Omnipotencia invisible

Omnipotencia invisible

La cuestión es si debe confiarse la socioeconomía a una entidad que nadie entiende.

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21 de noviembre 2014 , 05:16 p.m.

El nobel Krugman ironiza con que la frase que precipitó las cruzadas, “Dios lo quiere”, es ahora “el mercado lo quiere”; pregunta “si aquellos que invocan la voluntad del mercado saben realmente qué quiere”, a propósito del anuncio de la Reserva Federal de mantener invariables sus tasas hasta el 2015 y continuar, aun menguándolo, su subsidio a la economía de EE. UU. Anuncios capaces de agitar economía y política mundiales. Una vez el presidente Bush padre le reprochó al señor Greenspan hacerle perder una elección con uno de esos guiños con que el todopoderoso anterior zar de la FED ponía a en ascuas al mundo porque eso provocaba corcoveos económicos.

Lo comprobable es que nadie puede predecir el mercado y en consecuencia controlar la economía financiera en especial, dueña ya de la real, haciendo absurdo que sin embargo se le otorgue al enigma atributo divino, aunque hay gente tan atrevida como para hacerlo y aconsejar esto o aquello, cuando poseería la piedra filosofal quien adivinara fluctuaciones monetaria o de bolsa, la impresión entonces de que a la economía le cabe la ebriedad del poema de Rimbaud e igual a su desconcertada tripulación. Hay que oír comentarios sobre la incierta recuperación de Europa y la perplejidad entre la austeridad fiscal alemana o la inversión que reclaman los ahogados en deuda y recesión. Krugman concluye que los que dicen qué quiere el mercado dicen qué quieren ellos. Otro comentarista señala más confusión: Japón esfuerza lo estímulos, Europa los tranca, China rebaja sus tasas.

La entidad que manda no la domina nadie, tampoco supuestos expertos y gobiernos que deciden sobre lo que sí es tangible: productividad, empleo, nivel de vida, inequidad... Como en credos que se creían superados, lo que alguien llama ideologización de la economía política, oferta y demanda señalan la competencia como voluntad mercantil, no obstante atravesada por variables como el salario, que determina el desplazamiento industrial de su origen a países emergentes principalmente de Asia, con lo que la competitividad se diluye, trastornando la dinámica de globalidad, desarrollo, inversión y consumo, y con ello la ubicación del mercado, adecuadamente calificada de invisible porque nadie la sabe. La industrialización como determinante productivo y social ejemplifica tal ceguera, también la del poder inmenso que le presta la tecnología. El sector fabril, hoy llamado 4.0, que escenifica la carrera frenética Asia-occidente, en la que los preparados contra la externalización industrial son los que mejor aguantan la crisis, el caso alemán, enseñan que no pueden dejarse sociedad y naturaleza a la insensatez de oferta y demanda que manejan al sector clave de esta civilización desbocada, expuesta al accidente. No es alegable falta de ilustración; el desbarajuste social no es disculpable porque la política tiene cómo recuperarles el destino común a intereses descerebrados, la economía, tal y como se expone, ni capaz ni interesada en hacerlo.

Jorge Restrepo

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