La mujer que se enamoró de 'sus muertos'

La mujer que se enamoró de 'sus muertos'

La guajira Sonia Bermúdez hizo su primera necropsia a los 13 años. Hoy tiene su propio cementerio.

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18 de noviembre 2014 , 08:03 p. m.

El único ausente en el hogar de Sonia Lucía Bermúdez, la mujer sepulturera de La Guajira y de Colombia, es su exesposo, con quien vivió 28 años. Su matrimonio se acabó hace 12 años, cuando su exmarido le pidió que escogiera entre él y los muertos. “Me quedo con los muertos porque lo que me das tú me lo puede dar cualquier hombre en Riohacha”, le respondió. La guajira advierte que ese día su pareja se metió con lo más sagrado que tiene en su vida.

El amor por los muertos nació en ella a sus 13 años, cuando le llevaba el tinto y el desayuno a su padre, el primer celador del Cementerio Distrital de Riohacha. “Miraba la manera inhumana como se sepultaban los cadáveres que no tenían un familiar, hoy día, los NN”, recuerda la mujer de 59 años.

Cuando Sonia habla de su cementerio ‘Gente como uno’ ─ubicado entre los kilómetros 9 y 10 de la vía Valledupar, que conecta a Riohacha con el sur de La Guajira─, sus ojos se iluminan. “Es el sitio donde tengo a mis muertos como quiero, que nadie me los moleste, que yo, solamente yo, tengo la autoridad de cuidarlos, quererlos, apechicharlos (sic) y consentirlos como se lo merecen. Porque creo que a los sin memoria, porque no son NN, hay que cuidarlos como niños bobos y para mí son mis hijos bobos, que los cuido y los quiero como quererme a mí misma”.

Foto: Ministerio del Interior / Ciro Ángel Bautista

La mujer cuenta que en su niñez era “muy necia en el cementerio” y le gustaba asomarse al cuarto donde practicaban las necropsias. “El médico forense me tiraba agua, me tiraba piedra, me echaba y yo ahí metida todo el tiempo con el interés de ver cómo rajaban un cadáver, hasta que llegó el momento en que me dijo: ‘Bueno, qué tanto molesta esta muchachita, estás muy niña. Te puedo meter aquí para que me ayudes a hacer el aseo, a lavar el instrumental’. Le dije: ‘Para lo que usted quiera, yo quiero’ ”.

Con ese diálogo comenzó su vida como tanatóloga -la persona que estudia los efectos que produce la muerte en los cuerpos-, cargo que en ese entonces se llamaba disertora. “En ese momento me compenetré con los cadáveres”, afirma. Añade que su madre la reprendía. "Me daba muchas limpias -golpes-, me pegaba mucho porque vivía metida en el cementerio".

A los cuatro o cinco meses de ese rol, el municipio de Riohacha le pagó su primer sueldo como aseadora, pero ese quehacer no la emocionaba tanto como el del médico, quien un día le preguntó si quería hacer una necropsia. “Iba a cumplir 14 años cuando hice mi primera necropsia. Era un señor de apellido Manjarrés, de San Juan del César, en el sur de La Guajira. Me di cuenta de que estaba hecha para eso”.

En 1977 fue nombrada asistente forense, cargo que le permitió vincularse al Instituto Nacional de Medicina Legal. Su ascenso le dio la facultad, dice ella, para “darle sepultura a los NN”. Relata que compraba tablas y armaba los féretros, pero ante la escasez de dinero, sepultaba los cuerpos no identificados en bolsas plásticas donadas por la Alcaldía de Riohacha.

“Comencé a darles sepultura a mis muertos porque ya sentía que eran míos. Sentía que tenía que estar pendiente de ellos. Los cadáveres NN, los indigentes, los pobres de solemnidad quedaban en mis manos”, confiesa la mujer con entusiasmo.

Relata que “en aquella época, un NN era un perro, prácticamente”. Y tras un silencio recuerda un hecho que aún la atormenta: “Hasta el momento no tengo ni idea de dónde me botó el padre de la catedral 67 cadáveres que tenía en un osario. Los curas no estaban de acuerdo con que los sepultara en el cementerio”.

