'Que la ingeniería me sirva para traer agua a mi región'

'Que la ingeniería me sirva para traer agua a mi región'

Dos jóvenes guajiros tendrán la oportunidad de cursar sus estudios en Bogotá.

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05 de diciembre 2014 , 05:05 p. m.

Las pipetas de gasolina amarradas con cabuyas se acumulan en las aceras; niños y adultos soplan para llenar los carros de combustible, el comercio se mueve en locales y andenes, el calor agobia mientras el agua se vende en baldes o botellones. En Maicao todos se saludan, se conocen, nadie se niega un plato de comida. En esta tierra nació Jorge Mario Iguarán, futuro ingeniero, el cerebro guajiro que sacó 375 en las Pruebas Saber.

En la agitada vida de su región hubo días para olvidar, como ese diciembre del 2011 cuando él tenía 14 años. Cien kilos de pentonita explotaron en la estación de policía, era la primera vez que pasaba, fue el más grave de una serie de sucesos que cambiaron los días de los lugareños. Hubo 15 heridos, dos niños murieron. Íngrid Cotes, su madre, señala la sede renovada y se persigna como agradeciendo que no fue su hijo. “Qué dolor ese día”.

Ella se graduó en Administración Hotelera en Barranquilla, pero, sin oportunidades laborales, terminó como comerciante en tierras fronterizas, y en esas conoció a su esposo, Arnulfo Iguarán. De esta unión nació Jorge Mario, el 20 de diciembre de 1997.

Ese día, el Hospital San José estaba en paro, el pequeño vio la luz en un centro de salud. “Se estaba ahogando, le pusieron una sonda. Cuando comenzó a gritar, nadie lo calló”. El amor de Íngrid por sus hijos se desborda. Es sobreprotectora, lo acepta con vergüenza.

La crianza fue dura. Esta familia salió adelante con la venta de licores y cigarrillos, pero no permitía que sus hijos dieran un solo paso en un billar. Sí, la ilegalidad y el contrabando hacen parte de la historia de Maicao, por eso sus pobladores dicen que colegios y universidades podrían cambiar el rumbo de la región. “Aquí había que trabajar duro, trasteando mercancía de sol a sol. Uno salía de la casa a las 6 de la mañana y llegaba a las 7 de la noche. Las ganancias eran mínimas”, recordó Arnulfo.

Apenas Íngrid entraba a su casa, por la que pagan 400.000 pesos de arriendo, el sonido de las llaves sobre la mesa era el llamado a traer el libro de control. Los primeros años los dos niños debían hacer todas sus tareas a la perfección. Esa rutina era sagrada.

Había que aprovechar los días de luz, porque Electricaribe los dejaba en las tinieblas, y cuidar como un tesoro indígena cada gota de agua cuando la tenían, porque casi siempre estaban obligados a surtirse de albercas clandestinas.

Esta madre de familia alejaba cada riesgo que sus hijos pudieran correr en la ciudad, le daba pánico verlos morir atropellados por un carro gasolinero de Venezuela. “Andan a toda velocidad, han matado a niños, a mototaxistas. Yo quería para ellos otra historia”.

La escuela pública era la opción, pero estos esposos buscaron un colegio privado. “Hubo pelea y todo. Yo le dije a Íngrid que ese problema sí era mío. Ellos entraron al Centro para el Desarrollo del Potencial Humano (Cespo). Cómo, no sé, comenzó la lucha, pedir prestado, de todo”, contó Arnulfo.

Los primeros años las pensiones se pagaban a tiempo, pero cuando el gobierno de Álvaro Uribe intervino para frenar el contrabando, la economía de varios hogares quebró. “Hubo un año en que pensé sacarlos de estudiar. Los inscribí en una escuela pública. Nos tocó cerrar el negocio”, dijo Íngrid.

Jorge Mario recuerda con coraje el día en que los devolvieron del colegio. “Debíamos hasta la matrícula. Mi hermano se rebeló y dijo que no volvía, y yo lo apoyé. Nos sentíamos muy humillados”.

