Viajar es desbaratarse el peinado / Limonada de coco

Viajar es desbaratarse el peinado / Limonada de coco

Al deshacerse de sus prejuicios, el viajero tiene una interacción más afortunada con los espacios.

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24 de noviembre 2014 , 02:34 p.m.

Una cosa es recorrer millas y otra, viajar. Para lo primero basta un boleto. Lo segundo requiere mucho más que un desplazamiento físico. Viajas cuando conviertes la travesía en una experiencia visceral, cuando verdaderamente sales de ti mismo, cuando comprometes el alma. Lo otro es simple turismo.

Conozco a un paisano que se negó a comer callos a la madrileña, con el argumento de que el mondongo debe prepararse en sancocho como lo hacía su tía Zoyla. También he visto a muchos descalificar ciertos lugares porque son demasiado montañosos o demasiado planos, o porque tienen gente muy ruidosa o muy callada, o porque están llenos de imperialistas o de comunistas.

Personas que viajan sin mover las manecillas del reloj porque solo aceptan la hora de su villorrio, personas que llevan maletas muy pesadas porque, como desconfían de lo que encontrarán, necesitan apegarse a lo que ya tienen; personas que se atrincheran en la música de sus audífonos y jamás se abren a las melodías que están allá afuera.

Personas que se están yendo sin irse.

Lo que no les huele a lo que saben oler, les hiede; lo que les suena de un modo distinto al que reconocen, les chilla, lo que desconocen no es porque lo desconozcan sino porque no existe. El mejor saxofonista del mundo –gritan a los cuatro vientos– es el vecino, pero eso sí: jamás han visto uno más allá de los confines de su parroquia. Cuando finalmente lo ven, por supuesto, les parece carente de gracia.

Por todo eso, mi acepción preferida de la palabra “viajar” es “mudar”, porque además de incluir el traslado geográfico contiene la metamorfosis del viajero. Mudar es lo que hacen las aves cuando vuelan de un lugar a otro, pero también lo que sucede cuando se desprenden del plumaje. El viaje como mutación y, luego, como apertura.

Al deshacerse de sus prejuicios como el pájaro de sus viejas plumas, el viajero tiene una interacción más afortunada con los espacios. Los disfruta aunque parezcan feos, los comprende aunque tengan costumbres muy distintas a las suyas.

No es poca cosa aceptar que en el mundo también caben quienes le echan hielo al café negro, quienes oyen tropipop, quienes ven películas de Steven Seagal, quienes regalan esquelas cursis y quienes comen patacones dulces. El viajero que se abre ante el mundo siempre encontrará un mundo abierto ante él.

Lo mejor de viajar no es visitar museos, ni descubrir vinos, ni probar manjares, ni asolearse en playas, ni conocer culturas, ni comprar libros, ni volverse mundano.

¿Qué será, entonces, lo mejor? ¿Acaso dejar que el viento nos desbarate el peinado adusto y nos aleje de nuestra perniciosa zona de confort?

Lo mejor de viajar, digo, no es lo que encontramos allá afuera: ni el trompetista callejero de Nueva Orleans que nos embriaga con su tonada, ni la travesía en barco que, al atardecer, nos trae a la memoria aquel bello verso de José Ángel Buesa: “el mar sigue cantando cuando pierde una ola”.

Lo mejor es no tener como meta el lugar que aparece impreso en el boleto de viaje, sino aprender a observar el mundo con ojos nuevos.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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