Entrevista en BOCAS: Paula Moreno, una entre 100

Entrevista en BOCAS: Paula Moreno, una entre 100

Ha sido la ministra más joven del país y es una de las 100 líderes más relevantes del planeta.

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02 de diciembre 2014 , 06:00 p.m.

Ha sido la ministra más joven en la historia del país (en la cartera de Cultura, a los 28 años). Fue (y aún es) la primera latinoamericana en la junta directiva de la Fundación Ford. Fue seleccionada por el Consejo de las Américas como una de las líderes más influyentes de la región. Y fue elegida, el mes pasado, por la BBC de Londres, como una de las 100 líderes más relevantes del planeta. Paula Moreno ha conseguido todos sus logros a pulso, en un país donde las negritudes suelen ocupar los peores índices de desarrollo, no los cargos de poder. Por eso tampoco sobra decir que su abuela vendía líchigo en la plaza de mercado de Santander de Quilichao. Una notable historia de superación.

Por: Melba Escobar - Foto: Juan Pablo Gutiérrez

A Abre la puerta con el pelo a medio hacer. La mujer que se lo arregla nos acompaña durante toda la entrevista, mientras ella contesta las preguntas con la cabeza ladeada. Está vestida de blue jeans y camiseta. Me ofrece un café, me muestra el apartamento que está en un piso alto con una vista privilegiada. Vive sola. Tiene una buena colección de música y artesanías. Hay pocas cosas y todo está sumamente ordenado. En el apartamento, como en sus palabras, hay una disposición milimétrica. No habla de más y, sin embargo, es cálida, risueña, divertida. Por un momento parece una mujer sabia, como una anciana que ha vivido muchas décadas, pero un momento después se transforma en una muchacha de risa fácil y conversación ligera.

Eso tiene Paula: la versatilidad, la capacidad de acomodarse a una situación, el don para adaptarse, comprender a su interlocutor hasta el punto de adivinar las preguntas que voy a hacer. En un momento dado me pregunto si siempre sabe lo que están pensando los demás. Podría llamarse simplemente inteligencia, pero va más allá. Paula tiene, en efecto, una gran inteligencia, pero con altas dosis de intuición.

Su madre y su tía llegaron con los primeros negros que migraron del norte del Cauca a Bogotá, en los años setenta, cuando la gente se rascaba la rodilla al ver un negro, pues creía que le traía suerte. “Incluso había gente que los tocaba”, recuerda Paula. “Mi mamá cuenta que le preguntaban si ellos desteñían”, añade con una sonrisa.

Hija de madre soltera, creció rodeada de primos escuchando hablar de la Unión Patriótica y el Movimiento Comunista, a los que estuvo afiliada su tía hasta la muerte de Jaime Leal. Al verla, intento imaginarla de niña y no lo consigo. Pareciera como si Paula hubiera sido grande desde chiquita.

¿Cómo era de pequeña?

Como a los nueve años me llevaron a terapia porque me gustaba pasar más tiempo con los mayores y hablaba como una persona adulta.

¿Había otros negros en Bogotá cuando era niña?

Siempre fui la única negra en el barrio, en el colegio. Yo era la única negra del jardín, donde la profesora me decía que yo era la Negra Grande de Colombia. Cuando iba al trabajo de mi mamá, también era el centro de atención, en todos los espacios solía ser la única negra.

¿En Bogotá mantenían algunas de las tradiciones que tenían en el Cauca?

¡Claro! Nos reuníamos a comer sancocho valluno un domingo, a hacer champús en Semana Santa, no faltaba la salida a bailar salsa. Mi mamá se levanta y lo primero que hace es poner salsa, cantarla y bailarla, no importa la hora ni el día. Todo eso marca un espíritu en el cual la región de donde venimos está muy presente.

¿Entonces le gusta bailar?

Me encanta y me considero una excelente bailarina. El otro día me puse a pensar que hace como tres años bailo salsa choque, aunque solo recientemente se puso de moda con el ras-tas-tas.

