Entrevista en BOCAS: Juan Fernando Cristo, Ministro del Interior

Entrevista en BOCAS: Juan Fernando Cristo, Ministro del Interior

El cucuteño habla sobre la muerte de su padre a manos del Eln, algunos expresidentes y Venezuela.

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21 de noviembre 2014 , 03:03 p.m.

Como buen cucuteño, Juan Fernando Cristo Bustos creció y se educó con la televisión venezolana incluidos todos los culebrones del país vecino de los años setenta y ochenta–. Estudió su bachillerato en el seminario mayor de su ciudad y se hizo abogado en la Universidad de los Andes, en Bogotá. Desde niño tiene problemas para pronunciar la “erre”, no puede comer huevo ni espaguetis y no sabe qué carro tiene. Hace 17 años, un comando del Eln acribilló a su papá. De su viejo heredó la vena política y es, desde hace más de una década, uno de los grandes caudillos del Partido Liberal. Fue senador de la república entre 1998 y 2014 y es el actual Ministro del Interior. Y dice, casi como a manera de definición, que carece del ímpetu del expresidente Uribe para el twitter.

Por Gustavo Gómez / Fotos Sebastián Jaramillo

Cristo cruza la calle y comienza a padecer. Al otro lado de la acera está el Palacio de Nariño y, un poco más al norte, pero sin cambiar de acera, el Congreso: extremos de la cancha en la que rebota todos los días un ministro del interior, excepto cuando viaja a la provincia a apagar incendios.

El impulsor número uno de la ley de víctimas es hoy víctima de la política que aprendió viendo a su papá, Jorge Cristo Sahium, cacique nortesantandereano de origen libanés, al que el Eln asesinó en 1997.

En casa manda María Cristina Mantilla Galán, abogada de genio templado (“no hay santandereana de genio suave”, dice), que lo quiere tanto como aborrece el ejercicio político y no encuentra placer alguno en visitar las sedes de campaña de su marido. El que la quiera ver, tiene que ir a timbrar en casa de los Cristo Mantilla, porque en las imágenes de google no hay más de tres fotos suyas, y de más bien baja resolución. Mucho menos hay posibilidades de ubicar a Ximena Roca, la primera novia de Cristo, que debe seguir viviendo en los Estados Unidos y quizás nunca se entere de que él tuvo la galantería de recordarla en esta charla con BOCAS, básicamente por dos motivos: porque se le preguntó por ella y porque su esposa no es celosa.

Si hay dos, no son tres las entrevistas en que este hombre con apellidos que recuerdan la faceta más atrevida de Alejandra Azcárate (Cristo Bustos) cuente cómo es cuando no juega a la política. Por eso pocos saben que no hay que servirle huevo al desayuno: lo “devuelve” desde chiquito. Tampoco lo invite a un plato de espaguetis, que no se entienden nada bien con sus papilas. Menos le ofrezca un cigarrillo, porque jamás ha sucumbido a los placeres del humo.

Sus amigos dicen que tiene las ideas más firmes que las de Juan Bautista, degollado apenas unos años antes que el cristo original. Por eso pudo pasar –primero en tiempos de Pastrana y luego en los de Uribe– doce diciembres en la oposición. Come mango y piña sin restricciones, pero no es por la piña que la lengua a veces se le parte al hablar. No tiene finca ni casa de recreo, pero se les pega a los amigos con terreno en Anapoima y a un hermano le “goterea” apartamento en Cartagena cuando se puede. Cuelgan en su clóset doce vestidos. Podrían ser más, pero jura que el sueldo no le alcanza. El sueldo de hoy no es tan raquítico como él sugiere con humor y definitivamente más justo que el primero.

¿Quién le pagó su primer sueldo?

