El múltiple legado de Gabriel García Márquez

El múltiple legado de Gabriel García Márquez

El escritor Jorge Franco reseña los aportes más importantes del fallecido nobel colombiano.

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20 de diciembre 2014 , 08:05 p. m.

Yo era un niño cuando escuché por primera vez el nombre de Gabriel García Márquez. Se hablaba de él en todas partes y las menciones, en ese entonces, estaban ligadas a la aparición de su novela Cien años de soledad.

(Vea el especial multimedia sobre la vida y obra de Gabriel García Máquez)

Por mi edad, no era mucho lo que sabía de literatura colombiana. De esa época tengo algunos recuerdos emborronados de autores costumbristas como Tomás Carrasquilla, de un romántico tardío, Jorge Isaacs, y de otro que intentó tomar distancia de los dos anteriores, acercándose al modernismo: José Eustasio Rivera, autor de La vorágine. Pero estos tres nada tenían que ver con ese autor que recién me nombraban y que al mencionármelo sentía que me decían, sin que me lo dijeran, ¿cómo es que no sabés quién es Gabriel García Márquez? (Le también: El eterno legado de García Márquez y otros hitos culturales del año)

Lo primero que leí de él fue El coronel no tiene quien le escriba y debo confesar que no fue en esa oportunidad cuando descubrí todo su valor literario. Aunque el libro es una joya, en esa lectura no sentí que había entrado a ese universo de García Márquez del que tanto se hablaba. El coronel tenía más de realismo diario que de mágico. En él resurgía la cotidianidad de nuestras tierras: el olvido, la soledad, la desesperanza, la necesidad, el hambre.

Gabriel García Márquez, luego de recibir en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura, en diciembre de 1982, por su obra 'Cien años de soledad'.

Sin embargo, por andar buscando otras cosas, mi error como lector novato fue no haber percibido la fuerza del mayor de sus talentos: el lenguaje. O tal vez sí lo percibí, sin darme cuenta, porque me dejé llevar por la historia hasta ese final que, sin duda alguna, es uno de los más contundentes de toda la literatura universal.

En las lecturas que vinieron después supe a qué se referían cuando hablaban de él. Leí Los funerales de la Mama Grande y Cien años de soledad y entendí que tenía ante mis ojos una nueva forma de narrar. Algo que no se parecía a nada que hubiera leído antes, tan inconfundible y portentoso que se convirtió en un estilo único, bajo el dominio y sello de un solo autor. En ese hallazgo, entonces, que compartimos millones de lectores, comenzó a labrarse el legado de Gabriel García Márquez.

García Márquez nos reinventó para el mundo. Lo asombroso era que a partir de la ficción García Márquez había vuelto a escribir nuestra historia con más precisión y profundidad que aquellos libros, en apariencia exactos, con los que se ha intentado explicar quiénes somos. Un ejemplo concreto está en un personaje histórico: Simón Bolívar. Es más real ese Libertador humano, contradictorio, acosado por las dudas y el estreñimiento, pero también obstinado, valiente, impaciente y caprichoso de El general en su laberinto, que cualquier otro que hayan intentado inculcar en los libros de historia.

Su amplia obra es un volver a contarnos desde lo particular a lo general, en cada texto suyo podemos reconocer nuestras miserias y carencias, nuestros complejos, nuestro culto a la ilegalidad, el abandono, la corrupción, la violencia, toda la colección de males y hasta nuestros logros, lo mejor y lo peor de nuestra idiosincrasia contradictoria está contenido en situaciones y personajes que no son otra cosa que la reinvención de una mitología más consecuente con la realidad y con la historia.

Muchos han dicho que Cien años de soledad es la biblia latinoamericana. Basta leer los primeros párrafos para percibir un nuevo génesis de esta biblia sin redentores, sin otro milagro que el de la imaginación, sin otro infierno que el que padece cada uno de nuestros pueblos, sin otra condena que la soledad, sin otro misterio que el ingenio para la supervivencia, sin ningún otro cielo que el de la esperanza.

El arte es el alma de la sociedad y en él podemos ver de lo que está hecha cada cultura. Por eso, más allá de la magia y de la potencia de su prosa, el valor de su legado literario está precisamente en mostrarnos cómo somos y de qué estamos hechos.

Devoción por el cine

El legado de Gabriel García Márquez, a diferencia de la mayoría de los escritores, no termina con su obra escrita. Es bien conocida su devoción por el cine, y su relación con él va más allá de las numerosas adaptaciones que se han hecho sobre sus libros. En sus propias palabras, al comienzo quiso ser director y lo único que realmente estudió fue cine. Fue guionista y coguionista de varios proyectos. Estaba convencido de que el buen resultado de una producción cinematográfica dependía en buena parte de la solidez de la historia y de la contundencia de los personajes.

