Los 21 tipógrafos herederos del legado de Rufino José Cuervo

Los 21 tipógrafos herederos del legado de Rufino José Cuervo

Algunos se niegan a dejar su oficio a pesar de la tecnología.

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18 de noviembre 2014 , 07:47 p.m.

Rubén Parada todavía recuerda el día en que su mamá lo llevó por primera vez, en 1960, a un taller de tipografía, en la carrera 5.ª con calle 5.ª.

Desde ese día, su corazón y su alma se perdieron entre las letras, los moldes y las máquinas del mundo de la tipografía. Hoy le agradece a su madre por haberlo acercado a un oficio que, tras más de 50 años, le sigue generando pasión y amor.

Gracias a esos sentimientos y al esfuerzo de décadas de trabajo, recibirá una parte del legado de Rufino José Cuervo, quien le dejó su herencia a un tipógrafo bogotano, pobre y padre de familia.

Cuervo, amante de las letras y la lengua castellana y creador del Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, murió en 1911 y aclaró en su testamento que cada año un tipógrafo diferente debía recibir parte de su legado.

Solo en 1993 el Distrito asumió la tarea, pero como hasta el momento no se ha hecho ninguna entrega, 21 personas podrán acceder a su herencia, una por cada año.

Los tipógrafos fueron elegidos mediante una convocatoria de la Secretaría de Integración Social, a la que se presentaron 71 personas.

Los que cumplían los requisitos de ser bogotanos, honrados, pobres y padres de familia fueron elegidos.

Cada uno recibió un cheque por 7’269.982 pesos, que, multiplicados por el número de beneficiarios, totalizan 152’669.631, acumulados desde 1993 hasta el 2013, correspondientes a las 15 acciones de don Rufino José y a una casa en La Candelaria.

Parada agradece al filólogo por considerar a la tipografía como un valioso trabajo artesanal. “Él se enamoró de lo que era levantar un molde y hacer la impresión con dedicación”, afirmó.

Aunque empezó barriendo el taller al que lo llevó su mamá, Parada pasó a hacer tarjetas que medían 5 centímetros de ancho por 9 centímetros de largo.

Y, pese a que la tecnología y la impresión digital desplazaron a la tipografía, así como el marcador de tinta desplazó a la pizarra y a la tiza, o el computador a la máquina de escribir, Parada aún conserva una tarjetera y un chibalete (mueble para guardar cajas tipográficas) en su local, ubicado en el barrio Estrada, en donde hace trabajos para clientes que tiene desde hace más de 30 años. “A los tipógrafos viejos nos tocó volvernos vendedores de papelería. Somos dinosaurios en extinción, pero aún seguimos en la lucha”, dijo.

Álvaro Romero, a sus 71 años, también se niega a enterrar este oficio, con el que muy honradamente se ganaba 2 pesos diarios hace 50 años. “Es una labor que me gustó y la voy a hacer hasta que Dios me diga: hasta aquí llegó”, señaló este tipógrafo, quien asimismo tuvo la fortuna de recibir parte de la herencia. El dinero recibido lo invertirá en la recuperación de su hijo de 50 años, quien sufre de esquizofrenia, y en una máquina de litografía.

ANA MARÍA VELÁSQUEZ DURÁN
Especial para EL TIEMPO

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