Un ataque de nostalgia

Un ataque de nostalgia

El golpe mortal a la Navidad que conocimos ha sido el ascenso de Papá Noel.

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14 de diciembre 2014 , 10:42 p.m.

Como la mayoría de los colombianos, yo también tengo unos bellos recuerdos de la Navidad. Con nostalgia decadente añoro esas épocas de novena, tamal, aguinaldos y de villancicos interpretados al ritmo de cucharas de palo.

En la casa siempre había árbol de Navidad –pino natural o chamizo criollo–, pero lo nuestro, realmente, era el pesebre. Salir en manada a saquear musgo y helechos de los cerros aledaños era una jornada inolvidable. Defiendo las normas que prohíben severamente hoy esas prácticas. Pero no es igual una escena de la Natividad hecha en “lama” que poner a los Reyes Magos ascendiendo por una montaña de papel crepé.

En esas épocas, cada figura del pesebre era una reliquia que tenía una tradición que se extendía por generaciones. Las representaciones de María, José y el Niño –muy posiblemente hechas en porcelana pintada o talladas en madera– eran parte de la herencia sagrada de las familias.

De llegar a existir un pesebre en los hogares jóvenes de hoy, muy posiblemente será de plástico comprado a última hora. Al lado del establo donde reposan la Virgen María y San José ya no aparece el proverbial rebaño de ovejas porque el mocoso de la casa lo suplantó por figuras de superhéroes y transformers motorizados.

Aunque entiendo las tragedias inaceptables que conlleva la pólvora navideña, en buena hora prohibida, confieso con vergüenza que me hacen falta los voladores y los globos. Una velada navideña sin estos peligrosos pasatiempos era impensable. En mi familia, uno de los secretos mejor custodiados era el nombre y datos de ese esquivo boyacense que traía a casa, desde Villapinzón, los legendarios voladores de doce totes.

Para no hablar de la emulación entre vecinos y familiares sobre quién tenía el más vistoso, el más grande y el más ágil globo de papel impulsado por aire caliente. Nos pasábamos horas reunidos planeando diversas técnicas que hicieran de nuestro artefacto aquel que volara más rápido y más alto sin perecer inmolado, desenlace que generalmente era el más probable. La Navidad era también una temporada donde mejorábamos los comportamientos, la cortesía y las buenas maneras. No precisamente por temor a Dios. Era por el miedo a que nos dejaran de regalo un carbón para escarmentar nuestros malos hábitos. ¡Cuántas veces no abrí, tembloroso, un paquete convencido de que el negro mineral era inevitable! A los malcriados párvulos de hoy les llegan toneladas de regalos, así se porten como unos hampones.

El golpe mortal a la Navidad que conocimos ha sido el ascenso de Papá Noel. Este personaje importado ha desplazado al Niño Dios con graves consecuencias. Cuando uno hacía lista de regalos sabía que era Dios quien finalmente disponía. Papá Noel vive en el Polo Norte pero aparece en los centros comerciales y, sospechosamente, sienta a los niños en sus rodillas. Con razón los infantes hacen cara de pánico y berrean cuando los obligan a tomarse una foto con ese extraño señor de cara de mogolla y barba de algodón.

Me temo que detrás de la usurpación de la Navidad por Papá Noel hay una conspiración internacional. Hay una cofradía que quiere que la celebración espiritual más importante de los cristianos se convierta en una orgía de consumo, a la que a todos nos toca someternos sin conexión con el mensaje de sencillez y pobreza del Divino Niño en un pesebre.

La verdad es que la Navidad que nos tocó la añoramos no por lo bueno que pasábamos o lo mucho que recibíamos, sino porque permitía una pausa de amor, recogimiento y generosidad.

Díctum. La injusta persecución de algunos ambientalistas extremos a Ramiro Bejarano le hace gran daño a la defensa del medioambiente.

Gabriel Silva Luján

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