Los toros en las artes

Los toros en las artes

La cultura se ha servido desde hace siglos de las corridas como tema y fuente de inspiración.

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01 de diciembre 2014 , 09:26 a.m.

Existe un secreto a voces sobre la intención del Emir de Qatar de adquirir la cerrada Plaza Monumental de Toros de Barcelona, por una suma que ronda los 2.200 millones de euros, para construir en su lugar una de las mezquitas más grandes del mundo. El destino de la Santamaría de Bogotá es incierto. Lo anterior sirve como espejo del mundo de hoy y de una fiesta que se desinfla poco a poco. En todo caso, y dejando de lado los interminables debates, la tauromaquia sigue siendo fuente de inspiración para las artes. Su capital, tanto en literatura como en pintura, música, poesía, escultura e inclusive moda, es tan extenso que merece una mirada más detenida en tiempos donde predominan los discursos apocalípticos.

Hace un par de semanas, el pintor Fernando Botero (Medellín, 1932) presentó en Nueva York un libro titulado Bullfight, donde se recogen 140 pinturas y 35 dibujos que abarcan buena parte de su obra dedicada a los toros. La afición del maestro es bien conocida y su temprana incursión en la escuela taurina de Medellín ha sido contada varias veces. Sus cuadros incluyen voluminosos picadores, retratos de toreros, momentos congelados en el patio de cuadrillas o escenas de cornadas, entre otras. Además del interés en el juego de las formas y los colores, el artista antioqueño centra su mirada en el toreo como campo de la creación.

“En mi opinión, lo más importante, en cualquier artista, es alcanzar un estilo personal. Muy pocos lo tienen. Es lo que poseen, por ejemplo, El Greco y mis admirados quatrocentistas Paolo Ucello y Piero della Francesca. Ahora, veo y admito, en Enrique Ponce, ese estilo personal” le explicó hace unos años al Doctor en filología Andrés Amorós, a propósito de un libro que este último preparaba sobre el torero valenciano. El académico español escribe por e-mail que Manet también se dejó deslumbrar por las corridas. Y las pintó. Tras su visita a España, en la que descubrió la obra de un hasta entonces olvidado Diego Velásquez, le dijo a Baudelaire: “Es uno de los más bellos, más curiosos y más terribles espectáculos que se pueden ver”. En el parisiense Museo d’Orsay se puede ver una de sus telas más conocidas dedicada a los toros, titulada Combat de taureaux.

Probablemente los dos grandes nombres dentro de la pintura taurina son Picasso y Goya. Dos revolucionarios. El primero hizo del toro como animal y símbolo (ver el Guernica!), y de las corridas como espectáculo, un hilo conductor y un vínculo indisoluble con su natal España, de la que se exilió a raíz de la dictadura de Franco. Los toros, para el segundo, fueron su pasión juvenil. Y de viejo, exiliado en Burdeos, regresó al tema. Incluso llegó a firmar alguna vez: “Don Francisco el de los toros”.

El periodista Antonio Caballero (Bogotá, 1945) salva los grabados tauromáquicos de Goya y algunos cuadros de Picasso de un arte que a su juicio no ha conjugado bien con la tauromaquia. “En la pintura, desde mi punto de vista, la influencia ha sido dañina”, afirma sentado en un sillón de orejas marrón en su casa de Chapinero, al norte de Bogotá, “porque los toros son un espectáculo muy pintoresco, pero eso no quiere decir que sea un espectáculo para pintar. Además, los aficionados a los toros no toleran que se pinten las cosas como no son, y la pintura consiste precisamente en pintar las cosas como no son”.

Es en la poesía, por el contrario, donde el cronista bogotano encuentra la producción más importante. Para empezar recita de memoria unas coplas de Góngora: “Y en la tardecita/En nuestra plazuela,/jugaré yo al toro/Y tú a las muñecas”. Recuerda también a Lope de Vega. Y cuenta que desde el XVI, el Siglo de Oro, han sido centenares los poetas españoles que han tratado el tema de los toros. Unos a favor y otros en contra. Quevedo, por ejemplo, era antitaurino. Y así hasta la generación del 27, con García Lorca, Rafael Alberti, e incluso el propio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez. Andrés Amorós (Valencia, 1941) recomienda, por su parte, tres poemas a los lectores De Manuel Machado: La fiesta nacional. De García Lorca: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Y de Miguel Hernández: El rayo que no cesa.

