Alan Jara recibe el primer Premio al Liderazgo por la Paz

Alan Jara recibe el primer Premio al Liderazgo por la Paz

Desde su liberación, el ahora gobernador del Meta ha sido un gran promotor del perdón.

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17 de noviembre 2014 , 07:54 p.m.

En un departamento golpeado por las Farc y los paramilitares y donde aún se juzga a quien tiene una postura diferente a la de la guerra, hay una voz que llama a sanar las heridas y perdonar. Es la del gobernador Alan Edmundo Jara Urzola, quien durante siete años vivió encadenado y confinado a vivir cercado por alambres o realizando agotadoras caminatas en la selva y temiendo encontrarse en medio de un bombardeo.

A pesar de su suerte, casi desde el mismo momento en que lo reunieron con policías y militares secuestrados, lo que ocurrió 11 días después del plagio, cometido el 15 de julio del 2001, él decidió convertirse en teacher de inglés y se volvió un contador de historias, lo que les permitió a todos ellos “mantener la mente ocupada” para escapar de esa realidad.

‘Alanjara’, seguido y sonoro, como todos en el Llano lo llaman, recibe hoy el Premio al Liderazgo por la Paz, que entrega por primera vez el Premio Nacional de Paz. El jurado destacó su “trabajo comprometido con la construcción de paz” y su participación “en espacios de acuerdo y diálogo para la liberación de policías y militares en poder de la guerrilla”.

Jara considera que Colombia se enfrenta a una “verdadera posibilidad” de paz y es un convencido de que hay que perdonar, como él ya lo hizo, para “no cargar más las cadenas de la amargura y el resentimiento” y para que esos hechos violatorios de los derechos humanos no se repitan. “Perdonar no es justificar, ni ser complaciente, ni olvidar; es una condición de uno mismo para poder afrontar la vida sin rencores y sano”, afirma.

Pero exponer sus ideas en foros, colegios, universidades y guarniciones militares, como lo hace desde el mismo día de su liberación, el 3 de febrero del 2009, lo ha llevado a ser blanco de señalamientos y comentarios injustos sobre su secuestro. Él cree que eso ocurre por falta de “pedagogía del perdón”.

Alan Jara dice que no hay algo peor que no poder ver crecer ni saber nada de su hijo Alan Felipe, quien en esa época tenía 7 años; ni de su esposa, Claudia Rugeles, a quien considera su partner; ni poder asistir al sepelio de su madre, que murió exactamente al año del secuestro.

A ellos solo pudo enviarles tres breves pruebas de sobrevivencia, en una de las cuales, ante la limitación que significaba una hoja de cuaderno –el espacio que le dieron–, optó por recomendarle a su pequeño una lista de libros en los que encontraría consejos y todo lo que como padre quería decirle. Durante el plagio (de 2.760 días), también perdió toda posibilidad de decir ‘quiero agua’ o ‘necesito un lapicero, un cuaderno o un radio’, porque sus victimarios eran quienes decidían en qué momento y qué le suministraban.

Este hombre de 57 años, que con frecuencia resulta con un comentario jocoso o agudo y que suele acudir a situaciones de su vida “para darse a entender”, tiene una formación humanista desde muy temprana edad. Su padre, un químico de la Universidad Nacional y concejal de Villavicencio, es en parte el responsable. Él siempre quiso que su hijo varón –Alan tiene una hermana– conociera de cerca las necesidades de la población más desfavorecida.

Jara se reunió el viernes pasado, en Villavicencio, con el militar retirado Pablo Emilio Moncayo, uno de los uniformados con los que estuvo privado de la libertad, y su padre, Gustavo Moncayo. Foto: Óscar Bernal

 

Por eso, aunque vivían en el exclusivo barrio El Caudal, Alan Jara cursó primaria en la escuela pública Marco Fidel Suárez, y el bachillerato, en el colegio Francisco José de Caldas, más conocido como ‘el Caldas’, que en los 70 fue escenario de intensos debates filosóficos, literarios y políticos y de las primeras pedreas que se vieron en la ciudad.

Tenía una melena que le alcanzaba a tapar las orejas.Estudiante destacado, según lo recuerdan sus compañeros de colegio, lo apasionaban las matemáticas, el teatro –hizo parte del grupo Barricada 5 de Abril– y el tenis de mesa, lo que lo llevó a ocupar cargos directivos en la liga y en la federación de ese deporte.

Entró a la Universidad Nacional, pero allí apenas hizo el primer semestre de Ingeniería Civil. De nuevo, su padre, quien había sufrido dos infartos y los médicos no le daban seis meses de vida, fue el responsable de esa decisión. Temiendo que su hijo tuviera que asumir las riendas de la casa y que no estudiara, le pidió buscar una beca en el exterior y no regresar hasta obtener el grado.

