Un relato no apto para escrupulosos

Un relato no apto para escrupulosos

Pedro Carreño, sepulturero hace 17 años en Bucaramanga, describe con detalle sus vivencias.

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18 de noviembre 2014 , 07:03 p.m.

Pedro tiene un extraño olor, una mezcla de algo pútrido y algo añejo: indescifrable, pero fuerte. El bumangués narra que cuando llegaba a su casa y quería alzar a sus hijos, se bañaba y no solo con jabón. “Alcohol pa’ arriba, alcohol pa’ bajo”, dice. Reconoce que algunas veces, el olor del cementerio no lo abandona, pese a todas las limpiezas que pueda hacerse.

“Cuando venía impregnado de olor era terrible. Terminábamos una labor de tapar unos cuerpos en estado de descomposición y dentraba (sic.) al baño, me bañaba todo bien, bien, y me echaba de todo, pero al llegar a una reunión del jefe y otros, ya supuestamente sin olor a nada, me acercaba y todos salían corriendo porque todavía estaba impregnado. Yo les decía: No, pero yo ya me bañé, y me respondían: ‘No, no, usted está picho, quítese de ahí’. Es que el cadáver impregna en el cabello, en la ropa... Uno piensa que está bien, pero llega a un grupo y todos salen corriendo. Todo eso es experiencia, ya se vuelve uno como un roble”.

Su historia como sepulturero comenzó el 6 de agosto de 1984, ese día conoció el lugar que lo atraparía por décadas: el Cementerio Municipal de Bucaramanga.

La descomposición de los cuerpos es una de las situaciones más difíciles que enfrentan los sepultureros a diario. Pedro, un hombre de 54 años oriundo de Bucaramanga, cuenta su experiencia.

“El manejo de cadáveres en descomposición es terrible y más cuando los sacan de Medicina Legal. Empiezan a descongelarse y ese ataúd parece un aguacero de pichera (sic.), por las rendijas del cajón. Un cadáver estando en una bolsa nunca se descompone, quedan todos los líquidos adentro, y cuando uno, a los cuatro años, retira el cuerpo y abre esa bolsa… Madre santísima, eso no son sino agua masas, todos los jugos gástricos están ahí, eso sí que es peor, es terrible ”, explica.

Reitera que rompe la bolsa en la que viene el cadáver para que entre aire y el cuerpo se descomponga. “Hay gente muy brava para los olores, pero esa gente, a diez metros, no se le acerca a un cadáver en estado de descomposición. Hay gente que me insiste: ‘Pedro, quiero mirar, quiero mirar, y llegan ahí, y a diez metros ya empiezan a vomitarse, se ponen enfermos”.

En ese sentido, recuerda a su hijo, quien le colaboró un tiempo. “Fue ayudante mío, pero él le tiene miedo a los cadáveres. Él lo hace (el trabajo de ser sepulturero), pero tengo que ver que se corre a un lado y se vomita. No ha sido capaz de adaptarse".

Pedro entró al cementerio como obrero. Durante dos años armó los mesones en los que se hacían las necropsias. “Eran enchapados en losa blanca, no como hoy en día, que son en acero”, detalla.

Un mejor sueldo lo sedujo y pasó a ser maestro de construcción en la Alcaldía de Bucaramanga. Ese rol lo acompañó hasta 1997, año en el que retornó al cementerio como operador del horno crematorio.

“A veces nos daban las dos o las tres de la mañana cremando porque en una tarde había hasta seis cadáveres, y en la mañana nos madrugábamos para hacer bóvedas en la tierra y allí tapar los NN”, cuenta.

Relata que “tapaba” los cuerpos sin vida de “indigentes, enfermos terminales de asilos, guerrilleros, paramilitares, fetos de las clínicas y de los que no reclamaban en los hospitales”. "Arrancábamos a las 6 de la mañana y así nos dieran las 8 de la noche, tapábamos 18, 20 cuerpos”. Agrega que, además, sacó mil cadáveres de los terrenos en los que se levantó el Parque de la vida, ubicado en el barrio Campohermoso.

Pedro, quien se considera “un técnico en el manejo de cadáveres”, asegura que el comienzo de su oficio fue tan dramático que quería que sus primeras vacaciones fueran las últimas. “Cuando empecé a cremar cadáveres me tocaba mirarlos. Sacarlos del ataúd, de pies y manos, y acomodarlos en una camilla. Y a uno le quedaba siempre la imagen del cadáver, y tape y tape. En las noches veía los rostros. Cuando salí a vacaciones dije: Yo no vuelvo. Esto está muy tétrico”.

Un sicólogo le recomendó no mirar las caras de los cadáveres y ese consejo mató su temor. “Por más estado de descomposición que tengan yo no los miro”, comenta, pero aclara que hoy sí le gusta su oficio.

En 17 años, admite haber cremado miles de cuerpos. “¿Tapados? Tres mil muertos. Hay muchísimos muertos y fetos ni se diga. Llegan bolsadas de 50, 60 fetos”. Confiesa que los entierros más difíciles son los de los niños. “Eso a mí sí me da tristeza, es lo único que me conmueve, cuando me toca cremar un niño, Dios mío, era más triste ver un niño...”.

Recuerda que el momento más doloroso lo vivió al cremar un niño de cuatro años. “Una señora traía un bebecito de cuatro añitos, con una camisita a cuadros lo más de linda, como vaquerita, y un jeancito (sic.). Pensé que lo traía durmiendo, cuando se puso a llorar y me dijo: ‘Vengo a cremarlo'". Pedro anota que la mujer le aseguró que no tenía dinero para enterrar a su hijo. "Acomodarlo en el horno para cremarlo ha sido la más dura experiencia que me haya pasado”, confiesa.

El bumangués narra que le ha tocado “tapar” cadáveres un 28 de diciembre, un Jueves Santo. “Todo el horario mío está disponible a cualquier hora para tapar cadáveres”, dice.

Advierte que lucha contra el repudio que hay frente a su oficio. “La mayoría de gente, mis amigos y los que me conocen me dicen: ‘¿Usted es capaz de hacer ese trabajo? ¿Le gusta? Yo no sería capaz de hacer eso'. Dicen que es un arte que no vale la pena. Y yo les respondo: Pues sí, hermano, ese es mi trabajo, ya me acostumbré a los olores, me da lo mismo”. ​

El sepulturero cree que la sociedad necesita entender y respetar su labor. “Es un trabajo muy duro y fuera de eso, muy desagradecido”.

MARÍA DEL PILAR CAMARGO CRUZ
Redacción ElTiempo.com
@PilarCCruz
pilcam@eltiempo.com

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