Editorial: Porque no puede haber un plan B

Editorial: Porque no puede haber un plan B

05 de diciembre 2014 , 07:36 p.m.

Comenzó una edición más de la Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, en Lima (Perú). La COP 20 se desarrolla en un recinto que cubre una extensión de nueve hectáreas y que acoge a una población flotante de al menos 15.000 personas. Delegados de 190 países se reúnen desde hace una semana, comprometidos, al menos teóricamente, a avanzar hacia un nuevo acuerdo global, que reduzca las emisiones de dióxido de carbono y mitigue el cambio climático.

Como lo dijo hace meses Rajendra Pachauri, presidente del Panel Científico para el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC), frente a la transformación del clima y sus consecuencias no puede haber un plan B, porque la especie humana no tiene un planeta B. O se actúa ya o, precisamente, las consecuencias de una inacción continuada llevarán a que el calentamiento global acabe con la estabilidad de los recursos biológicos, de los que depende el desarrollo económico.

Esta COP comenzó con un antecedente ilusionante: hace casi un mes, China y EE.UU. anunciaron un pacto inédito para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. El primero dijo que las limitará en el 2030, al generar el 20 por ciento de su energía a partir de renovables, y el segundo prometió reducirlas, para el 2025, hasta en un 28 por ciento.

Esta es una buena señal, que habrá que tomarse como base para construir nuevos consensos. Y es aquí donde empieza el verdadero desafío de esta nueva reunión. Lima tendrá que recordarse como la ciudad que puso los cimientos de un acuerdo global definitivo de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, que deberá oficializarse el otro año, en París, para que entre a regir en el año 2020.

Aquí surgen tres objetivos. Para impedir que la temperatura global se incremente en 2 grados y para que la biodiversidad resista daños irreversibles, las emisiones de gases de efecto invernadero tendrán que bajar entre un 40 y un 70 por ciento para el 2050, y eliminarse para el año 2100. Habrá, entonces, que diseñar fórmulas a fin de que el tipo de información que presentarán los países en sus contribuciones de reducción pueda ser cuantificable y comparable.

También será determinante saber si ese acuerdo concluyente que se va a adoptar, y que reemplazará al Protocolo de Kioto, será jurídicamente vinculante –o de obligatorio cumplimiento–, como pretende la Unión Europea (UE). En este sentido, y a pesar de sus buenas intenciones y anuncios, China y Estados Unidos harán todo lo posible por que su ejecución sea opcional. Hay expectativa por saber qué posiciones adoptarán Brasil, Rusia, India, Sudáfrica, Canadá y Nueva Zelanda. La postura de estos determinará, en gran parte, el rumbo de los demás.

De buenas intenciones está hecho el mundo. Y un tercer reto que probará si son reales será el fortalecimiento del Fondo Verde, mecanismo con el que las naciones desarrolladas deben financiar la adaptación al cambio climático de las naciones más pobres. Según la ONU, para que países pobres como los africanos o como las islas del Pacífico amenazadas por el aumento del nivel del mar, o en desarrollo como Colombia –vulnerable a sequías y tormentas– se puedan adaptar al nuevo clima, necesitarán 500.000 millones de dólares anuales hacia el año 2050.

El cambio climático hoy da para muchos pronósticos. Pero ya es tiempo de que las palabras se vuelvan actos.

editorial@eltiempo.com.co

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