Hice la judicatura en la Procuraduría, después de haberme graduado de abogado en la Universidad de los Andes, así que fue, como profesional, Carlos Mauro Hoyos el que me lo pagó. Pero el primero me lo pagaron unas tías libanesas de mi papá, que tenían almacén de telas en la avenida sexta, en Cúcuta. Rondaba los quince años y trabajé un mes con ellas. Esperaba diez pesos de la época, pero me pagaron dos. Zayneh y Nayibe Cristo eran amorosas, y criaron a mi papá, pero también eran tacañísimas.

¿Cristo, en árabe, significa otra cosa?

El nuestro, el original, era Abdallah, que es algo así como hijo de Dios, servidor de Dios. Mis antepasados son parte de la migración libanesa de la primera mitad del siglo XX. Venían a América pensando que América era solo Estados Unidos, y muchos terminaron llegando al lago de Maracaibo, en Venezuela, y de allí pasaron a Cúcuta. Otros pocos subieron a Ocaña por el río Magdalena y los hubo que llegaron hasta Bogotá.

¿Entonces qué viene siendo usted de Julio Sánchez Cristo?

Es el mismo tronco familiar; su mamá es pariente del mío y tenemos una buena relación. Aunque ahora soy víctima sin derecho a reparación, ja, ja, ja.

Usted fue cónsul en la Venezuela prechavista. ¿Era un país mejor?

Me tocó allá el segundo intento de golpe a Carlos Andrés Pérez, su caída y posterior reemplazo por un ilustre tachirense que se llamaba Ramón J. Velásquez, una de las personas que más sabía de la historia de Colombia, experto en Alfonso López Pumarejo. Gran hombre. Murió en junio pasado, a punto de cumplir 98 años. Esa Caracas era menos buena que la de los ochenta, antes de la primera devaluación del bolívar, y ya se notaban los problemas, los conflictos sociales.

¿Ha regresado?

No más de tres veces, pero hay una situación de tremendo deterioro en seguridad, malla vial y servicios. Caracas no es la misma. Fíjese que en la época en qué viví ya tenía un metro impecable…

Tenía metro y no tenía Petro.

Ahora Bogotá, parece, va a tener metro y Petro.

Parece. Dicen que Maduro, de canciller, siempre le tenía reina pepiada, rellena con pollo y aguacate a María Ángela Holguín. ¿Usted también es devoto de las arepas venezolanas?

Claro, la famosa tostada venezolana, que también se come en Cúcuta.

Arepas y, supongo, Cocosette…

Sigo comiéndolo. Hace unas semanas, mientras estaba reunido con la minga indígena del Cauca, apareció un asesor del gobierno con un Cocosette y le eché mano de inmediato. Me acordé de mis años de Torontos, de Nucita (que se demoró mucho en entrar a Colombia, excepto por Cúcuta), del Chiz Whiz de Kraft para las galletas y de los diablitos, el jamón endiablado que aquí nunca se impuso como allá.

Además de recibir arepas, ¿recibió nacionalidad venezolana?

No, porque no teníamos familiares en Venezuela y los cucuteños que tienen nacionalidad venezolana es porque han tenido ese tipo de vínculos más profundos, especialmente con esa zona del Táchira, con San Cristóbal, con Rubio, de donde era Carlos Andrés Pérez…, aunque decían sus enemigos que había nacido en Chinácota, como hoy la oposición dice que Maduro era de Carora, un barrio muy tradicional de Cúcuta. La gente del Táchira y de Norte de Santander comparten una misma comida, una misma cultura, una misma manera de ser. Por eso Arturo Uslar Pietri hablaba de un “tercer país” distinto de Venezuela y de Colombia.

¿Veía telenovelas venezolanas?

Todos los niños de mi generación seguíamos las novelas venezolanas por la televisión. No se me olvidan Valentina, Esmeralda y tantas otras con Lupita Ferrer o con José Luis Rodríguez “El Puma”. Ya de cónsul me tocó por estas calles, con la famosa canción de Yordano. Hay quienes le atribuyen a esa novela, con su reflejo de la deteriorada situación venezolana, algo de responsabilidad en la caída de Carlos Andrés Pérez. Lo cierto es que crecimos con novelas venezolanas porque en Cúcuta no llegaba la señal colombiana; veíamos Radio Caracas Televisión y Venevisión.

