Malos padres (parte II)

Malos padres (parte II)

Ojalá que nuestros hijos nos sepan educar en temas ambientales, que cuestionen la vida que llevamos.

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17 de noviembre 2014 , 08:56 p.m.

Posé mis labios sobre él y empecé a sorber con prisa como si mi vida dependiera de ello. Entre tanto miraba cómo todos los labios de aquel restaurante besaban de diferentes formas los delgados y esbeltos pitillos. Pero no fue hasta que el sabor de la mora helada tocó mi paladar cuando pude percatarme del daño que había hecho. En ese momento vino a mi memoria el recuerdo de mi infancia, de un mundo en el que no había pitillos, en el que todos los hombres y mujeres podíamos beber directamente del vaso o la botella y a nadie le importaba. No sé cuándo ni dónde empezó esa moda inútil que ahora se convirtió en la norma. En todos los restaurantes y cafeterías del país siempre acompañan las bebidas con ese artefacto, que se volvió indispensable. Después de 10 minutos de estar allí, el jugo y mi sed habían desaparecido, pero el pitillo aún tardaría cerca de más de 100 años en degradarse.

El mundo está lleno de objetos absolutamente innecesarios, que lo único que hacen es acabar con el ambiente, y nuestro estilo de vida, ese que tanto amamos, está condenando sobre todo a nuestros hijos. Por vivir en la ciudad hemos olvidados los aspectos más básicos de la vida sobre la Tierra. Todo está conectado y todos dependemos de todo. El hombre más rico les debe su vida a la abeja, las lombrices y hasta del estiércol de las vacas. El más pobre depende también de la araña, la lagartija y la serpiente para mantenerse sano. Y cada elemento contaminante que utilizamos acaba un poco con nuestra existencia y con la de las generaciones venideras.

Ejemplos tengo miles, pero citaré los más cercanos. En la Fundación Santa Fe de Bogotá se adelantó un estudio con mujeres lactantes no expuestas a ninguna clase de químicos, en las que se encontró que su leche materna estaba contaminada con pesticidas. La explicación más probable estaba en el veneno que se utiliza para hacer viables los extensísimos monocultivos que abastecen a las grandes superficies. Es decir, estamos consumiendo comida envenenada y matando lentamente a nuestros bebés, todo por pura y simple ignorancia, por creer que eso del ambiente nada tiene que ver con nosotros. Otro caso alarmante es el de Guapi, un lugar donde abundaban las frutas y los peces y que hoy registra un alto nivel de desnutrición infantil. El Gobierno, con sus fumigaciones irresponsables e indiscriminadas, y la minería (legal e ilegal) lo han contaminado todo. Los ríos y los árboles ya no dan comida y sus habitantes pasaron del paraíso terrenal a vivir en un infierno postapocalíptico, en el que predominan el hambre y la miseria. Otro caso que se me viene a la mente es el de la agonía del río Meta y la prematura muerte del río Tunjuelito. El primero medía de ancho lo de dos canchas de fútbol y ahora no alcanza ni a tener el de una mesita de ‘pingpong’, y el segundo pasó de proveer el agua que bebían los bogotanos a convertirse en su excusado.

Para que sigan calculando el daño ambiental de nuestro estilo de vida, según la lista de animales y plantas extintas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en los últimos 150 años han desaparecido cerca de 420 especies de animales y 200 de plantas. Y cada pieza de este enorme rompecabezas de la evolución que falte significa que el libro de la vida, tan perfectamente escrito y del cual todos dependemos, pierde su equilibrio y su armonía.

Un mundo en el que todo es desechable, en el que priman la comodidad, el lujo y la productividad como ideales sobre la vida, solo puede ser salvado por un milagro de la evolución de la conciencia de cada quien. Y ese milagro de la evolución en esta oportunidad requiere una revolución muy personal e interior de la forma de vivir y de nuestro pensamiento. Tenemos que aprender a preferir lo orgánico, rechazar todos los elementos sintéticos, comprar solo cuando sea realmente necesario, disminuir o abolir el consumo de productos de origen animal, minimizar al máximo el uso de los derivados del petróleo, acercarnos a la naturaleza y entenderla nuevamente, proteger el agua y los bosques, vivir de manera sencilla y local (sin perder la perspectiva de red que tiene todo el mundo), darles prioridad a todas las clases y formas de vida y a los elementos que la sustentan. Con tan solo supeditar nuestras decisiones de compra a tres preguntas sencillas: ¿realmente lo necesito?, ¿es biodegradable u orgánico? y ¿cuál es el daño ambiental para su producción?, o con realizar uno solo de dichos cambios, estaremos haciendo algo que puede parecer pequeño, pero que tendrá un impacto gigantesco.

Ojalá que nuestros hijos nos sepan educar en temas ambientales. Ojalá que ellos sí se cuestionen la vida que llevamos y que les estamos enseñando como máximo ideal, porque a nosotros, como padres, malos padres que somos, la tarea de legarles un planeta nos quedó demasiado grande.

Arturo Argüello Ospina
arturo.arguello82@gmail.com

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