Venezuela, revolución o pesadilla

Venezuela, revolución o pesadilla

Ocho de cada 10 venezolanos cree que la situación del país es negativa.

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03 de diciembre 2014 , 05:47 p.m.

Venezuela sigue siendo un país indescriptiblemente bello, exuberante, inagotable. Caben en él todas las definiciones de potencial, en su clima perfecto, ubicación prodigiosa y esa predisposición para el placer y el desparpajo. Podría decirse que Venezuela es un sueño.

O al menos, el concepto de uno que, a pesar de tan magnífico lienzo, no se refleja en la cotidianidad de sus 30 millones de habitantes, atrapados hoy como pocas veces en su historia reciente en una espiral de empobrecimiento y polarización.

El risueño y amable venezolano ha transmutado en un cazador de productos de primera necesidad, un fugitivo de la violencia, un sobreviviente ante la falta de servicios públicos y en gruñón profesional.

La calle es el crisol de una frustración ciudadana que ya refleja la ciencia social: 8 de cada 10 venezolanos (80 por ciento) cree que la situación del país es negativa, según la última encuesta –publicada en agosto– de Datanálisis, respetada empresa de análisis de entorno. Hace apenas un año y medio esa percepción negativa era de 47,6 por ciento.

“Ah, pero entonces me quitaban el agua solo una o dos veces a la semana”, replica con una sonrisa Leonidas Martínez, un extranjero con siete años en el país, que vive en una zona clase media de Caracas.

“Desde hace más de ocho meses entramos en un plan de racionamiento en el que nos ponían el agua solo tres días y desde hace un mes solo tengo agua media hora dos veces por día. Apenas puede uno bañarse o lavar la ropa. A mi hijo lo baño con tobos (totuma). Uno llama al servicio y no dan explicaciones, hasta le dicen a uno que es mentira, que sí hay”.

La decadencia en la infraestructura de servicios públicos, todos bajo la administración del gobierno, es un creciente dolor de cabeza para los venezolanos, que paralelamente –y sobre todo durante el último año– se han ido acostumbrando a todo tipo de dificultades.

La maña y la paciencia, todavía, le ganan la partida a la desesperación que produce otro problema estructural de reciente data que es la escasez de productos de todo tipo, sobre todo alimentos básicos, medicinas y artículos de higiene personal.

Hacer filas se ha convertido en el nuevo modus vivendi del venezolano. Filas para comprar harina para arepas o pasajes aéreos, según la necesidad. Desde horas como las cinco de la mañana empieza la acumulación de gente a las puertas de los mercados o redes de farmacia para comprar “lo que haya”.

Y ante la inminencia de las fiestas decembrinas los venezolanos no quieren quedarse sin estrenar aunque sea un par de zapatos o una camisa, por lo que tiendas como Zara, Nike o Timberland han

establecido un sistema de “racionamiento” de piezas para vender por persona mientras, con ayuda de vigilantes –y hasta policía municipal– se ayudan para administrar el flujo de compradores.

Esa recién estrenada paranoia por comprar lo que sea tiene muy bien fundada su causa, pues el venezolano sabe que la plata que tenga, por poca que sea, vale hoy mucho más de lo que valdrá mañana.

El bolívar famélico

Son inquietantes algunos de los parámetros que describen a la economía venezolana, incluso algunos desafían toda lógica.

Producir el billete venezolano de más baja denominación (de 2 bolívares) es más costoso que su valor en el mercado y el billete más alto (de 100 bolívares) no alcanza ni para comprar un dólar en el mercado paralelo, donde la moneda estadounidense se cotiza hoy en día alrededor de 155 bolívares.

Aún así el gobierno venezolano, que centraliza y controla todas las operaciones en divisas mantiene el precio del dólar oficial en 6,3 bolívares por dólar, lo que hace de Venezuela el país más barato o caro del mundo, según se mire.

El problema es que en la calle la fijación de precios –a pesar de los crecientes intentos del Estado por controlar también este proceso– responde al dólar paralelo y por eso un café le cuesta 50 bolívares (0,32 dólares o 7,9 dólares, si se rige por el valor “oficial”).

El salario mínimo, recién aumentado a 4.998 bolívares, sería entonces 32 dólares si se cambia al mercado paralelo, pero en la Venezuela oficial sería de 793 dólares, una verdadera fortuna que, en la vida real es una distorsión que ni las cifras oficiales pueden maquillar.

