porque el éxito del programa los llevó a aceptar ofertas atractivas de la competencia, ahí se puso de manifiesto la mano maestra del director al ensayar nuevos rumbos, como fueron las vinculaciones de Héctor Rincón y la exótica de Álvarez Gardeazábal, quien, indudablemente, le dio un nuevo aire al programa con una línea de acción en la que se mezclan la erudición, el conocimiento culto y actualizado de la situación, condimentados con cierta maliciosa y perversa intención sobre la conducta o gestión de quienes están al frente de la cosa pública y de la privada.

Especial mención hay que hacer de la independencia periodística de nuestro personaje, tanto de las fuentes externas como de las internas de la cadena Caracol, pues, cuando se hizo necesario, dejó en claro que ese programa no dependía de “la pauta” y en más de una ocasión lo hizo saber frente a determinados eventos que podían interpretarse que afectaban los intereses de la empresa. Mucha falta nos va a hacer esa “bocanada de aire fresco” que ha representado ese singular programa, que no tiene antecedentes en el país, pues, aun cuando formalmente va a continuar, el espíritu de su creador y fundador ha puesto el listón tan alto que será difícil emularlo, y mucho menos superarlo. Larga vida al maestro de maestros, Hernán Peláez Restrepo.

Amadeo Rodríguez Castilla
Economista consultor

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