Al mismo hilo, y dando un salto al terreno de la narrativa, encontramos al estadounidense que hizo célebre sus fotografías en los tendidos de las plazas españolas y que inmortalizó su afición en un libro que se titula Fiesta. Se trata del Nobel Ernest Hemingway, quien se enamoró cuando vivía en París de los toros durante unas vacaciones en unos San Fermines de Pamplona. Además de Fiesta escribió un libro sobre la rivalidad entre los toreros Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, titulado Verano sangriento. Y otro más, publicado en 1932, que lleva por nombre Muerte en la tarde. Para Antonio Caballero, el escritor estadounidense supo entender bien los toros y quizás sea en este último texto donde mejor lo expresó: “Es un libro exclusivamente de toros, no es una novela. Es más bien un ensayo, o una serie de ensayos sobre los toros, con descripciones de corridas y de toreros, y con algunas opiniones. Un libro realmente bueno”.

Ortega y Gasset, acaso el filósofo español más importante del siglo pasado, fue también un gran aficionado y tuvo entre sus proyectos escribir un tratado titulado: Paquiro. Y uno de los grandes periodistas españoles, el sevillano Manuel Chaves Nogales, escribió una biografía de uno de los toreros más importantes de la historia: Juan Belmonte. Una obra rescatada recientemente del ostracismo al que la había destinado la dictadura y que ha contado con casi total unanimidad dentro de la crítica por su calidad literaria. “Es una magnífica biografía sobre un personaje excepcional. Lo pueden leer con gusto también los que no sean aficionados a los toros”, señala Amorós.

Por otra parte, Antonio Lorca (Sevilla, 1954), cronista taurino del diario El País (España), recuerda por teléfono la importancia de la Ópera Carmen, de Bizet. “Esta obra, escrita por un francés, sería la culminación de la música en el mundo de los toros. Situada en Sevilla, Carmen era una cigarrera de la fábrica de tabaco que se enamora de un torero. El tema taurino es central dentro de una pieza que tuvo repercusiones importantes en su género”. También dentro de las artes francesas el surrealista Jean Cocteau (La corrida del 1 de mayo), el novelista Henri de Montherlant en los años 20 (Los Bestiarios), autor al que Caballero referencia especialmente, y el escritor y etnógrafo Michel Leiris, entre otros, dedicaron páginas enteras a la tauromaquia.

Con respecto al mundo del cine, destaca la película Matador (1986), del dos veces ganador del Óscar Pedro Almodóvar, así como también un documental para la televisión anglosajona dirigido por Orson Welles. Y en otros campos, como la arquitectura, plazas como la de Ronda, en Andalucía, o en la alta costura, con chaquetas de reputadas casas inspiradas en los trajes taurinos, los artistas desde diversos frentes se siguen sintiendo atraídos por la tauromaquia como tema para su trabajo. Se trata, además, de un mundo que ha creado un lenguaje cuya riqueza se han encargado de consignar los cronistas y revisteros en periódicos y publicaciones antes de que su recuerdo se evaporé del todo. Como lo ha hecho a lo largo de su carrera Antonio Caballero, quien describe la labor del cronista taurino como la búsqueda de “ese idioma absoluto con que han soñado los filósofos en los cuales hay una palabra para cada cosa y solo una palabra para cada cosa. Y eso sucede en los toros. Es decir, cada movimiento tiene un nombre perfectamente diferenciado de otro movimiento casi igual. Un poco como las posturas sexuales en el Kamasutra”.

¿Qué buscan los artistas en la tauromaquia? Para Andrés Amorós se trata del mismo problema básico de eternizar lo fugaz, de captar e inmovilizar lo que apenas dura un instante. Y para el catedrático, mientras haya creadores con una mínima sensibilidad estética, capaces de percibir la belleza plástica del espectáculo, el juego de formas y colores, el albero dorado, los contrastes de luz, seguirán surgiendo manifestaciones desde los toros capaces de conmovernos.

CAMILO SÁNCHEZ
ESPECIAL PARA ELTIEMPO.COM

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