Seis horas en bus para ir a estudiar

Seis horas en bus para ir a estudiar

Laura Villarraga vive en Ciudad Bolívar con sus abuelos y madre. Estudiará medicina en la Sabana.

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05 de diciembre 2014 , 05:06 p.m.

Mientras Laura Villarraga va narrando con el tono del milagro los pasos sucesivos que la llevaron a ganar la beca para estudiar Medicina en la Universidad de La Sabana, su familia –abuelos y madre– va dejando aparecer, como sin quererlo, muecas de una felicidad contenida: el ojo derecho de su madre tiembla, el abuelo Isidoro se tapa la sonrisa.

Están sentados todos en una mesa redonda, mirándose como todos los días en un salón que es una suerte de solar en el que hace un calor de invernadero asfixiante, como si el abuelo, de 71 años, quisiera simular en la casa de tres plantas de Ciudad Bolívar la temperatura del trópico de su infancia.

Son prudentes y evitan las confesiones. Prefieren esconder las limitaciones de Clara Inés, la madre, que desde hace 8 años sufre una enfermedad sin nombre que se parece al párkinson y que no la deja trabajar.

Poco hablan de los efectos de la laca y el aserrín en la salud del abuelo y del desplazamiento forzado. “Éramos ebanistas y se me tapó la vena aorta, me tuvieron que hacer una cirugía de aneurisma abdominal. Estaba sentenciado a muerte en un 90 por ciento y le dije al médico ‘opéreme que yo estoy entre los diez’”, relata Isidoro.

Tampoco se menciona al padre de Laura, que aún no sabe ni que se graduó del Liceo Femenino Mercedes Nariño como una de las mejores estudiantes, ni que va a estudiar Medicina gracias a una beca del Gobierno. Y muchos menos se insiste en el trayecto de ida y regreso entre Ciudad Bolívar y la Universidad de la Sabana, ese en el que se pueden gastar hasta 6 horas, cruzando casi de punta a punta una ciudad que, hacia el norte, va dejando ver el verdor en retroceso de la Sabana.

“No me importa pasarme seis horas al día en un bus. Es más grande mi sueño que los problemas que pueda tener”, dice Laura.
Solo se repiten las buenas cosas, solo se agradece, solo se reza y se recuerdan los motivos de una decisión que nunca ha estado en duda.

“Me hicieron una cirugía cuando me partí el brazo y quedé impactada. ¿Cómo habían hecho para operarme si no me habían rajado? Así fue que decidí desde niña que quería especializarme en ortopedia”, cuenta Laura, con esa seguridad que escasea en los jóvenes de su edad (tiene 17 años) cuando les preguntan sobre su futuro inmediato.

Vivir de las semillas

A un lado, en una bodega donde los objetos desordenados se amontonan casi hasta el techo, un pequeño escritorio guarda un inventario de casi todas las semillas nativas del país. Su destino no es brotar en ningún sustrato, ni crecer en aquel clima artificial para salvar la nostalgia del campo. Son ellas, trabajadas por las manos de los dos abuelos, Isidoro David Beltrán y María Inés Avendaño, las que han hecho posible que la familia de Laura subsista con dignidad. Aún así, con las ganancias de las artesanías no hubieran podido pagar ninguna universidad.

Cada semilla, puesta con un cuidado minucioso, viene a terminar de formar un ave o un caballo que luego se venden en ferias alrededor del país. Fue esa idea en apariencia simple la que iluminó a Isidoro hace 5 años, cuando tuvo que abandonar la carpintería y arrancar de ceros, solo con sus manos.

“La pepas de la guayaba, de la calabaza, del girasol, nos las dejan colgadas en la ventana las vecinas. Las señoras de la cuadra saben que trabajamos con las semillas que les sobran, ya no las botan sino que nos las regalan”, anota María Inés.

Por lo demás, después de la noticia de la beca, da la sensación de que las funciones familiares se trastocaron de una vez por todas.

Es como si en ese momento, cuando su madre deja caer la primera lágrima, ambas, madre e hija, hubieran decidido para sus adentros que los papeles se invertirán: la madre, que es pura emoción y fragilidad, se irá convirtiendo en la hija de Laura, cada vez más cerca de una infancia feliz. Laura, silenciosamente siente la necesidad de cuidar de ella porque en sus manos está el futuro mismo de una familia que la mira con devoción.

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