¿Cómo eran sus temporadas en Santander de Quilichao?

Era el lugar donde uno no necesitaba plata para hacer planes: un día uno iba al río, otro día a echar piedras, al mercado, a bajar unos mangos de un árbol. Los únicos momentos en los que recuerdo que nos encerraban, era cuando la guerrilla avisaba que se iba a entrar. Después, en la tarde, uno iba al centro a mirar los huecos de la pared que habían dejado los disparos al robarse la Caja Agraria.

¿Dónde vivió en Bogotá?

En el barrio Nueva Marsella, en una casa grande con mi tía, mi mamá y mis primos. Éramos los únicos negros del barrio. Estudiaba en el colegio Silverio Espinosa en la Zona Industrial, por las Américas. Uno andaba con los primos y los amigos de los primos, con las amigas de mi tía y de mi mamá, era un grupo muy asociado a los procesos sociales y religiosos con los que estaba vinculada en esa época.

¿Cree en Dios?

Creo poderosamente en Dios. Ha sido una secuencia cada vez más abierta y más genuina. Entré a una asociación católica de jóvenes cuando tenía 12 años que se llama la Central de Juventudes. Era una asociación laica donde ayudaba en procesos de formación de líderes, trabajé con más de veinticinco mil. Los fines de semana estaba en Villavicencio, Zipaquirá, en la capilla de Cachipay, y las vacaciones me iba a hacer escuela de líderes.

¿Por qué cree que tuvo inquietudes adultas desde tan temprano?

Yo iba a las convivencias del colegio y en una de ellas hice el ejercicio de proyecto de vida, que de hecho ha sido para mí una línea importante, pensar qué es lo que yo quiero hacer con mi vida. Este ejercicio me hizo pensar que parte de lo que me hace feliz es servirles a otros. En el colegio había un voluntariado para trabajar con líderes indígenas, fui y me encarreté.

¿Quiso ser psicóloga?

De hecho me presenté en la Javeriana a Psicología, pero ya cuando pasé le dije a mi mamá que yo quería irme de Misionera de la Juventud, a hacer un año de voluntariado, insistí en que quería hacerlo y me fui un año a trabajar a Zipaquirá, a vivir en la capilla. Ahí me di cuenta de que yo era medio trascendental, pero necesitaba algo que me diera estructura. Entonces conversando con otras personas llegué a Ingeniería Industrial. Quería una ingeniería social, que esos temas sociales que me gustan asumieran una visión más práctica.

¿De dónde nació su aprecio por la cultura italiana?

De regalo de quince mi mamá me llevó a San Andrés, donde conocí un italiano que me fascinó. Entonces yo todos los días lo veía y le decía dos palabras y él me contestaba en italiano y dije: “¡Italia es un país maravilloso!”. [Risas].

¿Y después?

Entré a estudiar en el Instituto Italiano de Cultura de Colombia, con media beca. El italiano para mí fue abrirme a otros mundos. Más tarde me gané una beca y me fui a estudiar a Italia, a la Universidad de Perugia, a perfeccionar el idioma, una vez me gradué como Ingeniera Industrial.

Y después viajó a Londres, ¿no?

De regreso a Colombia hice escala en Londres unos días, donde una amiga de mi mamá. En esa ciudad sentía el mundo vibrar, me encantaba la diversidad en el barrio, que era muy cerquita de Oxford Street. Entonces dije: “Me quiero venir a estudiar acá, este país me gusta, esta ciudad me gusta”. Y me averigüé el nombre del director para América Latina del Consejo Británico. Una amiga que hablaba inglés me ayudó a escribirle una carta pidiéndole una beca que luego me dieron. Al año hablaba inglés, presenté el IELTS, pero todavía me faltaba ir a vivir a la capital del Reino Unido.

¿Luego vino el trabajo en Naciones Unidas?

En UNTAT, que es la organización para el desarrollo de las Naciones Unidas. Mi mamá y mi tía me consiguieron alojamiento en Ginebra. Así que, de Londres, seguí para allá.

