He perdido a un lector

He perdido a un lector

Los incito a que me sigan criticando para tener el ánimo de continuar escribiendo.

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16 de diciembre 2014 , 07:19 p.m.

No hubo columna mía que no leyera. Una por una. Era mi lector más asiduo. Se llamaba Juan y por tres décadas fue uno de los vigilantes del edificio en el que vivo. Había sido miembro de la Policía y, cuando se jubiló en esa institución, para completar su magra pensión se unió a una cooperativa de vigilancia, de esas que pululan en nuestra ciudad, que generan tanto empleo. Vigilantes que protegen nuestras vidas, bienes y, con su discreción y lealtad, también nuestra honra.

Juan era uno de ellos. A pesar de las largas horas de trabajo, nunca desmayaron su puntualidad, disciplina y responsabilidad. Los vecinos nunca tuvimos reproches sobre su trabajo. Su rostro adusto y serio, sin mostrar pleitesía o sumisión, nos dio la garantía de que podíamos confiar en él. Jamás le oí ningún comentario impropio de mis vecinos. Tampoco oí algo malo de Juan. Aprendió a reconocer a todos los amigos que me visitaban, a quienes trató con deferencia, y se granjeó su respeto y consideración. Era policía de alma y de formación, de los de vieja guardia. También era conservador de partido y de pensamiento, aunque en los últimos años de su vida prefirió inclinarse por el expresidente Uribe.


El día en que se publicaban mis columnas en este periódico, cuando yo iba a salir a la calle, Juan me esperaba con una frase irónica, socarrona, sobre lo que yo había escrito. Era un giro de tuerca que nos enfrascaba en una fructífera conversación. Él me provocaba, pero yo entendía lo que otros podían pensar.

Tal vez, sin darme cuenta, de tanto oír las opiniones de ese obstinado lector que pensaba en forma tan distinta de mí, aprendí bastante. Acabé aceptando que con un lector no hay que tener identidad de pensamiento para crecer en el respeto mutuo. Que en el disentir estaba el progreso, pues la sumisión intelectual no genera cambio ni progreso. Apoyados en un sí colectivo, en un autobombo, sin disidencias, acabamos por caer en el inmovilismo y la falsa idea de que somos mejores y superiores. Con ello aceptamos la resignación, la consolación y la autocompasión. Acabamos por no cambiar nada.

Cuando se escribe se tiene un público, a veces implícito, a veces concreto, con el que se argumenta a medida que las letras, las palabras y las frases van saliendo de nuestros dedos temblorosos o febriles. Muchas veces, mi público ha sido Juan, quien un día, después de haber leído alguna de mis columnas, me dijo: “Al doctor sí no le gusta nada, ¿no?”. Esa frase demoledora me ha servido a veces para mesurar mis críticas, quizás menos a menudo de lo que debiera.

Hace pocos días, mientras caminaba por la calle, un poco rápido, con la idea de hacer ejercicio, Juan cayó fulminado por un paro cardiaco, en un acto innecesario de demostrar que tenía corazón. Ahora siento la falta de esos momentos en los que al bajar por el ascensor hasta la portería yo me preguntaba qué habría opinado Juan de mi columna, e imaginaba qué frase ingeniosa me lanzaría para picar mi respuesta y poder entablar una conversación sobre el país, sus personajes o las esperanzas sobre el futuro que nos espera a los colombianos.

No sé cómo habría interpretado esta columna que escribo hoy ni cuál sería su crítica. Solo deseo que pueda leerla, esté donde esté. Que le llegue a la nube, no a la electrónica, sino a aquella en la que está sentado, y sonría. Me doy cuenta de que un lector, esté de acuerdo o no con lo que uno escriba, es un amigo y que perder a un lector es perder a un amigo. Y sé que sin amigos no valdría la pena escribir. Afortunadamente todavía me quedan otros igual de asiduos y críticos como Juan. Los incito a que me sigan criticando para tener el ánimo de continuar escribiendo.

Carlos Castillo Cardona

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