Él 'heredó' un cementerio de Calarcá

Él 'heredó' un cementerio de Calarcá

Su padre le enseñó a ser sepulturero. Confiesa que lo más difícil de su oficio son los vivos.

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18 de noviembre 2014 , 06:29 p.m.

“Mi papá se llama Luis Alberto Tamayo Franco, lo único que cambia entre nosotros es el último apellido”, cuenta Luis Alberto Tamayo, un joven de 26 años que nació, dice él, en la casa de al lado del cementerio público Nuestra Señora del Carmen, ubicado en la zona rosa de Calarcá, la segunda ciudad más poblada del Quindío. Desde los tres años de edad solo vive con su padre.

Además del nombre y, por supuesto, el parentesco, a los dos Luis los une un oficio: son sepultureros. Cuando Luis hijo tenía 15 años ayudaba a su padre, quien enterró cadáveres durante 33 años. “Vigilaba, barría, hacía huecos en la tierra. Siempre le colaboraba porque me nacía, me gustaba”, recuerda.

El joven, creyente de la religión católica, cuenta que en su juventud sintió “curiosidad por aprender el arte de cómo sacar los muertos”. Narra que su padre retiraba los restos humanos y él observaba. “Nunca manipulaba los cuerpos, solo le abría la bolsa para que él los guardara”.

Hace cuatro años y medio, su padre se pensionó y él pasó a ser el sepulturero del cementerio que lo vio crecer. En ese tiempo, ha sepultado unos 400 cadáveres. A Luis lo contrató la parroquia San José, de Calarcá, que además de pagarle el salario mínimo, lo afilió a seguridad social y al Sistema de Riesgos Laborales (ARL).

Luis comenta que su primer día como sepulturero “fue normal”. “Ya tenía una idea de cómo salían los cuerpos cuatro años después de ser enterrados. Eso depende de la preparación de los cadáveres. A veces salen los huesitos. Salen momificados, que es la carne disecada, como de color café, es como tocar cartón, así de tieso. Otros cadáveres están en bolsas y la bolsa en sí no deja que se descompongan… El olor es muy fuerte, bastante”.

Descansa los sábados, día en el que lo reemplaza su padre. “Siempre resulta mucho por hacer. Las pegadas de lápida se hacen de lunes a viernes, de 7:00 a 9:00 a. m. Hay que recoger basuras, mirar cómo están las flores, todo lo que es jardinería y mantenimiento. Cuando hay exhumación, tenemos que seleccionar la ropa del cadáver, triturar el ataúd para echarlo en chuspas -bolsas- rojas y dejar todo listo para que las bolsas se las lleve la empresa que recoge los residuos peligrosos”, relata. Agrega que en las exhumaciones siempre se protege con casco, guantes y careta, y lava sus manos con jabón desinfectante.

Los visitantes del cementerio representan su único desafío. “Lo más duro son los problemas con la gente. Uno tiene que ser muy paciente. Hay personas groseras que no cumplen las normas”.

También recuerda que algunos “entierros de personas viciosas” son incómodos. “Esos muchachos que se mantienen dopados dicen muchas groserías (…) El trabajo es bueno, pero a veces también es duro. Pero bueno, hay que bregar a estar bien y darle gracias a Dios porque hay trabajo”.

Sus hermanos trabajan en construcción y estudian. Ellos, anota el sepulturero, creen que el trabajo de su hermano es “muy duro por tanta cosa que se ve y dañino por el clima frío” del camposanto.

En cambio, su compañera sentimental lo apoya. Ellos tienen una hija de cinco años, que, según el joven, jamás se ha enfermado por cuenta de su oficio. “Cuando regreso del trabajo siempre me baño para no pegarle el helaje del cementerio”, dice.

MARÍA DEL PILAR CAMARGO CRUZ
Redacción ELTIEMPO.COM
@PilarCCruz
pilcam@eltiempo.com​

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