Hoy, ese episodio se recuerda con risa porque las tardes de estudio surtieron efecto. El colegio, ya famoso por su énfasis en matemáticas, no permitió que Jorge ni su hermano se fueran. Estos niños eran unos cerebros y eso los hizo merecedores de medía beca. La puerta nunca más se cerró.

El colegio

En un pequeño plantel de Maicao comienza la segunda parte de esta historia. Por un portón incrustado en una inmensa pared blanca se ingresa al Centro para el Desarrollo del Potencial Humano (Cespo). Allí se juega fútbol sobre la arena y se contempla una piscina vacía. No hay agua para esos menesteres.

En salones sin nada más novedoso que un tablero y pupitres, Jorge Mario, hoy de 17 años, supo que las matemáticas eran lo suyo. “A mi colegio le debo lo que soy. La rectora, Roxana Peláez, creyó en mí”.

Pero no solo ella. El profesor Jorge Armando Mendoza puso los cimientos de esa posibilidad lejana de ir a la universidad. No tiene cara de matemático, no da miedo, recibe a sus estudiantes con un chiste o una sonrisa y tiene una idea clara: si muchos estudiantes de un salón pierden, es culpa del docente.

Así logró que Jorge Mario y otros alumnos se metieran a cuanta olimpiada de matemáticas hubiera y que la llamada final del Ministerio de Educación sonara. “Descansé, era uno de los 10.000”.

Jorge Mario –cuenta su profesor– siempre ha tenido un bajo perfil, no explota en emociones, pero descresta en el colegio cuando de hacer ejercicios se trata. “Tiene capacidades excepcionales. Yo les decía a los papás que lo mandaran al exterior”.

Hoy tiene la carrera de Ingeniería Electrónica asegurada, en los Andes. “Siempre me ha gustado. De pequeño desarmaba mis juguetes, solo por la curiosidad de saber qué tenían adentro, cómo funcionaban las cosas”.

Mendoza detectó eso y se empeñó en formarlo, incluso con textos para universitarios, y que su colegio fuera noticia en otras ciudades. “De La Guajira saldrán muchachos de exportación. Hay que romper el paradigma de que siempre se fracasa en matemáticas. Aquí, el fin es ganar”.

Dice con seguridad que las notas no son más importantes que no que lo enseñado se haya aprendido. “A los estudiantes no hay que decirles que son unos fracasados. El método mío es el de sentarme y explicarles, repasar, que ellos entiendan el error que cometen, la prueba se puede volver a hacer”.

Su clase es tan exitosa que si se debe ausentar, es uno de sus alumnos más dedicados el que lo reemplaza. Por este tipo de cosas, en este colegio se habla tan bien de una clase a la que tantos jóvenes le temen y hasta odian.

Así, con esa filosofía, este profesor se le midió a visitar la ranchería La Paz, a enseñarles a los indígenas wayús origami modular. Ese ejemplo también inspiró a Jorge Mario, porque se dio cuenta de que su profesor se devolvió de Europa a ayudar a su pueblo. “Yo no quiero que en el futuro se diga que yo soy el dueño de una empresa, sino que yo hice algo por alguien, dejar huella, como traerle agua a mi región. La ingeniería puede lograr eso”.

Hay algo más. El amor de familia se sentía en la humilde casa. Íngrid y su esposo ya no saben a quién más contarle que su hijo es un becado. La sonrisa se paralizó en sus rostros. Son felices, aunque se les irá un pedazo de su alma mientras su vida de rebusque para sobrevivir continúa en una tierra que tantos gobiernos han olvidado. Solo los agobia pensar que de Bogotá es de donde salen las peores noticias.

A pocos meses de que su vida cambie, este adolescente recuerda cada instante en su amada Maicao. Mientras que algunos la ven como una ciudad polvorienta, llena de desorden, él la ama. Fue el lugar donde jugaba fútbol con sus amigos, se paseaba en bicicleta o se reunían en una esquina, simplemente a reír. “En Maicao yo nací. Yo le debo mucho a esta tierra, la quiero y no hay que ser desagradecido. Si algún día llego a triunfar, pues aquí volveré”.

Carol Malaver
Enviada especial de EL TIEMPO
Maicao (La Guajira)
carmal@eltiempo.com

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