Esas “inclemencias” la llevaron a buscar un nuevo lugar dónde sepultar los cadáveres no identificados. “Unos amigos del municipio de Riohacha me llevaron afuera de la ciudad y -señalando unas hectáreas- me dijeron: ‘Este terreno es del municipio, invádelo’. Fue ahí donde nació la idea de formar un hogar aparte para mis muertos, que hoy en día, con mucho orgullo, lo llevo en el alma, en el corazón, en mi mente, porque el cementerio ‘Gente como uno’, creo que lo quiero más que mi hogar, donde vivo con mis hijos”.

Este año ha enterrado seis cadáveres no identificados y 20 cuerpos sin vida de indigentes y pobres de solemnidad. “Regalo el ataúd, preparo el cadáver, doy el transporte y una bóveda por tres años, es decir, regalo el servicio fúnebre”, precisa. Añade que el dinero que usa en su obra social proviene de un convenio de cooperación que celebró con la Alcaldía de Riohacha para atender a los cadáveres de los NN, los indigentes, los pobres, los wayúu y los desplazados. Desde el 2008, esa entidad le da a Sonia 60 millones de pesos al año, los cuales, dice ella, los multiplica como a “200 millones de pesos”, ya que compra los materiales para fabricar las bóvedas y las construye con sus manos. No obstante, cree que la alianza no es suficiente. “Es un convenio muy pequeño”, dice.

Sonia asegura que ser sepulturera le ha dado estabilidad emocional y espiritual. “He tenido todo lo que mis ojos han anhelado a través de mis muertos. Si agrado a Dios con mi obra, ¿puedes imaginarte el grado de tranquilidad que puede tener mi espíritu? Mucha gente piensa en Riohacha que estoy podrida en plata y eso es mentira, estoy podrida en riqueza espiritual”, anota. Asegura que su tranquilidad es tal que en algunas ocasiones duerme 72 horas seguidas.

La mujer también recuerda que le alegra saber cuando una madre angustiada encuentra su hijo desaparecido en su cementerio. En sus palabras, ella protagoniza “la única obra social de esta magnitud que hay en el mundo”. Por esa razón, se presenta como la “única mujer sepulturera en el mundo que acoge a un muerto que no tiene a nadie”. Su historia de vida la han destacado medios internacionales como 'Discovery Channel' y 'Telemundo'. También menciona publicaciones en 'El Espectador', 'El Tiempo' y 'Arcadia'. Finalmente, dice que 'Noticias Caracol', 'Especiales RCN' y medios locales de La Guajira la han entrevistado.

La sepulturera reconoce que “es muy mala para pedir”, pero aclara que su aparición en los medios se debe a su interés por dar a conocer su labor al mundo, hasta que alguien diga: “Bueno, vamos a ayudar a esta vieja loca”.

La sepulturera tiene siete hijos, todos viven con ella en su casa. "Mis hijos nacieron y se criaron viendo muertos y más sanos no pueden ser. Todos nosotros, hasta mis nietos, tenemos contacto directo con la muerte y en mi casa nadie se enferma”, anota. Afirma que incluso casi da a luz en la morgue, es decir, durante sus embarazos jamás dejó de practicar las necropsias.

Foto: Ministerio del Interior / Ciro Ángel Bautista

Aunque Sonia es pensionada del Instituto de Medicina Legal, donde trabajó durante 45 años, hace cerámicas, arregla uñas, “desliza” el cabello y trabaja en albañilería y plomería. “De mi trabajo se reirán, pero de mi plata no comerán”, dice. Luego se ríe.

Sonia sueña con cubrir su cementerio y encerrarlo. También desea construir un parque cementerio que tenga “muchos árboles y plantas ornamentales”. Comenta que cuando ella muera, su hija Malka, quien es trabajadora social, quedará a cargo. "Mis hijos seguirán detrás de ella. Va a ser una cadena de generaciones”, dice.

La mujer tiene otro sueño: que cualquier ciudadano del mundo quiera descansar eternamente en ‘Gente como uno’. "Si hay alguien, en algún lugar del mundo, que quiere que sus restos mortales queden en una parte donde estén seguros, cuidados, los “pechichen” y los consientan, que se acuerde que en algún lugar de La Guajira hay un cementerio que se llama ‘Gente como uno’”.

MARÍA DEL PILAR CAMARGO CRUZ
Redacción ElTiempo.com
@PilarCCruz
pilcam@eltiempo.com​

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