¿Dónde estudió?

En el seminario menor de cúcuta.

¿Porque era la mejor educación o porque sus papás querían que fuera cura?

Ni lo uno ni lo otro: fui lasallista en la primaria, porque el colegio quedaba a poca distancia de la casa, y el bachillerato lo hice en el seminario que tenía la diócesis a las afueras de Cúcuta, por decisión de mi mamá que era la que tomaba todas las decisiones en la casa. Y las sigue tomando.

¿Quién mató a su papá?

El Eln hace 17 años. En ese entonces ese grupo tenía mucho poder en Norte de Santander, pues a partir de la segunda mitad de la década de 1980 había cobrado una fuerza inusitada por cuenta del pago, por extorsión, que le hizo una compañía alemana que se llamaba la Mannesmann para que se le permitiera construir el oleoducto Caño Limón-Coveñas. Le estorbaban los políticos y asesinarlos era una manera de desestabilizar a la gente y demostrar ese poder.

¿Qué pasó ese día?

Mi papá, que además de político era médico cirujano especializado en ortopedia y traumatología, iba a su consultorio con el conductor, Pedro Cobaría, poco antes de las nueve de la mañana. Ni tenía blindado ni era muy común en ese entonces. En la puerta del consultorio de mi papá, que después fue mi oficina, un comando de diez personas lo acribilló.

¿No ha tratado de averiguar?

Un par de años después, Horacio Serpa, que era jefe del Partido Liberal, me pidió que lo acompañara a la Serranía de San Lucas, porque el Eln quería liberar a un parlamentario antioqueño, pero solo si mediaba una reunión de Serpa con ellos, conmigo y con Germán Vargas, Viviane Morales y Rodrigo Rivera. Serpa, que fue en el congreso el mejor amigo de mi papá, me dijo que entendería si yo aceptaba no ir a hablar con sus asesinos.

¿Aceptó ir?

Sí. Fui porque, por esos días, también habían secuestrado a un hermano de mi mamá, pero justo antes de salir para la serranía, mi tío Carlos Eduardo se les voló. Pero me mantuve firme, para ayudar a otra familia que padecía esto terrible del secuestro. Nos reunimos con “Pablo Beltrán” y “Óscar Santos”, que planteaban por esos días un rollo sobre la convención nacional que quería organizar el Eln. A “Beltrán” le pedimos que liberara a Juan Manuel Corzo, secuestrado en el Fokker de Avianca, y hablamos de muchas otras cosas. Le conté sobre mi tío secuestrado y quedó sorprendido; mucho más cuando le revelé que se les había escapado y ellos, en la serranía, todavía no sabían.

¿No hablaron del asesinato de su papá?

Camino al helicóptero para devolvernos, ya con las hélices girando, “Beltrán” me dijo: “Senador, queremos decirle que lo que pasó en Cúcuta hace un par de años fue una equivocación”. No le contesté nada y me subí al aparato. Eso ha sido todo.

¿A su mamá le sonó que usted siguiera con la carrera política de su papá?

No. De hecho, a mí tampoco. Vine de Grecia, donde era Embajador, al entierro de mi papá y les pedí a los miembros de su movimiento político, Renovación Liberal, que escogieran candidato para senado, porque unos meses antes de morir él me había pedido que me animara y yo le había dicho que no me interesaba. Quise que retomara las banderas un buen amigo de mi papá, Eduardo Assaf Elcure, que falleció hace unos años, y él me contestó: “el que tiene que aspirar es usted”. Contra la voluntad de un sindicato que me armaron mi mamá y mi esposa, decidí aspirar al senado pensando en mi papá.

¿Qué hace su señora, además de aguantárselo a usted?

La de genio templado es ella. María Cristina era abogada del sector bancario al casarnos, pero cuando nació Daniela, que hoy tiene 19, se dedicó a la casa. Luego vino Juan Nicolás, de 13, y ella afortunadamente se ha dedicado a los dos, porque les ha faltado mucho papá.