Luego de estudiar en Italia, y de hacer una escala en Londres, quiso irse a estudiar a Inglaterra. ¿Cómo llegó allá?

Mandé unas setecientas cartas en las que pedía una beca y donde explicaba mi motivación, contaba que era una líder juvenil. Finalmente, el director de un instituto en Brighton respondió ofreciéndome una para ir a estudiar inglés en el verano.

Todo parece indicar que su tía fue fundamental en su vida. ¿Cómo era ella?

Era muy aventurera, estuvo en Moscú, luego uno de mis primos se fue a estudiar a Checoslovaquia Ingeniería Civil. Digamos que ella era muy andariega y hacíamos viajes en carro, al Ecuador, a San Agustín. Pero los primeros viajes nuestros, de mi prima y el mío, fueron a Cuba. Yo terminé el bachillerato y me fui a estar como dos o tres semanas en Cuba con una amiga de mi tía que manejaba Cubana de Aviación.

¿Cómo fue esa experiencia?

Me fui a Cuba en busca de Silvio Rodríguez; me sé todas sus canciones. Incluso tengo un regalo de Silvio aquí en el cuarto que te lo quiero mostrar. Luego, de ministra, se me cumplió el sueño de estar con él y de ir a escoger el repertorio de canciones. Cuando hicimos el concierto en Medellín, yo escogí con él todas las canciones. Entonces Silvio, Pablo, Xiomara Laugart fueron muy importantes para mí. Por eso, además, tengo un aprecio infinito por Cuba y sin embargo, como en Cuba hay ese racismo tan sistemático, la gente me bajaba del bus turístico pensando que yo era prostituta: “Jinetera, bájate”, me decían.

¿Por ser negra?

Claro. Entonces la policía iba tras de mí y los demás del grupo tenían que irme a rescatar.

¡Qué horror!

Pero fue maravilloso. [Risas].

¿Es cierto que pasaba algunos domingos en lo que se conocía antes como la calle del Cartucho?

Mi mamá y mi tía apoyaban ancianatos y centros de rehabilitación para drogadictos. Recuerdo que a veces, los domingos, mi mamá me llevaba al lado de lo que hoy se conoce como el Bronx, ahí en la 13, a un centro de rehabilitación. Hubo una época en la que yo decía “¿Por qué mi mamá me trae a esto los domingos?”. [Ríe]. Y digamos que ahí escuchaba los testimonios, y veía a las familias de las personas que se estaban rehabilitando de drogadicción, también había personas en prostitución.

Hagamos un salto en el tiempo para hablar del Ministerio de Cultura. Algunos opinaron entonces que su nombramiento respondía solo al color de su piel, a una imposición de Estados Unidos, y que usted carecía de las credenciales para el cargo…

Cuando viví en Ginebra generé un tema de relacionamiento muy fuerte con líderes africanos. Después, cuando me fui a estudiar a Cambridge, hice conciencia de la diáspora africana. Si bien fundé la asociación de colombianos en Cambridge, y el tema colombiano también era muy relevante, me encontré con otra dimensión de mi identidad que no era solamente ser colombiana, sino también encontrar en gente africana, o descendiente de africanos, una amistad y un nexo, una familiaridad. Ahí empecé a preguntarme qué significa para mí ser negra.

¿En qué otro momento fue consciente de esa familiaridad con lo africano?

Estando en Perugia tuve la oportunidad de ver al ballet de Guinea. Era ver a los bailarines y verme a mí ahí. Cuando veo toda la expresión negra, me pongo a llorar como una niña. Para entonces, ya había conocido a Malcolm Deas y a Alfonso López, en Inglaterra; así que fueron ellos quienes me ayudaron a abrir perspectivas en el país. A mi regreso de Cambridge entré como asesora para el Pacífico en USAID con una visión desde el tema étnico.

¿Es en ese momento cuando se crean las becas Martin Luther King?

