Un exminero que recupera lo que destruyó

Un exminero que recupera lo que destruyó

Tras años dedicados a la minería, Eusebio Torres rescata terrenos afectados por la actividad.

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16 de diciembre 2014 , 10:19 p.m.

En la década del 80, cuando Eusebio Torres era un muchacho de escuela, partió desde La Aventura, un caserío al sur del departamento de Bolívar, y se ancló al Bajo Cauca antioqueño persiguiendo la vida de lujos y comodidades que prometía la minería.

En el municipio de El Bagre aprendió el arte de hurgar oro en el lecho de los ríos, ciénagas y quebradas, aunque por ese entonces, todavía muchos vivían del campo.

La gente combinaba prácticas artesanales de minería y agricultura. Algunos cazaban nutrias, babillas y caimanes para la producción de pieles y otros pescaban bagre y bocachico con arpones y atarrayas.

“Los barcos viajaban por el río Nechí y vendían nuestros productos en Magangué y Barranquilla”, recuerda con nostalgia Manuel Tovar, líder del Colectivo de Comunicaciones por el Derecho a la Tierra de El Bagre, y quien no olvida al Santa León, una embarcación que intercambiaba arroz, plátano, frutas, ropa, aceites y mangueras, pero que como el resto de grandes navíos se extinguió cuando el río perdió vida y cauce por la minería, cada vez más violenta.

Por ese entonces, Eusebio lograba hasta seis castellanos de oro (medida equivalente a 4,6 gramos del metal), y a veces obtenía ingresos semanales por $150.000. Sin embargo, no siempre la tierra y el río le concedían riqueza.

Según la Confederación Nacional de Mineros de Colombia, cerca del 80 por ciento de la población del Bajo Cauca antioqueño depende de la explotación de oro. Mariana Escobar Roldán / EL TIEMPO

Había jornadas en que la búsqueda de oro fracasaba. Las distancias, de días, terminaban en pérdidas, la incertidumbre no lo dejaba dormir y por el camino era cada vez más frecuente encontrarse a grupos armados que pedían dinero a cambio de dejarlos trabajar.

Todavía hoy la práctica persiste. En un informe de este año sobre la situación de la región que publicó la Fundación Ideas para la Paz se demuestra que una multiplicidad de actores armados (entre los que están Eln, Farc, Epl, Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, y bandas criminales como 'los Paisas', 'los Rastrojos' y 'los Urabeños') continúan disputándose el control de la zona.

Por estas circunstancias, Eusebio, que en 1997 ya estaba casado y con hijos, no tuvo más remedio que aprender las labores del campo, y cuando la familia fue creciendo, él y su esposa Magnolia se establecieron en una pequeña isla que bordea el río Nechí.

Se trataba de un terreno anegado por la minería, muy poco fértil y con alta humedad, el cual terminó por complicar el sistema respiratorio de la mujer y a frustrar la siembra de yuca y maíz y la crianza de gallinas y carneros.

La realidad es que la extracción desordenada de oro y la deforestación de especies vegetales nativas para la siembra de pastos en el Bajo Cauca ha empobrecido a la gente y sus tierras.

Según la Gobernación de Antioquia, muchos se encuentran en condición de pobreza (19,35 %) y miseria (75,5 %), y de acuerdo con datos de la Confederación Nacional de Mineros de Colombia, cerca del 80 por ciento de la población depende de la explotación de oro, pero solo el 5 por ciento cuenta con un título de explotación minera, lo que se traduce en que la mayoría son informales y sus prácticas no siempre favorecen al medioambiente.

Mientras tanto, más de la mitad del territorio se dedica a la ganadería, apenas un 4 por ciento a la actividad agrícola y el pescado escasea.

Para Manuel Tovar, la responsabilidad la tienen tanto las empresas que realizan minería formal, como aquellos individuos o grupos que extraen oro sin ningún tipo de control.

“Es cierto que las compañías generan empleo, pero su responsabilidad social no es suficiente para mitigar el daño ambiental que generan. Mientras tanto, los demás generan un impacto inmenso sobre el cauce del río, porque sus dragas mueven sedimento, rompen las orillas, hacen huecos y utilizan mercurio sin ningún reparo”, concluye Manuel.

