Ellacuría, 25 años después

Ellacuría, 25 años después

Cerrar las cicatrices del alma no es fácil, tampoco las de un país.

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21 de noviembre 2014 , 05:30 p.m.

16 de noviembre de 1989, madrugada serena. Madrugada envuelta en toque de queda. Silencio y sepulcro. Camiones que llegan. Pisotean el jardín. La noche se envuelve en sangre, tragedia, violencia y asesinato. Alguien dio órdenes. Se cumplen veinticinco años de aquella fatídica madrugada de 1989, un escuadrón de soldados del Ejército salvadoreño violentó la paz irrumpiendo en la universidad. Hambre de sangre, odio y muerte. Asesinaron, les habían entrenado para ello y quién dio las órdenes sabía muy bien lo que estaba ordenando. Crueldad, desgarro, odio. Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín‐Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López. Seis jesuitas. Seis hombres de fe, de convicciones, de profunda sensibilidad y lucha por la justicia social, la verdad y la reconciliación. Entrega abnegada, ejemplo de vida, compromiso y libertad. Y con ellos asesinaron a dos mujeres que trabajaban en la residencia de los jesuitas, madre e hija, Elba Ramos y Celina. No querían testigos. Los ejecutaron. Los silenciaron. El odio venció a la palabra, a la justicia, al compromiso. La violencia que inundó y partió en dos el alma salvadoreña con decenas de miles de muertos.

Ignacio Ellacuría era un símbolo, y por ello molestaba. Nunca se detuvo en lo simple ni en lo fácil. Su pasión universitaria e intelectual, su compromiso con el pueblo, sobre todo con el que sufría, su profunda experiencia del Dios de Jesús le llevó a adentrarse en una lucha por la libertad y la justicia para todos. Ocupar y encargarse de la realidad significa cargar con ella, cargar con una cruz que le llevó a la muerte. Una muerte por dedicar su vida a transformar la sociedad, por velar por la dignidad del ser humano y denunciar en voz alta lo que estaban haciendo las oligarquías del poder, de todo poder. Una sociedad más justa, no excluyente ni exclusiva de unos pocos.

Un 24 de marzo de 1980 el mundo despertó sobresaltado en El Salvador. Monseñor Romero había sido asesinado. No sería la primera vez, tampoco la última, casi una década después, el asesinato en la UCA de los jesuitas sería el aldabonazo final a la locura y la irracionalidad que devoró al país, a la sensatez, al Estado inexistente de derecho. Era y es Centroamérica, camino de paradojas y encrucijadas. De las guerrillas y los paramilitares a los escuadrones de la muerte. Estado vigilante, Estado no siempre democrático. Guerras civiles incruentas, golpes, dictaduras, revoluciones, represión, comunismo y en medio una sociedad civil exhausta y una iglesia entre dos fuegos. Iglesia de base e iglesia de jerarquía. Y en aquella ciénaga de humillaciones, de diferencias atávicas, de exclusiones sociales, de desigualdades lacerantes, de abusos de poder, de ideologías enfrentadas y ardorosas de sangre, de caudillismos revolucionarios y movimientos reaccionarios que se cebaron con indígenas, con campesinos y obreros, emergió de repente la figura de monseñor Romero, quien experimentó una transformación asombrosa desde sus inicios a su etapa de compromiso final. Y emergieron a su lado la voz, el compromiso, el ensayo científico, la palabra, el ejemplo, la entrega de los jesuitas de la UCA. Compromiso con la justicia, con los desheredados de la tierra, compromiso con la libertad y dignidad del ser humano, del primero al último. Voz que solo acallaron los asesinos. Compromiso de vida y también de muerte. Un solo disparo al pecho mientras alzaba el cáliz de Cristo en el momento de la consagración acabó con la vida de Romero, el gran olvidado de la iglesia de Roma hasta no hace mucho. Ráfagas y vómitos de fuego terminaron con la vida de los jesuitas aquel 16 de noviembre de 1989. Luego el silencio, la indignación, la rabia y la ira de un pueblo fracturado. Y siguió la violencia, la guerra que sumió al país en el caos, la impotencia, la nada misma, solo más muerte. Años de sangre y tragedia hasta 1992. Años en que se miraba hacia otra parte, como los que le siguieron. Allí y acá. El silencio de la hipocresía, tal vez de la culpa y la pasividad aquiescente.

Dejemos ahora al margen la teología de la liberación y metámonos en aquellos años terribles, crueles, trágicos, donde la vida y la dignidad humana no valían nada. El desgarro del alma de un país y una sociedad desestructura y vacía. Dejemos por fin de politizar esta muerte y la de tantos otros sacerdotes que pagaron con su vida y su sufrimiento a veces indecible, mantenerse fiel al Evangelio y al lado de los que sufren. Donde ser sacerdote llevaba implícito una condena a muerte y máxime si su palabra evangélica recordaba a comunismo. Que nadie olvide aquel eslogan lacónico “sé patriota y mata a un cura”. Eran voces molestas para los poderosos de la opresión y la falacia. Siempre fue fácil confundir o tratar de equiparar ambas cosas, nada equiparables en absoluto. Y siempre también lo ha sido relegar y olvidar el inmenso legado de muchos que desde el arzobispo asesinado de San Salvador al último de los religiosos más anónimos atestiguaron y regalaron en vida. Comprometerse con la fe del pueblo llevaba a la muerte. Iglesia reprimida y perseguida también. Estructuras de poder oligarcas y corruptas y poderosas.

Con la muerte de Romero y nueve años después con la de los seis jesuitas, asesinaron a la voz de los sin voz, la voz de un pueblo y unas clases humildes y campesinas reprimidas y sumidas en la pobreza. Como reconoció el anterior presidente Funes, la participación del Estado fue clara y crucial en estos asesinatos. Será difícil enjuiciar a los inductores intelectuales. Siempre se ha apuntado a un nombre. Lo demás es bien conocido.

Cerrar las cicatrices del alma no es fácil, tampoco las de un país y una reconciliación si no hay voluntad y si no se busca la verdad. Impoluta, límpida, transparente. Solo así se limpiará la sangre inocente de miles y miles de asesinados en nombre de ideas banales y vacuas. De eso sabe mucho Centroamérica, pero también Suramérica.

La palabra queda aunque la voz se quiebre. La víspera, el 23 de marzo en la homilía del domingo de palmas, la homilía de fuego como se la conoce, monseñor Romero apeló directamente a los soldados a que desobedecieran las órdenes de matar, “en nombre de Dios y en nombre de ese sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, cese la represión”. Fue su sentencia. La de los jesuitas escribir, impartir docencia, investigar, denunciar, formar intelectualmente, abrir las mentes de los hijos de los poderosos. Una sentencia a muerte, y también a una imposible justicia en aquellos momentos entre los hombres. Fueron hombres. Hombres de fe, algunos los proclaman mártires, pero sobre todo fueron hombres comprometidos con la terrible realidad de su tiempo alzando su voz firme y su condena sin fisuras frente a la injusticia social y política.

Abel Veiga Copo

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