La dura Bogotá de hoy, vista por el joven pintor Óscar Villalobos

La dura Bogotá de hoy, vista por el joven pintor Óscar Villalobos

Llegado de las selvas del Guaviare a la jungla urbana, aparece un nuevo talento del arte colombiano.

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19 de diciembre 2014 , 06:13 p.m.

Rara vez un artista ha logrado presentarnos a la Bogotá de hoy como lo ha hecho Óscar Villalobos, un joven pintor que, según palabras de Eduardo Serrano, emigró de las selvas de San José del Guaviare para caer en la jungla urbana, donde viven millares de desplazados. Sus cuadros impresionan. Están pintados con una sorprendente destreza y en ellos, de una manera casi mágica, la realidad queda transfigurada. Pisa los linderos del surrealismo sin dejar de mostrarnos la caótica realidad que vivimos.

La vida de Villalobos es apasionante. Cuando tenía apenas un año de edad, sus padres lo llevaron de Ibagué a la selvática región del Guaviare. Allí, abriendo monte, acabaron convertidos en propietarios de una finca ganadera rodeada de pequeñas chagras de coca. Aquella, en efecto, era una zona roja, donde la guerrilla y el narcotráfico reinaban tranquilamente. Para llegar al pueblo más cercano, Caño Jabón, era necesario navegar por el imponente río Guaviare durante cinco horas en una pequeña lancha voladora.

Su infancia transcurrió en aquellos parajes. “Crecí en una finca y estudié en un internado porque allí todas las distancias son enormes”, le cuenta a uno. Su colegio, en los umbrales de la selva, no era el mismo de una ciudad. En él vivían también profesores y cocineras y todos realizaban labores del campo. No muy lejos de allí, escuelas y malocas albergaban a indígenas de la región.

¿Había también guerrilla?

Sí, desde que era muy pequeño estaba acostumbrado a verla. Su presencia era total. De vez en cuando los guerrilleros pasaban por el río en sus embarcaciones. No maltrataban a nadie. Como su dinero lo sacaban del narcotráfico, no tenían necesidad de cobrar ‘vacunas’, por lo menos a la gente de la región. Hubo, sí, un episodio que me marcó. Como muchos colonos habían empezado a sacar toneladas de pescado para venderlo en Bogotá, sobre todo en época de Semana Santa, un comandante guerrillero decidió prohibir este tráfico temiendo que acabaran con la pesca. A partir de ese momento, habitantes y ribereños solamente podríamos pescar para el consumo familiar.

Resulta extraño lo que usted cuenta porque la imagen del Guaviare que teníamos era más violenta…

Sí, todo era tranquilo hasta el día en que los paramilitares, llamados ‘los Masetos’, hicieron su aparición. Ocurrió en el 97. A partir de entonces todo cambió. Aparecieron amenazas y ‘vacunas’. A veces llegaban los ‘paras’ acusando a los campesinos de colaborar con la guerrilla y a veces los guerrilleros les reclamaban un supuesto apoyo a los ‘paras’. Todo concluyó en masacres nunca antes vistas. Cayeron los negocios, bajó el comercio y los tres vuelos diarios de Villavicencio a Caño Jabón pasaron a uno cada mes.

¿Fue entonces cuando usted salió de allí?

No. Yo salí antes a causa de un hecho inesperado. Lo recuerdo muy bien. Fue el día en que un grupo de guerrilleros llegó a la finca de mis padres para comprar, como de costumbre, gasolina y víveres. Uno de ellos, al advertir que yo era el niño más alto de todos cuantos veían en la zona, me miró de arriba abajo y les dijo a sus compañeros: “Nos va a tocar venir en dos años por este muchacho”. Pues bien, a los dos días ya estaba yo en Bogotá. Mi mamá no me dejó quedar en la finca, aunque ella y mi padre no la abandonaron. Yo acabé viviendo primero en Villavicencio, donde hice mi tercer año de bachillerato, luego continué mis estudios en Ibagué y finalmente en Bogotá. De todas maneras, en vacaciones siempre regresaba a la finca.

¿Cuándo nació su interés por la pintura?

Descubrí esa vocación mía cuando era todavía un niño gracias a un señor medio loco, a quien llamaban el Pintor Berrío, que llegó a la finca. Era él quien hacía vallas y avisos para las tiendas. Como los peones de la finca se quejaban siempre de mí por ser muy inquieto, Berrío me daba papel y lápiz y me ponía a dibujar. Aquello me gustó mucho y desde entonces no he dejado de hacerlo nunca. En el colegio dibujaba flores y más tarde, moñitos japoneses, pero la pintura, como pintura, la conocí más tarde, cuando tuve la oportunidad de ir a la Academia Superior de Artes de Bogotá. Me fascinó el arte, me fascinó la pintura.

¿Cómo fue su llegada a Bogotá?