Según el Instituto Nacional de Estadística, en Venezuela la canasta básica familiar mensual cuesta 12.690, es decir, dos salarios mínimos y medio. Pero otros cálculos académicos (como el Centro de Documentación y Análisis de la Federación de Maestros) la ubican por encima de los 26.000 bolívares, equivalente a seis salarios mínimos.“El aumento en el ingreso no significa el aumento en la productividad”, explica la socióloga y experta en estudio de pobreza de la Universidad Católica, María Gabriela Ponce.

“Medir el nivel de pobreza por el ingreso no tiene sentido, sobre todo en economías tan rentistas como la venezolana, tan dependiente de los precios del petróleo. Claro que los ingresos han aumentado pero no se ha defendido el valor de este ingreso, por lo que el poder adquisitivo de la gente ha caído sistemáticamente en los últimos 15 años, y el último ha sido el más apoteósico”.

De hecho la publicación de los índices de inflación, un tema cotidiano para cualquier banco central, en Venezuela se ha convertido en otro nuevo frente de polarización política, con el Estado retrasando hasta tres y cuatro meses la publicación de la medición.

Esta, entre agosto de 2013 hasta agosto de 2014 aumentó 63,4 por ciento, convirtiéndose en una de las más altas del mundo y luce con poca capacidad de retroceso.

Mar de contradicciones

Así, los economistas más reconocidos del país aseguran que el índice de precios cerrará 2014 con un aumento de entre 72 y 80 por ciento y para 2015 vaticinan un incremento de hasta 120 por ciento. “No hay que indagar mucho para saber que el venezolano siente una gran incertidumbre, siente una crispación muy grande”, afirma Ponce.

Pero así como cuesta conseguir champú o medicinas, en el país despunta la presencia de una nueva clase privilegiada que avanza en las calles en grandes camionetas, entre escoltas, haciendo verdaderos derroches de poder y riqueza.

Mientras un profesor universitario debe recorrer el país recolectando los repuestos para el motor de su viejo carro, los cuatro escoltas de una camioneta se atraviesan al autobús donde viaja y detienen el tráfico para que pase un ilustre desconocido.

En la poca prensa independiente que queda prolifera la publicidad de venta de terrenos o casas en Miami, un destino clásico del venezolano clase media y ahora de todo el que no quiere invertir en Venezuela, perteneciente a un nuevo grupo de ricos que pocos entienden de dónde salió.

Como esa, otras costumbres van cambiando en la vida del venezolano, como la adaptación –y preparación– ante la agresividad. Con un año 2013 que cerró con más de 24.763 muertes violentas, según el Observatorio Venezolano de Violencia, negocios hasta hace poco desconocidos como el blindaje de automóviles y el de chips de GPS empiezan también a gozar de un amplio mercado en Venezuela.

Lo explica a EL TIEMPO Antonio Mora (nombre ficticio) quien tiene una empresa que provee servicios de seguridad: “La verdad es que el negocio va viento en popa”. Su empresa ofrece servicios de escoltas y guardaespaldas a empresas y particulares, pero cuenta que desde hace un año hace bastante dinero con un negocio nuevo.

“Tenemos 35 carros blindados y cada noche tenemos copados al menos 20 para traslados de muchachos y muchachas a fiestas, los llevamos los esperamos y buscamos. No llevan escoltas pero si algo pasa los choferes activan de inmediato un grupo de reacción”.–-¿Y han tenido que activar el grupo en muchas ocasiones? “Sí, bastante”. Pero para la versión oficial todos los datos se tratan de una conspiración, y gobernar es un evento mediático, cargado de emotividad y frases pegadizas.

Al vértigo de la escasez y el hartazgo ciudadano –que se expresa diariamente en al menos 30 protestas en todo el territorio– la respuesta es promocionar cualquier medida que acerque “al pueblo” a una entelequia con viceministerio propio: “la suprema felicidad social”.

La mañana del primero de noviembre, el vicepresidente hizo una transmisión en vivo para saludar el inicio del Plan Navidades Felices y la llegada de contenedores con aceitunas, almendras, melocotones y juguetes fue celebrada como todo un acontecimiento.

Pero duró poco la fiesta pues casi un mes después el micrófono revolucionario se prendió de nuevo para anunciar nuevos impuestos, al alcohol y el tabaco y el aumento del IVA para “artículos de lujo”, pues para Navidad y más allá son necesarios mayores ingresos, sobre todo en tiempos en que se produce poco y el precio del petróleo va en picada.

VALENTINA LARES MARTIZ
Corresponsal de EL TIEMPO
Caracas

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