¿A Daniela la tienta la política?

El año pasado se graduó del colegio y quiere ser actriz de teatro, pero ahora está temporalmente estudiando ciencias políticas. Creo que mi hija terminará en la política o en el teatro… ¡que viene a ser lo mismo!

Si su hija tiene 19, acaba de votar por primera vez. ¿Le pidió consejo?

Ella es mockusiana, antipolítica, apasionada de la paz y admiradora de las columnas de Cecilia Orozco y María Jimena Duzán, así que poco consejo pide, pero dos días antes de las elecciones de primera vuelta la mamá me preguntó si yo había hablado con Daniela de su primer voto presidencial. Le dije que no, que respetaba su elección y en eso no me metía. “Hablen los dos”, me pidió mi mujer, “porque está angustiada y no sabe si votar por Clara López o por Juan Manuel Santos”.

¿Y usted dejó eso así?

No, el sábado en la noche, llegando de Cúcuta, le pregunté si iba a votar y ella se animó a que conversáramos. “Tengo una duda”, me dijo, “porque estoy pensando en votar por Clara en la primera y Santos en la segunda”. “Piensa bien”, le aconsejé, “porque esta primera vuelta está muy apretada y todo voto es importante”. Al otro día, cuando nos dieron esa muenda, yo estaba en la sede, solo, porque mi familia no va a nada de esas cosas, y me llamó para decirme que lamentaba mucho el resultado pero que ella, parada en el cubículo, había decidido finalmente votar por santos.

¿Daniela cree que el proceso de paz va bien?

Ella, sí.

¿Y usted?

¡Que va todavía mejor!

¿Usa tarjetas de presentación?

No, entre otras cosas porque en una época les quitaban la investidura a los parlamentarios que terminaban involucrados en ofrecimientos o pedidos de puesto con una tarjeta. Al que me pregunta, como usted, le digo “no tengo”. Y punto.

¿Pero carro si tiene?

¿Personal? Ni sé…

¿Cómo que no sabe qué carro tiene? ¡No sea mentiroso!

Es que soy cero afiebrado de los carros. Creo que tenemos una Hyundai, pero no me acuerdo qué modelo. Tampoco me gustan otras cosas por las que la gente se muere, como los relojes. Mire, este me lo regaló un amigo, un pariente, que lo había usado él y me lo dio por amuleto y porque me vio un reloj chimbísimo que yo tenía en ese entonces. Tengo este y otro que casi no me pongo.

Nadie como un político para los defectos, pero usted tiene uno, al pronunciar la erre, que es célebre. ¿Cuál es el origen de su grrr?

Lo heredé de mi papá, es un asunto gutural árabe, quizás genético, que nadie me corrigió, porque en mi época a uno no lo llevaban a donde especialistas a que le trabajaran estos asuntos. Eso era botar la plata. Ya después mi hermano menor, Andrés, al que le llevo siete años, nació igual y a ese sí le pagaron especialista y se libró del grrr. Pero, a pesar de la “montada” natural del colegio, donde decían que me las daba de francés, para mí nunca ha sido un problema.

Otro problema: el twitter. ¿Lo maneja o se lo manejan?

Trato de trinar yo, y a veces pido ayuda. Es un mundo muy emotivo, que entiendo, pero me aparto de la agresividad natural de ese foro. No me dejo llevar. Carezco del ímpetu del expresidente Uribe para el twitter.

Hablando de expresidentes, ¿lo ha afectado la impopularidad de Ernesto Samper, tan cercano a usted en política?

Nunca he negado mi amistad con él. Lo aprecio y creo que, como todo presidente, tuvo aciertos y equivocaciones, y la nuestra es una buena relación personal, con diferencias políticas. A la gente se le olvida que en algún momento Samper fue cercano a Uribe, pero siempre estuve en la oposición, dando debates que le molestaron mucho a Uribe, como los de las interceptaciones ilegales, Agro Ingreso Seguro o las zonas francas. Esto de la política es un circo muy curioso: hasta hace algún tiempo, por ejemplo, los gaviristas me consideraban samperista y los samperistas, gavirista.