En ese momento se lo propuse a la embajada de los Estados Unidos. Me reuní con la directora de asuntos públicos, pues para mí era importante que mi historia se repitiera. Ellos crearon el nombre de las becas Martin Luther King, y nos reunimos porque, y esto es muy importante decirlo, muchos de los avances de la población negra en este país han surgido en gran parte por un interés de los Estados Unidos.

Es decir, hubo unos antecedentes que la fueron llevando al Ministerio de Cultura…

Mi tesis en Cambridge fue sobre comunidades locales con visión del desarrollo. Y es muy particular, porque yo me encuentro en Cambridge con Amartya Sen, que me dice: “Bueno, y ¿cuánta gente como tú hay en Colombia?, ¿cuál es la historia de tus padres?”. Y aunque somos el veinte por ciento de la población, esa diversidad todavía no se ve en los liderazgos.

¿Hubo presión?

Obviamente que sí hubo una presión internacional para que la gente afro empezara a verse en este país, ya no solo con el tema de la gente en el Pacífico, con la pobreza, sino desde posiciones de liderazgo. Muchos de ellos nos conocieron a varios de nosotros y decían: “Pero si usted estudió en Cambridge, hace esto, hace lo otro, habla inglés. ¿Por qué usted no…?”.

¿Cómo fue ese día del nombramiento en el Ministerio?

Yo tenía 28 años. De hecho, a mí me habían dicho que presentara la hoja de vida, que estaban buscando mujeres negras en el gobierno. A mí me dijo Andrés Palacios, que era el viceministro de Relaciones Laborales, pero no sabía cuál era el cargo.

¿Cuándo le ofrecen el cargo?

De un día para otro, me llaman y me dicen que a las 12:30 p. m. el presidente Uribe quiere verme en su despacho, pero no me habían dicho para qué, solo una posición alta en el Estado. Entonces yo llegué a la Casa de Nariño y el presidente me hizo dos, tres preguntas, en cinco minutos; él no me preguntó: “¿Usted quiere ser… no quiere ser…?”, sino que salió de la oficina y le dijo al jefe de prensa: “Anuncien que ella es la nueva ministra de Cultura”.

¿Solo entonces se enteró de cuál era la posición?

Por eso, en la foto de primera página de El Tiempo, yo salgo con un celular, porque les dije: “Préstenme un celular y yo llamo a mi mamá”. Antes de todo eso, cuando pasé mi hoja de vida, había hablado con Malcolm Deas y con el doctor Alfonso López, quienes me alentaron a tomar el cargo que me ofrecieran, pues pensaban que podía hacerlo bien, generar un impacto. En ese momento, la verdad yo no era muy consciente de en qué me había metido.

¿Cuándo entendió que se había convertido en una figura nacional?

Al día siguiente llegó un escolta. Yo tenía que dictar clase en la universidad y cuando llegó había un policía afuera que me dijo: “Yo voy con usted”. Y yo dije: “No, no, no, no, no, yo voy sola, déjeme aquí, yo me voy en el carro”. Y me fui sola en el carro. Cuando empiezo a andar, alguien empieza a pitarme y a decirme: “¡Ministra, ministra!”.

¿Lo celebró la población negra?

Al principio sí hubo mucho despliegue. En Palenque y en muchos sitios hicieron fiesta, incluso amigos míos de fuera me escribieron, unos líderes africanos me mandaron una nota de Angola que decía “Ministra angoleña es nombrada en Colombia”. [Risas]. Salió en la BBC, unos amigos míos que estudiaron conmigo en Cambridge me escribieron y me dijeron que estaba en The New York Times, una de mis mejores amigas neoyorquinas me dijo: “¿Oye, yo vi esta noticia, tiene el mismo nombre tuyo, quién es?”.