Sin embargo, como si se tratara de un karma, el vigor de sus historias literarias parecía no encajar en el lenguaje cinematográfico y las películas basadas en sus libros no contaron con el favor de la crítica ni del público, incluso en aquellas en las que él mismo intervino como guionista. Ese fue un matrimonio que a pesar de muchos esfuerzos, de muchos intentos, de varias terapias de pareja, no funcionó. Sin embargo, el cine fue un arte amado por él al punto de que, a pesar de su timidez, también se atrevió a participar como actor.

Pero tal vez su aporte más importante al cine latinoamericano se dio a través de la educación. Pensando en un mejor cine para nuestro continente, él y otros quijotes fundaron en Cuba la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Allí no solo fue fundador, sino también maestro. Gozaba como un niño diseccionando las historias que le llevaban sus alumnos. Preguntaba, lanzaba conjeturas, sembraba dudas, aplaudía aciertos, tomaba el pelo, proponía, hurgaba en las posibilidades que ofrecían los argumentos y algunas de estas historias tuvieron la fortuna de concretarse en películas. De sus talleres salieron tres libros: Cómo se cuenta un cuento, Me alquilo para soñar y La bendita manía de contar, en los que perdurará su experiencia como maestro para quienes no tuvieron la fortuna de compartir sus enseñanzas en el salón de clase.

Gabo y el periodismo

Otra de sus pasiones está ligada a sus comienzos: el periodismo. ¿Qué fue primero en García Márquez? ¿El periodismo o la literatura? Sobre esto hay muchas conjeturas y muchos alegarán que primero fue lo uno y después lo otro, y viceversa. Lo importante para él fue consolidar la hermandad entre estos dos géneros, hasta los límites donde no se sabe muy bien dónde comienza y dónde termina cada uno.

Ese cruce de caminos, entre la literatura y el periodismo, fue uno de sus grandes logros como creador y su mejor lección fue confirmar que cuando se escribe, las fronteras entre los géneros se diluyen porque en realidad lo que existe es un solo arte, el gran arte, en el que las expresiones se complementan a través de los vasos comunicantes que las unen. García Márquez dejó una extensa y muy reconocida obra periodística, impregnada de esa grandeza que lo hizo gigante en la ficción, pero, al igual que en el cine, la mejor herencia fue su apuesta para elevar la calidad del periodismo y crear nuevas posibilidades a través de la formación.

Por su iniciativa nació la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, en donde se desarrollan nuevos alcances para lograr mejores niveles de independencia, ética y profesionalismo que tanto anheló para este oficio.

Ahora, Gabo es uno de los escritores de los que más se habla, y no solo porque aún se lo lee mucho, sino porque García Márquez también hablaba. Cada opinión suya era noticia. Generaba sentimientos encontrados, despertaba polémicas, lo citaban los políticos, los presidentes, sus colegas, la gente del común; en fin, todo el que quisiera brillar con alguno de sus apuntes.

Hoy tengo la sensación de que no llegó a decir siquiera la mitad de lo que le atribuyen, pero cada vez que alguien dice “García Márquez dijo” es porque busca un respaldo en el concepto de un hombre que vio el mundo con una mirada por donde se filtraba la genialidad. En ese aspecto, en su hablar sobre el día a día, en sus opiniones mundanas y hasta en las más rotundas, se siente el vacío de ese tono costeño y pausado, de su presencia burlona con los fotógrafos, y se siente la falta de lo que habría contado de su propia vida si hubiera vivido más para contarla.

Quienes seguimos sus pasos a distancia para intentar escribir algo digno, reconocemos en su legado literario la maestría que lo llevó a ser un clásico en vida, algo que logran muy pocos. Pero, en lo personal, quisiera rescatar un momento mágico, mucho más que su cálido abrazo, o más que ese instante cuando, solos, el cansancio lo venció y se quedó dormido en un sillón, apenas un par de minutos en los que no supe qué hacer, solo observarlo y entender que a pesar de su grandeza también era un ser humano, tan natural en su poltrona como cualquier abuelo que cabecea sin darse cuenta. Apenas abrió los ojos dijo “me quedé dormido”, como diría cualquier persona. Lo más mágico, entonces, sucedió antes de conocerlo personalmente y de la mejor manera como se conoce a los autores: a través de sus páginas. Yo leía El otoño del patriarca y, arrastrado por su prosa desbocada, sin saber cuándo se me otorgaría la primera pausa para respirar, llegué a la página en la que aquel general descreído abrió una ventana “y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habían abandonado en el muelle, y más allá del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, vio las tres carabelas”.

