La violencia oficial

La violencia oficial

La violencia oficial es antidemocrática, terrorista, injusta e innecesaria.

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27 de noviembre 2014 , 06:07 p.m.

El fallo absolutorio de Darren Wilson, el policía blanco que mató en Ferguson (Misuri, EE. UU.) a Michael Brown, un muchacho de color que no portaba armas, ni estaba incurso en ningún acto de violencia, ha desatado la ira de miles de personas, blancas o negras, en más de ciento setenta ciudades de Estados Unidos que consideran la absolución del policía una actitud redomadamente racista.

Aparte de la cuestión racista, es imperioso examinar el fenómeno, cada vez más frecuente y menos fenómeno, de la violencia oficial, como lo fue el caso de Ferguson. Al respecto son muy útiles las declaraciones del policía Wilson, publicadas en ‘El País’ de Madrid
http://internacional.elpais.com/internacional/2014/11/26/actualidad/1416968109_526682.html, en las que se muestra contento de haber cumplido con su deber y de haber hecho su trabajo “correctamente”. Asegura que fue entrenado para “actuar de esa manera” y que obró en defensa de su vida porque Brown intentaba quitarle el arma. Sin embargo varios testigos, algunos de ellos blancos, aseguran que Brown había levantado las manos tal como le ordenó el policía y que no estaba en actitud agresiva cuando fue abatido a balazos por el agente, de 28 años, que ese día estrenaba su arma de dotación. Sin duda hizo muy bien su trabajo, como el mismo Wilson dice, ufano.

La indescriptible tragedia de Ayotzinapa también es el fruto de la violencia policial contra la población civil, como parte de una estrategia de represión de las protestas contra la ineficacia, el abuso y la corrupción de la autoridad. La violencia oficial está llevando sus excesos incluso a terminar con las vidas de niños menores de quince años. El sábado pasado, dos agentes de la policía de Cleveland (Ohio), alertados por un ciudadano sobre “un hombre con una pistola” en un centro comercial, acudieron de prisa al lugar, conminaron al sujeto a que levantara las manos, y como no lo hizo, le dispararon. Era un niño de doce años que jugaba con una pistola de juguete. El menor murió en el hospital a causa de las heridas recibidas. La ciudadanía de Cleveland ha hecho encendidas manifestaciones contra la policía. Los destrozados padres del menor asesinado aseguran que con un mínimo de prudencia se hubiera podido evitar la muerte de su hijo.

Todos los días vemos en videos en la televisión, o en transmisiones en directo, o en YouTube, cómo, en países que se denominan democráticos, la policía parece instituida para reprimir las manifestaciones populares propias de la democracia. El pretexto es irrefutable. Se trata de mantener el orden público y de evitar los desmanes que puedan causar daños a la propiedad, interrupciones del tráfico, etc.; pero no siempre, o casi nunca, la policía detiene a quienes causan los desmanes, sino a quienes no los causan. Los que arrojan papas bomba, los que tiran piedra, los que incitan al desorden, conocen el arte de escabullírsele la policía, que carga contra los que están simplemente manifestando una protesta, y les pone la mano a los primeros que encuentra, ensañándose contra los indefensos y pacíficos reclamantes.

Que la violencia oficial no solo es antidemocrática, terrorista, injusta e innecesaria, lo denunció el santo padre Francisco y lo demostró la alcaldesa de Bogotá (encargada), Clara López, durante su breve mandato de seis meses. En un momento en que los ánimos estaban caldeados por la reforma educativa, y en que grandes manifestaciones estudiantiles desfilaron por las calles de Bogotá, y se temían choques con la policía, la alcaldesa retiró los agentes de las calles, pactó con los estudiantes un desarrollo tranquilo de las protestas, y miles de jóvenes desfilaron, sin vigilancia policial alguna, y sin que hubiera el menor desmán. Son personas como Clara López los mandatarios que se requieren para actuar con la prudencia y la sabiduría necesarias, que eviten la violencia oficial y las tragedias que acarrea. Tragedias irreparables como las de los normalistas de Ayotzinapa, Michael Brown, el niño de doce años de Cleveland y muchas más que ocurren todos los días como resultado de que a los policías se les enseña que actuar con brutalidad es hacer “correctamente” su trabajo.

No me refiero particularmente a la policía colombiana. La brutalidad oficial en estos tiempos neoliberales es una norma global. En cuento a nuestra policía debo reconocerla como una de las pocas que se esmera en ser prudente, aunque no siempre lo logra.


Enrique Santos Molano

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