Pero también tuvo mala prensa…

Recuerdo a un columnista muy reconocido que escribió: “¿Cómo se le ocurre al presidente Uribe nombrar a una joven mujer de color a que remplace a semejante personaje que estaba en el Ministerio?”. Y así empezaron a surgir ciertas cosas. Incluso salió una nota, que un amigo me envió después, que hablaba de la cenicienta negra. Entonces sí surgía el tema de ¿esta de dónde salió?, ¿por qué llegó? Incluso cuando iba a cocteles la gente me decía: “¿Pero usted estuvo en Cambridge haciendo un curso de inglés, no?”, cuando en realidad estaba haciendo una maestría. Incluso alguien de un cargo muy elevado en el gobierno en la posesión hizo el comentario: “Paula va a llenar de negros el Ministerio, dígale que no lo haga”. Aunque había un ambiente de racismo, al mismo tiempo recibí un gran respaldo. La primera carta que me llega de felicitación es de Gilberto Gil, que se enteró, y todavía no me habían nombrado y dijo: “Paula estoy contigo, necesito que vengas a Brasil, sé lo que estás pasando, te va a ir bien”.

¿Cómo ve la situación de la población negra en Colombia?

Hay muchas realidades en lo étnico. Acaban de sacar un estudio de la Universidad Nacional: así como mi familia, se ha ido generando lentamente una movilidad social y empieza a surgir una clase media negra, todavía muy incipiente. Creo que la Ley 70 ha sido un avance. El apoyo de cooperación internacional en este tema ha sido muy importante. Lo triste es que ha sido mayor el apoyo de cooperación que la apuesta nacional. Pero los avances en movilidad social están todavía pendientes.

¿Por ejemplo?

Aquí todavía la inclusión es un tema de dádivas, de favores, y no de reconocer a la gente de igual a igual de una manera natural. Hubo reuniones en las que me dijeron: “Hágame un favor, llámeme a la ministra”, porque en este país no es natural que usted se encuentre a un gerente de una empresa negro, un ministro negro, un negro en un cargo de poder.

¿Está a favor de una discriminación positiva en beneficio de la población negra?

Es que si no es así, una exclusión que ha sido histórica, por buena voluntad exclusivamente, no se va a transformar. Usted tiene que hacer un esfuerzo.

¿Se están perpetuando las exclusiones?

Usted no puede estar todo el tiempo mandando mensajes como el de la Alianza para el Pacífico, que es del Pacífico pero se hace en Cartagena. Ese tipo de mensajes son nefastos, entonces digamos que parte de la tarea que tengo y que tenemos, porque además esto es un esfuerzo colectivo y con un grupo de amigos, líderes nacionales, líderes locales, es ayudar a nivelar capacidades y a visibilizar liderazgos, algo que hacemos desde la Corporación Manos Visibles que presido.

Sabemos que le ofrecieron la vicepresidencia, tanto Óscar Iván Zuluaga como Enrique Peñalosa. ¿También le han ofrecido un cargo en este gobierno?

Sobre los ofrecimientos, lo agradecí infinitamente, fue una cosa muy deferente y me sentí supremamente honrada, pero creo que ni a nivel personal ni a nivel profesional sentía que era el momento. Además, creo que este país necesita liderazgos que construyan desde las bases y generen puentes desde la comunidad.

¿Y que no estén ligados a un partido político?

Pues claro.

Se le considera una persona que en su modo de trabajar le apunta a la microgerencia. ¿Un legado del presidente Uribe?

No, yo siempre he sido muy rigurosa, el primer día de trabajo en el Ministerio llego con un enfoque de gestión, con una agenda y a explicarle a la gente mi metodología. Siempre he sido así. Y digamos que parte de mi formación en ingeniería va en eso, en mirar el tema de procesos, cómo se encadenan los recursos, cuáles son las articulaciones de las organizaciones, y eso lo he hecho siempre, desde que trabajaba con el gobierno de los Estados Unidos o cuando trabajé con Naciones Unidas.

¿Pero en algo influyó el estilo de Uribe?

Sí, creo que el estilo del presidente Uribe era muy importante, porque lo forzaba a uno a saber. Yo recuerdo una vez que me llamó a las 6 a. m. y me dijo: “Estoy en Moñitos, Córdoba, Paula, la biblioteca no ha llegado”. Yo no sabía dónde quedaba Moñitos… Después de eso, me quedó grabado en piedra. A mí me ensenó a pensar que desde lo público yo le respondo a cualquier ciudadano. El sentido de igualdad en la gestión y en la rendición de cuentas sí es una enseñanza que le debo a él.

