Si la pelota está parada no es gol

Si la pelota está parada no es gol

Barraza habla sobre la final de la Suramericana, torneo que coronó a River como su nuevo campeón.

13 de diciembre 2014 , 07:40 p.m.

Copa Libertadores, año 2005: Alianza Lima acababa de perder un partido frente a Banfield en el último minuto, tras un cabezazo luego de un tiro de esquina. El periodista peruano Mario Fernández, delante de nosotros, inquirió al técnico aliancista Rubén Darío Insua qué sentía al perder así, sobre la hora y por un gol de pelota parada. Insua, con humor, respondió: “No fue de pelota parada, si estaba parada no era gol”.

La mayoría de los entrenadores, en la conferencia de prensa posterior a una derrota, buscando justificaciones, declaran: “El partido fue parejo, perdimos por un gol de pelota quieta”. Como si se tratara de un infortunio, de un rayo que les cayó a ellos y no a los rivales. Los goles originados en un saque de esquina o en un tiro libre son lances comunes del juego, tienen el mismo valor que cualquier otro, incluso pueden tener tanta o más belleza que cualquiera. Son un mérito del que los hace. El que los recibe también tiene el derecho de hacerlos... Si puede; si sabe. A los técnicos que se amparan en el “perdimos por un gol de pelota parada” habría que replicarles ¿y por qué no lo hicieron ustedes...?

River fue campeón de la Copa Sudamericana con dos goles de pelota en movimiento, dos cabezazos matadores, sobre todo el segundo, espectacular por la elevación de Pezzella, la perfección del golpe y la virulencia con que entró el balón. Juan Carlos Osorio, el magnífico entrenador de Nacional, no tiene nada que reprocharse. Los defensores tampoco, no dejaron cabecear por indolentes. Toda Colombia bramó: “Soltaron las marcas”. No las soltaron, las perdieron como se pierde una carrera o un salto; el cabeceador no es un poste, se mueve, zigzaguea para desmarcarse, no se lo puede atar con una soga.

A todos los equipos del mundo les marcan goles de cabeza. Uno trata de impedirlos, a veces se puede y a veces no. Cuando un jugador salta con la fuerza y determinación que saltó Pezzella y aplica un cabezazo con tal precisión es casi imposible evitarlo. Además, no se pueden gobernar todos los actos del adversario. Si se pudiera, no habría goles, ni de cabeza ni de ninguna otra forma. Sería muy presuntuoso decir: “La culpa es mía, lo dejé cabecear”. Cristiano Ronaldo conecta con frecuencia estos cabezazos fantásticos como el de Pezzella; es mérito de él, no falla de su marcador. Este no tiene por qué cortarse las venas, simplemente no tiene ni el impulso ni el oportunismo del portugués.

Carlos Bilardo, el paladín de la pelota quieta, había jurado que si le hacían un gol de pelota parada en la final del mundo se mataba. Le hicieron dos; sigue vivo. Y está bien, no tiene por qué inmolarse, fue más mérito de Rummenigge y de Voeller que otra cosa. Ahora bien, ¿por qué un técnico tiene la arrogancia de pensar que su equipo sí debe anotar goles de córner pero no debe recibirlos...? Siempre nos preguntamos lo mismo: si no se debieran marcar goles de centro, ¿para qué se tiran...? Por último, no es ninguna deshonra recibir un gol así, es parte del juego.

River es un campeón importante con números de campeón brillante: 10 jugados, 8 victorias, 2 empates, 17 goles a favor, 5 en contra. Y en el envión final le tocaron tres oponentes tremendos: Estudiantes, Boca y Atlético Nacional. Justamente la calidad de los rivales le da lustre a su título, sobre todo Nacional, el mejor equipo (sin una partícula de duda) de un país en auge futbolístico, que produce cantidad de buenos futbolistas. Mucho más que si le hubiese tocado un equipo del insólitamente alicaído fútbol brasileño o del uruguayo, al que a nivel de club le queda apenas la tradición. No había adversario más fuerte, y lo venció con autoridad, claridad y justicia.

Campeón versátil, River. En el momento de jugar, jugó, cuando hubo que raspar (frente a Boca), raspó, estando en desventaja siempre reaccionó. Ganó por equipo y por individualidades, de abajo y de arriba, por técnica y espíritu ganador. Tuvo juego y tuvo fuego, determinación, coraje, intensidad, amor a la camiseta en muchos jóvenes, en su entrenador. Dejó varias promesas... 1) Si no lo desarma el oleaje exportador, River va a ser fuerte candidato en la Libertadores... 2) Marcelo Gallardo puede ser un técnico de época; promueve el respeto por la pelota, jugar por abajo y, desde su serenidad, transmite temperamento (no hay equipos valientes con técnicos pusilánimes)... 3) Germán Pezzella apronta como zaguero de selección, tiene marca, firmeza, técnica y gol.

El fútbol continental debe agradecerles a River y a Atlético Nacional. Entre ambos armaron la definición de mayor jerarquía de las 13 que componen el historial de la Copa Suramericana. La que generó mayor expectativa, correspondida con un fútbol vibrante, veloz, ambicioso, pleno de ardor, con más deseo de ganar que miedo de perder como hubo decenas anteriormente. Final de alto nervio técnico y a la vez correctísima (apenas dos amonestados en Medellín y tres en Buenos Aires). Jugaron a ganarse los dos, prevaleció la mayor fortaleza mental de River en la suma de los dos juegos. Elevaron el prestigio de la competencia para el futuro. No la vimos lejos de una final europea. Y en general una Copa atractiva, mucho más que la última Libertadores.

Dicen que los títulos los ganan los jugadores. En el caso de este River, no es del todo cierto. En esta hora gloriosa todos miran hacia el césped y apuntan a Gallardo, a los jugadores. El gran gestor, sin embargo, se llama Rodolfo D’Onofrio, presidente desde diciembre pasado. Después de 12 años de gestiones paupérrimas, puso al club de pie, saneó la economía, quintuplicó los ingresos, contrató a Francescoli, a Gallardo, a Teófilo, a Pisculichi, ganó dos campeonatos… Todo en apenas un año. Piensa con grandeza y maneja desde la sensatez. Es un crack de la raya para afuera. Tendría que haber levantado la Copa él.

JORGE BARRAZA
Para EL TIEMPO
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