La larga espera de las 107 familias del HK1803

La larga espera de las 107 familias del HK1803

El 27 de noviembre de 1989 se perpetró el peor atentado terrorista de la historia del país.

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26 de noviembre 2014 , 05:31 p.m.

Henry von Prahl acababa de terminar un libro sobre manglares. Era biólogo y profesor. Tenía que viajar a Cali a dictar una clase en la Universidad del Valle. Fernando Ayala debía cerrar un negocio en esa misma ciudad. Aunque tardaría solo dos días, su esposa, Eugenia Fernández, decidió acompañarlo. Ramiro Ortiz había estado una semana antes en la capital del Valle haciendo una instalación de sistemas, pero un ajuste que surgió a última hora lo obligó a cambiar su rumbo hacia Bucaramanga para volver nuevamente a Cali. Sus nombres y los de otras 103 personas figuran hoy en la larga lista de víctimas del narcoterrorismo en Colombia.

El 27 de noviembre del 1989 abordaron el HK-1803 de Avianca, que explotó minutos después de despegar de Bogotá hacia Cali. No hubo sobrevivientes. Las historias de por qué viajaron ese día las cuentan hoy sus familias, padres, esposas e hijos a los que el destino unió hace 25 años y que han creado, casi sin darse cuenta, un vínculo difícil de romper. Un vínculo forjado en un dolor que no se va y en las preguntas sobre por qué pasó, que todavía les dan vueltas en la cabeza.

‘25 años de olvido, 107 motivos de reconciliación’ es la consigna de muchas de estas familias, que desde la Fundación Colombia con Memoria unieron sus historias para organizarse como víctimas y ser visibles ante el Estado y la sociedad colombiana. “Hemos logrado dar pasos importantes para que el caso salga del olvido en que estuvo por décadas”, dice Gonzalo Rojas, quien perdió a su papá en este atentado cuando él era un niño. Hoy es director ejecutivo de la fundación. A pesar de no haber sido fácil para ellos, porque muchas de las familias no viven en Bogotá y otras prefirieron pasar la página e intentar olvidar, desde la unión lograron que en el 2009 les reconocieran su caso como un crimen de lesa humanidad, y el año pasado, como las primeras víctimas de Pablo Escobar que debían ser reparadas por el Estado.

Laura Molina Ávila es nieta de Ricardo León Ávila. Su abuelo apenas pudo disfrutar de sus primeros meses de vida, pero ella, junto con su familia, ha emprendido una lucha para que las muertes de él y de los otros 106 pasajeros no queden como una cifra más de la violencia en el país. “No tengo recuerdos de él, pero siento la responsabilidad de no dejar morir lo que pasó. Es algo que cambió la vida de muchos; no puede olvidarse”, dice Laura.

Relata que muchas veces, al contarles a sus amigos –gente de su generación– cómo había muerto su abuelo, la sorprendieron las preguntas de algunos, que no tenían en su memoria que alguna vez un avión lleno de civiles había explotado en pleno vuelo.

Y aunque en este caso no ha habido verdad ni justicia y en pocos casos han logrado reparación económica, sí se ha dado un proceso de perdón y de reconciliación.

Alejandro Ayala Fernández quedó huérfano a los 2 años. Sus papás, Fernando y Eugenia, murieron en el avión. Él tuvo la suerte, cuenta ahora, de quedar bajo el cuidado de una de sus tías y, sin entender muy bien lo que pasaba, creció con la idea de que una injusticia se había llevado a sus papás. “Me empecé a enterar de lo que había ocurrido cuando estaba en el colegio. No fue fácil. ¿Cómo un niño explica esto?”, dice ahora, cuando ya se graduó como administrador de empresas y tiene su propio restaurante. “No podemos seguir siendo víctimas pasivas. Debemos aportar y dar ejemplo a otros”, afirma. A su voz se une la de otra joven. Magda Vargas tenía 2 años cuando su papá abordó el avión. “No lo conocí mucho, pero estoy convencida de que por él vale la pena luchar por la paz. En Colombia hemos sufrido y ahora yo soy parte de un vuelo para la memoria”, dice.

Aunque todos hacen parte de un colectivo que cada año va tomando más fuerza, para todos no ha sido igual el proceso. Enrique Ortiz aparece en los registros de los noticieros de la época buscando a su hijo. Se lo ve hablando con esperanza de que haya sido un error, aferrado a la posibilidad, inexistente al final, de que su hijo finalmente no hubiera tomado ese vuelo.

Veinticinco años después, él, su esposa y sus otros hijos siguen recordando a Ramiro, que en ese entonces tenía 25 años. “Los papás siempre nos hacemos a la idea de que serán nuestros hijos los que nos despidan; los que nos den el último adiós, pero nunca estamos preparados para lo contrario. Enterrar a un hijo es lo más duro”, dice. A pesar del paso de todos estos años, le gana el llanto. El recuerdo se mantiene y es ese mismo el que lo anima a reunirse con otras familias, a dar entrevistas, a hablar de lo ocurrido, a no dejar que el hecho en el que murió uno de sus hijos se pierda en la memoria.

“Por muchos años no quisimos hacer parte de esto, queríamos estar alejados de todo. Uno siente que la vida pierde sentido, pero hay que continuar. Por él, por su memoria”, dice. Como para él, para Elisabeth von Prahl también fue un proceso que tomó tiempo. Confiesa que aún no se recupera del todo de la muerte de su hermano mayor, Henry von Prahl, alemán como ella, que por cosas del destino terminó viviendo en Colombia y tomando ese fatal vuelo. “Heredé sus lienzos. Él era un biólogo magnífico, que además pintaba y escribía. Era autor de varios libros sobre la riqueza natural del país. Hay uno sobre manglares que aún es consultado”, cuenta con orgullo. “Las lágrimas siempre fueron pocas para expresar el dolor que sentimos. Ellos ni se dieron cuenta de lo que pasó. Fuimos nosotros los que quedamos con el dolor, con el vacío”, asegura Elisabeth.

Hoy, un cuarto de siglo después, las familias de los que abordaron el HK-1803 no pierden la esperanza de que el caso se aclare y que se haga justicia. Mientras tanto, se unen para honrarlos y demostrar que más de dos décadas de impunidad no han logrado que la fe se pierda.

SALLY PALOMINO
JUSTICIA

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