¿Es decir que está de acuerdo con la microgerencia?

En la empresa privada, Fabio Villegas, presidente de Avianca, está a las seis de la mañana en el aeropuerto, haces una vuelta en Aviatur y Jean Claude Bessudo quiere saber si a uno lo atendieron bien. ¿Por qué en lo público, en cambio, la microgerencia se critica?

De pronto no hay los mismos términos de competitividad en lo público que en lo privado…

A eso voy. No creo que el gerente de Disney despache todo el día desde un escritorio. Seguramente va a ver cómo está funcionando el parque.

¿Qué falta por hacer en el Pacífico?

Primero, no todo es cuestión de presupuesto. También hay que reconocer cuáles son los activos de la región y así mismo poner orden. Poner orden implica que el Gobierno, y de manera particular el presidente y los ministros, intervengan cuando haya que intervenir. En algunos casos hay que destituir alcaldes, resolver la crisis del hospital de Quibdó, por ejemplo. La gente se muere del avión de Quibdó a Medellín que le cuesta quinientos mil pesos.

Así mismo las universidades y los colegios están en las últimas posiciones en temas de calidad…

Si con el alcalde de Cartagena hay un tema que no funciona, después de un tiempo usted dice “intervengo”, se destituye, “intervengo, hago, porque yo no puedo permitir que en Cartagena pasen tales cosas”. Con esta ola de violencia en el Pacífico, un día uno se levanta y ya hasta Quibdó se volvió como Buenaventura, cuando antes en Quibdó no pasaba nada. Cuando nos despertemos, ¿qué proceso de paz, qué prosperidad con un Pacífico como lo tenemos? ¿Qué Alianza para el Pacífico?

¿Y en temas de seguridad?

En Buenaventura, en Quibdó, puede llegar a haber un 70 % de los jóvenes sin nada que hacer. Uno, no necesita hacer un análisis, se para en Quibdó y no hay absolutamente nada que hacer, no hay una cancha, no hay una obra significativa, no hay trabajo, ni sector privado. Entonces un joven, sea estrato 1 o 6 en Bogotá o en Quibdó, sin nada que hacer, es un riesgo inminente. Ahora de un muchacho en el Pacífico, con una cantidad de carencias en su casa, que no tiene empleo, que la universidad no es la mejor y encima son poquitos los que alcanzan a entrar, en un territorio donde llega siempre lo ilegal más rápido que lo legal, porque lo ilegal sí sabe dónde están los muchachos y sabe qué ofrecerles, ¿qué se puede esperar?

No hay presencia del gobierno.

El monseñor de Quibdó me llamó una vez porque la guerrilla estaba creando bandas de música para reclutar a los jóvenes.

Y sin embargo hay mucho talento…

Claro, están los futbolistas que son maravillosos, pero ¿cuál es el desarrollo deportivo del Pacífico? Nos encanta Pablito Armero de Tumaco, nos encanta Jackson Martínez, pero no pensamos en todos estos talentos, que si estos salieron así, de una forma excepcional, cómo sería si hubiera un desarrollo más sistemático de sus capacidades. ¿Cuántos talentos de esta categoría se están perdiendo el país por no apostarles?

Muchas de las renovaciones musicales de este país en este momento vienen del Pacífico: Herencia, ChocQuibTown…, pero ¿cuáles son las labores que tenemos que hacer para que eso no sea excepcional, sino que florezca de manera sostenida?

Aspiro a que muchos de estos líderes, y muchas de estas instituciones que están trabajando con nosotros, logren trascender y jalonar a otros. Hay muchas historias de gente extraordinaria y hay mucha gente, además, con todas las ganas de servirle al país. Lo triste es que sean invisibles para la mayoría y que no encuentren los espacios.

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