Muy dura. De un momento a otro me vi envuelto en la terrible realidad de los desplazados, aquellos que llegan a los barrios periféricos de Bogotá. Yo me instalé desde el 2001 en uno de esos barrios, Patio Bonito. Allí tengo hoy mi estudio. Me acostumbré a ver calles destapadas, llenas de lodo en invierno, mucha pobreza y, por supuesto, todas las formas de inseguridad. Veía pandillas de jóvenes adictos a las drogas, mundo en el cual se movían –y se mueven hoy– también sus padres. Todo aquello fue para mí un impacto muy fuerte. La realidad que yo había vivido hasta entonces era otra. En el Guaviare había vivido en paz. Todos éramos amigos. En cambio en Bogotá la violencia me rodeaba por todos lados, incluso en el colegio donde estudiaba. Podía reconocer a los ‘malandros’, descubrir que a alguno lo pueden matar solo por mirar la novia de otro.

¿Cómo llegó esta realidad a su pintura?

Sentí la necesidad de retratar este mundo que estaba presenciando día tras día. Primero, con trabajos que eran simples ejercicios de la universidad, donde pintaba siguiendo las líneas del impresionismo. Con esas técnicas empecé a reflejar la realidad que yo vivía. Al principio, lo que sucedía en mi barrio. Luego, la diaria movilidad de sus habitantes hacia el centro de la ciudad. Era un río de gente que allí se transforma en una abigarrada multitud, donde todo el mundo va solo.

En esas calles nadie conoce a nadie, algo muy distinto a lo que había vivido en el Guaviare. Lo único que rompía para mí esa impresión densa, dura, enmarañada, que traslado a mis cuadros, eran las sombrillas de las ventas ambulantes. De algún modo sus vivos colores evocaban para mí las flores, los árboles y hasta la luz de la tierra donde crecí.

Hay algo que llama la atención en sus cuadros: partes en color, partes en blanco y negro, o bien zonas en positivo y zonas en negativo. ¿Qué sentido tienen estos extraños contrastes?

En cada cuadro busco darles a los contrastes su propio significado. El de los transmilenios, por ejemplo. Es como si uno viera a Bogotá desde arriba y el Transmilenio fuera una arteria que cruza la ciudad en medio de la confusión y el caos. Los pinto con todo realismo, pero no los árboles. Aunque me recuerdan de dónde vengo, sus hojas han perdido su natural color verde por culpa de la contaminación. Por eso las pinto en negativo. En otro cuadro omito el paisaje real de la ciudad para destacar solo a los personajes que la habitan. A modo de ruptura, suelo servirme de los cables de alta tensión. Constituyen algo muy particular en Bogotá. En todas partes, en todos los barrios, los cables de energía, de telefonía o de televisión cuelgan de los postes a lo largo y ancho de las calles. Lo que hago por medio de los cables es armar un rompecabezas con partes pintadas en negativo, partes en blanco y negro y partes en color. La partición arbitraria por medio de los cables es algo que corresponde a la realidad que vivimos en muchas zonas de la ciudad. Por ejemplo, cerca de una universidad o de un centro cultural aparecen de pronto tugurios o calles tan horribles como la del Cartucho. A veces me permito salpicar de manchas una tela porque es resultado de lo que veo cuando buses y carros cruzan por los charcos y en medio del agua y del barro se mueven enjambres de vendedores y transeúntes.

¿Cuál fue su primera exposición?

Estando en quinto semestre hubo un concurso universitario de pintura y me lo gané. El premio era una exposición. También representé a la universidad en algunos salones. En algún momento, dos profesores míos, Juan Carlos Rivero y Ángel Alfaro, cubanos ellos, tenían una exposición en Cero Galería y yo fui a ayudarles a montarla. La dueña de la galería, Leonor de Uribe, se interesó en ver lo que yo hacía. Le gustó tanto que terminó colgando obras mías en esa exposición. Jamás imaginé que Eduardo Serrano se interesara en mis pinturas y me propusiera hacer parte de una exposición titulada ‘Generación emergente’. Desde entonces he sido invitado a varios eventos. Este año me fue muy bien en la feria Sincronía y hace dos semanas gané el Premio Grau con una pieza de mi serie ‘Tierra móvil’. Ahora expongo en La Esquina, una nueva galería de Bogotá, que presenta una muestra con nuevos pintores rigurosamente seleccionados por Eduardo Serrano. Él vaticina que los trabajos expuestos allí promueven talentos o valores capaces de permanecer vigentes por largo tiempo.

¿Ya vive de su obra?

De ahora en adelante espero vivir de ella.

¿Y antes?

Pues la universidad me la pagué de una manera muy singular. Trabajaba en un billar. Tenía clase de siete de la mañana a tres de la tarde. Luego tomaba mi motocicleta y llegaba al billar para trabajar allí hasta la una o dos de la mañana.

Después monté un pequeño bar con rocola. En medio del ruido y de la música, adelantaba mis tareas de la universidad. Ya en octavo semestre, cuando empecé a exponer, decidí vender el bar, organicé el taller en mi casa y me dediqué de lleno a la pintura, sin tener que atender borrachos ni servir trago. Cierto, pasé dos años difíciles, pero ahora que he empezado a vender mi obra y a la gente le ha gustado lo que pinto, espero vivir de ella.

PLINIO APULEYO MENDOZA
Especial para EL TIEMPO

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