En la plaza Botero se vive colorido del antioqueño

En la plaza Botero se vive colorido del antioqueño

Cerca a otros emblemáticos lugares está la plaza de las esculturas, lugar para transitar y disfrutar

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25 de noviembre 2014 , 07:34 p.m.

“Yo no sé qué gracia les ve la gente a esos muñecos”, dice Roberto Diosa García, un pensionado de 71 años de edad.

Y lo dice, al mirar de reojo, y con cierta antipatía, algunas de las 23 esculturas donadas por el maestro Fernando Botero al Museo de Antioquia.

La Plaza Botero, nombre con que también se le conoce al parque de las Esculturas, o ‘de las gordas’, está situada en uno de los lugares más tradicionales y característicos de la ciudad.

Además del parque Berrío y el Museo de Antioquia, también están cerca el Palacio de la Cultura, antigua Gobernación de Antioqiua, y el hotel Nutibara.

El lugar, 7.000 metros cuadrados, no sólo es un sitio de encuentro del arte y la cultura de la ciudad, sino también un lugar de paso obligado para los visitantes.

Y aunque para la mayoría de transeúntes lo más admirable de la Plaza son esas piezas, también están las personas que, como Roberto, no entienden por qué están allí y, además, aseguran que no les gustan.

Así que sólo van a sentarse en alguna de las sillas a tomarse un tinto, mientras en su casa les preparan el almuerzo. Bueno, también disfrutan de criticar a los turistas que buscan la mejor foto de las grandes figuras de bronce o muñecos, como él los llama.

El parque de las Esculturas se convirtió en un ejemplo de recuperación social. De ser un sector oscuro y deprimente, se transformó en un lugar de encuentro y diversión.

Los visitantes, como los niños, se llevan una foto de recuerdo junto a las gigantes esculturas de bronce.

La plaza fue construida en 1999, pero en el 2002 fueron instaladas las esculturas del maestro Botero, exhibidas anteriormente alrededor del mundo: París, Nueva York, y Madrid.

Para no sentirse sola en su casa, en el barrio Boston, desde hace un año Claudia prefiere darle largas vueltas a la Plaza ofreciendo bebidas calientes, como tintos a 400 pesos, a los transeúntes que en su mayoría y, como ella dice, “son viejos pensionados”. Así como Roberto.

Y así, entre tinto y tinto, de los que Claudia prepara, algunos de los pensionados y visitantes del lugar aprovechan la ocasión para admirar las bellas esculturas.

Los visitantes se llevan una foto de recuerdo, junto a las gigantes esculturas de bronce.

José Eusebio Rincón solo va de conquista: “Yo vengo a mirar a las gordas, pero no las del Maestro”, dice y suelta una risa mientras mira a una de las muchachas que van pasando y que cobran 10.000 pesos por un rato de placer y 5.000 por el cuarto.

Las sillas tejen las historias que por allí pasan. La señora que se maquilla, mientras su esposo hojea el diario; los niños que trepan por las curvas de las obras de arte, los que hacen fila para lustrar sus zapatos, los que van a dormir y los vendedores que juegan al gato y al ratón con el personal de espacio público pidiendo que los dejen trabajar.

Las sillas tejen las historias que por allí pasan, como la señora que se maquilla, mientras su esposo hojea el diario.

DIANA SÁNCHEZ
MEDELLÍN

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