¿Y qué viene siendo entonces?

Un liberal comprometido a fondo con las tesis progresistas del presidente Santos.

¿Quién le maneja la agenda?

Cuando era congresista, yo. Ahora me la manejan los problemas. El Ministro del Interior no tiene agenda: me la paso todo el día corriendo de Palacio al Congreso y del Congreso a los intentos de paro.

A la gente que toma medidas, como usted, ¿quién le toma las medidas? ¿Tiene sastre?

Sí, Jairo Castrillón, que era el mismo sastre de mi papá. No tengo ni que ir, él pone los paños y ya sabe cómo me gustan los vestidos: holgaditos, con dos botones y todos azules o grises. Esos colores terracota y claritos me parecen lobísimos. Y ni hablemos de la media blanca.

¿Ha tenido corbata de elefantes?

Nunca, pero usé una de patos, que también es un animal muy de la política. A propósito de ropa, el otro día Rafael Pardo estrenó programa en la televisión y se puso unas medias de rayas que fueron sensación en redes sociales. ¿Está combinando bien Pardo con la Alcaldía de Bogotá? No lo vi, pero a veces Pardo se toma esas licencias en la moda a las que solo se expone un cachaco.

¿Pero lo demás de Pardo sí le gusta?

Todo.

¿Deme el apellido del mejor político que ha tenido este país?

López.

Cristo cree en López, ¿pero cree en Cristo?

Sí, soy católico, pero también muy liberal, así que no comparto muchas de las posiciones doctrinarias de la Iglesia.

¿El asesinato de su papá le movió la butaca de la fe?

Sí, me afectó la fe, y algunos familiares me lo cuestionan, pero lo cierto es que no acabo de entender por qué tenía que pasarle eso a mi papá.

¿Es partidario de la adopción para parejas de homosexuales?

Sí. En mi paso por el congreso voté favorablemente toda iniciativa que asegurara la igualdad de derechos para los colombianos y la garantía de las libertades individuales.

¿Frecuenta amigos LGBTI?

Sí, muchos. Son buenos amigos: francos y leales. Y de muy buen humor.

¿Alguno le ha alabado sus cejas tupidas?

Sabe que no. Dicen que se las heredé a mi papá y le voy a contar un secreto: no me gusta que me las toque nadie. Nadie es nadie.

Usted no tiene cara de jugar golf. ¿O sí?

Para que vea que sí, juego tenis y golf, pero más tenis. Juego tenis en el mejor club del mundo, el América, en la 51 con Cuarta, cerquita de todo. Antes del ministerio, jugaba tres veces a la semana. Ahora, los domingos de vez en cuando.

¿Con quién juega?

Mi partner clave era Patricio Wills, cuando vivía en Colombia. Y juego cuando se puede con Juan Pablo Estrada y con Gabriel Sánchez, el actual presidente de la federación de tenis. También con Armandito Benedetti y, en últimas, con los muchachos del club.

¿Benedetti tiene buenas bolas?

A veces, pero nunca me gana. La única vez que me venció, besó la cancha e hizo show.

¿Con ellos también el golf?

No. Cada vez me queda menos tiempo para jugar. Juego poco, como le digo, pero solía hacerlo con Tulio Ángel, con amigos de Cúcuta y en algunas ocasiones con Germán Vargas Lleras y José Antonio, su hermano.

¿Se la lleva bien con el vicepresidente?

Claro. ¡No ve que no ha sido jefe mío! Es un muy buen amigo.

Con Uribe, ha quedado claro en esta conversación y en su vida, no se la lleva nada bien. Defínalo con una frase final.

Uribe pudo ser el mejor presidente de Colombia en las últimas décadas, si no se le hubiera atravesado su obsesión por el poder.

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