Editorial: Pesimismo preocupante

Editorial: Pesimismo preocupante

23 de noviembre 2014 , 10:45 p.m.

La más reciente encuesta de opinión de la firma Gallup revela que el pesimismo de los bogotanos es el más alto de los últimos 20 años. Es más, supera el de todos los gobiernos que antecedieron al actual, incluido el del exalcalde Samuel Moreno (hoy preso), en el que se desató el peor escándalo de corrupción en décadas.

Según el estudio, el 76 por ciento de las personas cree que las cosas en la ciudad están empeorando y solo el 18, que van mejorando. En el peor momento de Moreno, el 72 por ciento creía que las cosas iban mal. Lejos están los tiempos en que un 75 por ciento de la gente consideraba que la situación en la capital estaba mejorando, eso fue en diciembre del 2003.

Los resultados de la encuesta no hacen más que confirmar otros que también tienen una medición histórica, como los de Napoleón Franco para el programa ‘Bogotá, cómo vamos’, y coinciden, en general, con el ánimo que se advierte entre los ciudadanos, en la calle.

Varias son las causas que pueden influir en esa percepción tan negativa sobre el destino de la ciudad. La primera es que persisten males viejos que no han conseguido ser resueltos eficazmente, como la movilidad, la inseguridad pública –léase combate efectivo contra el atraco callejero, el hurto de residencias, el pandillismo, el microtráfico– y la corrupción que permanece enquistada en ciertos órganos de la Administración.

El grado de pugnacidad política, sin antecedentes, afloró con fuerza durante el mandato de Gustavo Petro. Esto generó disputas, agrios debates, confrontación permanente y volatilidad en el propio equipo de gobierno.

Para no hablar de lo que significó la destitución del mandatario por orden de la Procuraduría General, la encrucijada en que se vio envuelta la justicia por este caso y el retorno de Petro al poder. Esa inestabilidad produjo un desgaste institucional, al que los ciudadanos asistieron entre impávidos e incrédulos y que les confirmó que las cosas estaban lejos de mejorar.

A ello súmese el hecho de que los bogotanos perciben que la autoridad se ha perdido en varios frentes. Cualquiera se siente con derecho a invadir un espacio, robar un servicio público y no pasa nada. Cada vez es menor el número de personas que sienten temor a ser sancionadas por violar normas como el pico y placa, contaminar, pasarse un semáforo en rojo o no pagar impuestos.

Sin desconocer que a esa sensación de desesperanza también contribuyen, y de qué manera, los males propios de la Nación. Bogotá, por ser el centro del poder en todos sus órdenes y principal receptor de colombianos provenientes de todos los rincones, es más susceptible de enconar las críticas por las decisiones que se toman desde el Ejecutivo.

Y están, por supuesto, los intangibles, el permanente acoso de los medios, que se empeñan en resaltar lo malo por encima de las cosas que se estarían haciendo bien, porque las hay, solo que en el radar de la gente pesan más las imágenes de los buses llenos de TransMilenio que las cifras por reducción de desempleo o pobreza.

Comoquiera que sea, lo que sí resulta innegable es que Petro ha tenido tres años para mejorar estos indicadores y, a juzgar por la calificación de los ciudadanos, eso no ha ocurrido o no se ha notado. Entre otras cosas, porque el pesimismo, si bien es un reflejo de la falta de confianza en el gobernante, también es la expresión del desconocimiento de lo que se está haciendo, y por tanto lo que se impone es la sensación de que no hay rumbo ni futuro.

EDITORIAL
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