Taxis

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Ser taxista es casi tan infernal como ser pasajero: ser el último eslabón de una cadena alimenticia.

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11 de diciembre 2014 , 06:34 p.m.

Pido disculpas desde la primera frase. Cometo esta columna de Navidad con un poco de vergüenza. Pero, luego de pasar media hora en un trancón de cuatro cuadras, es el horror del transporte lo que me está pareciendo más grave: no que el Gobierno sospeche que el narcotráfico fue una revolución fallida, ni que los políticos blanqueados llamen a “la patria” a rebelarse, sino la guerra sin tregua del transporte. Todo taxi supera la ficción. Pero este además es conducido por un tipo de sombrero aguadeño que no me quería llevar “porque la 15 está llena de luces”, que al principio me echó la culpa del atasco con un carrasposo “yo le dije, pero como no hacen caso...”, y que, ante mi silencio, se ha puesto a confesarme que “ser taxista no paga” –me pide que sume los 36.000 del internet, los 49.000 del rodamiento, los 60.000 de las aplicaciones de cada mes para que me dé cuenta de que tener un taxi no es negocio– “si no engaña uno a turistas e inocentes”.

Ser taxista es casi tan infernal como ser pasajero: es ser el último eslabón de una cadena alimenticia. El taxi, que en Bogotá compite con 55.000 carros más, cuesta por lo menos 140.000.000 de pesos. El dueño se queda con el 30 por ciento de lo producido: unos 60.000 por día. Y los colegas –me dice– se van enloqueciendo a fuerza de lidiar con tantos enemigos. Solo esta semana, “en el tinteadero de allí abajo”, ha conocido a un desmovilizado que una noche llevó a la casa a un hombre que tuvo secuestrado; a un malencarado que baja a los gritos a quien se atreva a decirle la frase “señor: por favor prenda el taxímetro”; a un policía retirado que tiene taxis gemelos en cada extremo de la ciudad, pues “acá toca ser un poquito ilegal si se quiere sobrevivir”, y habla y habla de acabar con los carros blancos de Uber porque el Gobierno ya los prohibió.

Si ir en un carro de Uber se ha vuelto hacer un viaje clandestino, si desde antes de ser considerado ilegal se sentía a bordo la mirada fija de la misma policía que camina con las manos atrás frente a las ventas de celulares robados –un conductor encorbatado e ideal de Uber me dijo una vez con voz trémula: “Si nos paran diga que venimos del hotel, ay”–, no es porque Colombia, que es lo que pasa cuando estamos “aquí arreglando el país”, esté teniendo un conmovedor arrebato de legalidad, sino porque los temibles dueños del transporte han hecho respetar una regulación para un mundo en el que no había redes ni teléfonos inteligentes; porque es más fácil acabar con una aplicación ingeniosa que sacar a los taxistas de la servidumbre, del abuso; porque el Estado colombiano suele fallar a la hora de formalizar las soluciones de la gente.

Del radio de este taxi en cámara lenta vienen los estruendosos titulares de hoy: ‘63 por ciento de las unidades de producción minera no tienen título’, ‘sector tabacalero advierte que la reforma tributaria estimulará el contrabando’, ‘alcaldía reconoce que no puede acabar con clubes nocturnos ilegales’, ‘cumple 55 días el paro judicial’. Pero lo que está pasando en semejante trancón, en pleno “sálvese quien pueda” de la Navidad, para mí es este drama humano de buses que pitan en las caras largas de los peatones, de conductores secretos en secretos carros blancos, de maltratadores taxistas maltratados que no van a ninguna parte. Y la solución no va a venir de los políticos, no, que lo de ellos es un juego diferente, sino de la gente, pues es posible intimidar a los gobiernos, pero la gente tiene que vivir.

Qué tal –le digo al chofer– una aplicación, tipo Waze, que ayude a evitar las empresas que abusan de sus clientes o los funcionarios corruptos a lo largo y lo ancho del Estado. Y el taxista de sombrero me responde cobrándome de más.

www.ricardosilvaromero.com

Ricardo Silva Romero

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