¿Es Colombia una sociedad democrática?

¿Es Colombia una sociedad democrática?

No es sino mirar en el entorno para advertir cómo la "carta democrática" ha caído en desuso.

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04 de diciembre 2014 , 05:33 p.m.

Es evidente que la democracia, como el modelo de gobierno que nos legó Montesquieu en El espíritu de las leyes, con las tres ramas del poder público con funcionamiento libre e independiente, pero armónico, en función de los altos intereses del Estado, que tanto Lincoln –“gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”– como Churchill –“el peor de los sistemas de gobierno, con excepción de todos los demás”– alabaron en su momento con sentencias recogidas por la historia, está en franca decadencia en nuestra América Latina. En efecto, no es sino mirar en el entorno de nuestro vecindario para advertir cómo la llamada “carta democrática” aprobada en el seno de la OEA, en los años ochenta, ha caído en desuso por el advenimiento de un clima político mezcla de autoritarismo y populismo, con constituciones frágiles y a la carta que se modifican a la medida de los intereses de los gobernantes de turno. Por ello, lo que antes era una excepción, la permanencia de un gobernante más allá del periodo para el cual fue elegido, hoy es un caso notorio, que se materializa mediante más elecciones, pero con menos democracia.

Colombia no ha sido ajena a esos devaneos, y en los últimos años pudimos advertir cómo, mediante la modificación de “un articulito”, según la eminencia gris de la época, caímos en un clima de autoritarismo que degeneró en una lucha y conflicto de poderes bastante parecido a lo que el expresidente López Michelsen llamaba la “desinstitucionalización del país”. Así, pudimos presenciar cómo el Ejecutivo de entonces trataba de controlar a las cúpulas del Poder Judicial, especialmente en el manejo de ciertos temas controversiales, y cómo estas defendían su espacio con actuaciones dilatorias cuando de ejercer sus prerrogativas se trataba, como fue el caso de la elección de un fiscal, sin perjuicio de, luego del cambio de gobierno, proceder con diligencia a atender la nueva terna, proceso en el cual se incurrió, según una distinguida abogada y columnista de este diario, “en un prevaricato”, “por una sola vez”, según dijera su presidente de entonces, acto que luego anuló el Consejo de Estado.

Cuando se observa que lo anterior es apenas una pequeña muestra de la forma como cada una de las ramas del poder defiende sus prerrogativas y privilegios, y que el pueblo contempla estupefacto e indiferente dicho escenario, ello nos lleva a concluir que Colombia, si bien es una democracia formal, con elecciones y división de poderes, no es, sin embargo, una sociedad democrática en el sentido de que las grandes mayorías tengan fácil acceso a los bienes y servicios necesarios para disfrutar de buenos niveles de bienestar que mejoren su calidad de vida, ni menos, por supuesto, a posiciones estratégicas de poder.

No es sino advertir la conformación de los gabinetes del presidente Santos, en los que, de una primera etapa con nombres de lujo, altamente competentes, con representatividad política y regional, que dieron una gran demostración de capacidad y desempeño para sacar avante la agenda legislativa en el Congreso, especialmente el nuevo sistema de regalías, se pasó en el segundo y tercer años a un gabinete de amigos, mayoritariamente bogotanos, esquema que hizo crisis a fines del 2013, cuando los bajos niveles que registraba en las encuestas obligaron al Presidente a “barajar de nuevo”, teniendo el máximo cuidado de destacar la procedencia, origen regional y hasta étnico de los nuevos integrantes del gabinete, con el cual se jugó exitosamente la reelección presidencial y que le permitió presentar, ante un congreso de autoridades mundiales de afrodescendientes, a dos de sus ministros como exponentes de esa condición.

Sin embargo, pasado el susto electoral, se ha vuelto a las andadas con los amigos cercanos, en una especie de hegemonía en el manejo de la economía que, al decir de Caballero Argáez, se trata de “una tecnocracia cosmopolita y modernizante, que ha aislado la conducción de la economía de las presiones políticas y de la tentación populista”. Así las cosas, continúa la cita, “se ha conformado una élite central, más conectada con el exterior que con las regiones colombianas, relación esta última que se ha mantenido en cabeza de la clase política”.

Mientras tanto, la sombra fantasmagórica de Cornelio Nepote, dicen los enterados, se pasea muy oronda por los grandes salones de palacio y de algunas de las principales embajadas en el exterior.


Amadeo Rodríguez Castilla

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