Por su parte, Mineros S.A., empresa colombiana que explota oro desde hace más de 80 años en El Bagre, Nechí y Zaragoza, ideó un modelo para que familias con vocación agrícola de la región recuperen terrenos severamente degradados por la minería no regulada

La compañía identificó que la familia de Eusebio, como pocas en las cercanías al río Nechí, había dejado la minería como actividad de sustento y se dedicaba, con poca suerte, al cultivo. Por ello, en 2006 la incluyeron entre 33 familias que convertirían paisajes desérticos y estériles originados por la minería, en un parcelas agroforestales.

A través de una figura de compra del terreno y de entrega de uno nuevo, y con el compromiso de otorgar un título del mismo en un futuro cercano, la familia de Eusebio, en compañía de otras dos que eran sus vecinas y que continuaron siéndolo en el nuevo hogar, aceptaron el acuerdo y se comprometieron a emplear la tierra, estrictamente, para fines agropecuarios. Eusebio, quien por más de una década había hecho y deshecho con la minería, tendría como misión revertir el daño a la Tierra.

El Sinaí

La familia de Eusebio llamó ‘El Sinaí’ a su parcela, refiriéndose a un lugar desértico y de difíciles condiciones que aparece en el Antiguo Testamento, pero que con trabajo y con “la presencia de Dios” podía dar frutos.

Este es el paisaje común en las laderas del río Nechí, Bajo Cauca antioqueño. Cuando los mineros terminan labores en un lugar, dejan arena y material que remueven para extraer el oro. Mariana Escobar Roldán / EL TIEMPO

En realidad, el lugar bíblico no está muy alejado de las condiciones en las que la familia encontró la parcela. Los Torres recuerdan que “era pura arena limpia. Las acacias estaban chiquiticas y no había nada de sombra”. El temor de que el terreno no fuera fértil los invadió; sin embargo, con la ayuda de un tipo de forraje denominado vitabosa, que permite producir abono verde, fijar nitrógeno, controlar malezas y mejorar suelos, fue posible recuperar el terreno para sembrar.

Hoy tienen una hectárea y media de cultivos de plátano, yuca, ñame, patilla, habichuela y ahuyama. La misma cantidad de terreno para palma de coco y árboles de limón, arazá, guanábana, guayaba y mango. Asimismo, en cuatro hectáreas tienen dispuestas 30 gallinas criollas, 3 patos, 10 gallinetas, 110 pollos purinos, 9 cerdos, un cultivo de 300 peces beta y otro de abejas africanas, de las que extraen miel para comercializar cada cuatro meses.

Magnolia, esposa de Eusebio, está a cargo del cuidado de los pollos que la parcela les ha permitido conseguir. Mariana Escobar Roldán / EL TIEMPO

Desde 2006 se sensibilizaron con el medioambiente. Según cuentan, dejaron de arrojar basuras al río y de cazar a especies como armadillos, “ponches”, babillas y perico ligero para dejarlas reproducir, a la vez que evitan deforestar y sembrar en las zonas donde estos habitan. Conocen y protegen la diversidad de árboles nativos con los que habitan: cantagallo, balso, guarumo, bolombolo, ñipiñipi, mimbre, frutodeburro, bara blanca y lastre. Además, Eusebio afirma que él mismo ha presenciado la recuperación de la parcela: “Cada vez uno ve más lombrices en la tierra, es señal de que se está recuperando la tierra, de que estamos haciendo las cosas bien”, menciona.

Aunque la familia acepta que recibe una enorme presión social de parte de otros vecinos para que se dediquen a la minería y constantemente identifican la presencia de mineros ilegales alrededor de la parcela con intención de extraer oro, los Torres insisten en que el trabajo de tanto años no lo van a echar por la borda por el metal precioso.

Para Eusebio, proteger su pedazo de tierra es como un acto de contrición frente a su actuar del pasado. “Yo tengo cultivos y animalitos en esta parcela, y si yo la daño, ¿a dónde los voy a meter? Tengo que mirar hacia delante. Puede que yo ahora entregue esto para minería, que me den 15 o 20 millones de pesos, pero estoy seguro de que a los dos meses no tengo nada. Yo no sé qué pasa con la plata de las minas. Uno se emociona y empieza a comprar y a comprar y al final termina con nada. La parcela da poquito y lento, pero es firme. Me han dicho que soy tonto, y hasta lo seré, pero en pueblo de oro, yo me enamoré fue de la tierra”, termina.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
EL TIEMPO
marrol@eltiempo.com

 

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