Como lector, vi en esas líneas una maravillosa y trágica revelación. Maravillosa porque entendí que la literatura no tenía límites, que sus posibilidades eran inagotables y que se podía construir una realidad que intentara superar nuestra realidad perecedera. Y fue también trágica porque para lograr algo de la literatura, mucho menos de lo que me mostró García Márquez en esos párrafos, tendría que entregar mi vida a cambio. Y en esa derrota anticipada, intentar como él destrozar el tiempo ancestral, el endiablado tiempo que nos hace humanos, parir personajes de las entrañas, transformar con el lenguaje y ponerles alas a las palabras para que podamos huir de la realidad los que, a diferencia de él, cargamos con la resignación de ser mortales.

Reseñas mundiales de su muerte

Mariposas amarillas -de papel- volaron en la parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Barranquilla, cuatro días después de la muerte de Gabriel García Márquez.

‘Muere el narrador universal’. Así registró ‘ABC’ de España la muerte de Gabriel García Márquez. El diario utilizó en su portada una fotografía de la autobiografía del nobel, publicada en el 2004, y dedicó más de 20 páginas, a modo de homenaje, al genio de la literatura.

El diario ‘O Globo’, de Brasil, con cuatro páginas dedicadas al nobel, lo recordó como “un señor fantástico” y “el principal exponente del realismo mágico (...) que introdujo a América Latina en el mapa de la literatura universal con su novela ‘Cien años de Soledad’ ”.

No solo los medios de habla hispana e inglesa registraron el fallecimiento de Gabo. El diario ‘Al Akhbar’, de Egipto, también rindió un homenaje al nobel, que incluyó una mención en la primera página.

‘El Universal’ de México tituló: “Adiós, Gabo”. En su edición del 18 de abril, un día después del fallecimiento del nobel, el diario hizo un despliegue, en impreso e internet, con el perfil del escritor, sus obras, crónicas, cubrimientos mundiales de la noticia, reacciones, fotos y videos.

‘Gabo solo quería ser amado por sus amigos’ fue el titular de la BBC de Londres en su sitio de internet, en español. “En su larga y prolija vida, el escritor colombiano Gabriel García Márquez -quien murió en Ciudad de México- logró lo que siempre había deseado”, agregó la versión.

‘Ta Nea’, diario de Grecia que se publica en Atenas, también dedicó su portada y algunas páginas interiores a recordar la vida y obra del creador del realismo mágico.

Con el titular en primera página ‘Las palabras mágicas quedaron huérfanas’, acompañado de una fotografía del escritor colombiano, el periódico ‘Milliyet’, de Turquía, destacó la noticia.

Los hermanos de Gabo que también partieron este año

El 9 de marzo, tres días después de que el nobel colombiano cumpliera 87 años de edad –y 39 días antes de su muerte–, su hermano Gustavo García Márquez falleció en Bogotá, luego de soportar una larga enfermedad.

Gustavo, nueve años menor que Gabo, fue ingeniero civil, cónsul en Venezuela a principios de los 90, y reconocido entre sus familiares y amigos como contador de historias, magnífico escritor, poeta, organizador de tertulias literarias, compositor y cantante aficionado de vallenatos, tangos y boleros.

Sin embargo, fue también conocido un episodio lamentable que lo acompañó durante sus últimos años de vida: una lucha perdida contra el Estado para obtener una pensión.

Y el pasado 6 de diciembre murió, a los 77 años, Ligia Ester García Márquez, también hermana menor del nobel –eran 11 en total– y considerada la guardiana de las memorias del escritor y de toda la familia.

“Era nuestra historiadora, la que estaba pendiente de recopilarlo todo y quien realizó el árbol genealógico de las dos familias, la materna y la paterna”, dijo Aída García Márquez tras la partida de su hermana.

Aunque Ligia Ester no tuvo hijos, algunos de sus sobrinos quedaron con la misión de concretar el sueño de su tía: crear un museo con piezas inéditas de las memorias de los García Márquez.

JORGE FRANCO*
Especial para EL TIEMPO

*Escritor colombiano nacido en Medellín, hace 52 años. En marzo de este año ganó el Premio Alfaguara de Novela, con su obra ‘El mundo de afuera’. Es autor de ‘best sellers’ como ‘Rosario Tijeras’ y ‘Paraíso travel’.

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