El concejal murió ese mismo año (1975), dos meses después de que Jara viajara a Ucrania becado por el Icetex, y, cumpliendo la promesa, regresó siete años más tarde. Era ingeniero y tenía un magíster, pero en Colombia esos diplomas no le sirvieron más que para obtener el certificado de técnico en construcción, lo que lo llevó a validar en la Universidad de los Andes, mientras vendía enciclopedias y seguros puerta a puerta.

“Eso me llevó a la política, porque, vendiendo un seguro de vida, conocí a un político que me recomendó, y, aunque yo tenía título de técnico en construcción, me nombraron ingeniero jefe en la Secretaría de Planeación de Villavicencio”, recuerda con ironía. Tenía 25 años, era delgado y parecía un adolescente, lo que le valió que los caciques liberales lo llamaran ‘el chino Alan’.

Rápidamente escaló en la política y fue nombrado alcalde (1987) y luego gobernador (1990). Después fue elegido diputado y, finalmente, gobernador (1998-2000). Quienes lo conocen destacan que en ese período mostró su lado humanista. Alan Jara promovió programas de cultura, educación y esparcimiento y recreación, y por primera vez su departamento tuvo una consejería de paz. Desde su despacho se promovieron las masivas marchas del ‘No más’.

Pero la vida se congeló en el tiempo con el secuestro, que ocurrió tres días después de su regreso de Colorado (EE. UU.), a donde viajó con el fin de estudiar inglés, lo que le dio las bases para su escuelita en la selva, que llamó ‘The Jungle School’ y donde el estudiante más avezado fue el general Luis Mendieta, entonces coronel.

“Desde el primer día comenzó a contar historias y, como en Las mil y una noches, cada noche contaba una, solo que en la selva fueron muchas más noches”, dice Mendieta, quien asegura que su “hermano” les contó historias y anécdotas de sus estudios, trabajos y viajes.

Aunque estaban en la selva, donde el centro poblado más cercano se encontraba a muchos días de camino, Jara preparó a sus compañeros de cautiverio para cuando recobraran la libertad. Él dictaba clases de inglés, ruso, historia, geografía, geopolítica y hasta de tecnología. Recuerda que con un trozo de tabla con las teclas pintadas les explicó qué era un computador e internet. Algunos de ellos habían oído hablar de los teléfonos celulares, pero nada de la web.

En este punto vuelve a la memoria del hoy gobernador (nuevamente) el recibimiento en Villavicencio. Iba montado en un camión de bomberos y lo sorprendió que en el largo recorrido la gente levantara unos objetos planos de colores negro y plateado, por lo que tuvo que preguntarle a su hijo “qué eran esas cosas”. Con sorpresa escuchó que los móviles que él había alcanzado a conocer ya no tenían teclas y se utilizaban para hacer fotos y para navegar en internet.

Llamada desde París

Una muestra de que su trabajo en ‘The Jungle School’ valió la pena, y que lo llena de emoción, es la historia del sargento Amaón Flórez, quien ya en libertad viajó a París y lo llamó por teléfono para decirle: “Estoy tomando el metro y funciona tal como usted nos dijo”.

A un año de finalizar su segundo mandato, Alan Jara, apoyado como siempre por su esposa, Claudia Rugeles, espera cumplir cabalmente las políticas que lo movieron a volver a la gobernación en el 2012: el goce de los derechos humanos, la atención integral a víctimas, indígenas y afros, y que más jóvenes llaneros puedan, como él, beneficiarse de una beca universitaria.

Esos temas han sido, además de su anhelo de construir una refinería, sus luchas en los últimos años y ya tiene resultados. Dice que, por ejemplo, se ha formado a 8.000 gestores de paz y a 10.000 niños en derechos humanos, se están invirtiendo cerca de 40.000 millones de pesos en un gran centro de memoria histórica en Villavicencio y otro en El Castillo, dos centros de atención a víctimas (en Villavicencio y Granada) y uno más ambulatorio; se han entregado 1.769 créditos para pregrado y posgrado, y el 25 por ciento de las viviendas de interés social son para víctimas y el resto, para población vulnerable.

Hoy, Alan Jara es un llanero sin los bríos de la juventud ni las pasiones políticas de antaño, que trata de buscar el lado positivo de las cosas y agradece a la vida por haber vuelto a la libertad y recuperar a su esposa y a su hijo y porque su sentido humanitario “se acentuó” con el secuestro.

Los tres nominados al Premio Nacional de Paz

Esta noche se conocerá el nombre del ganador del Premio Nacional de Paz, que cumple 16 años. Una de las iniciativas nominadas es La Ruta Pacífica, creada en 1996, “un movimiento feminista y pacifista dirigido a promover la inclusión de las propuestas de las mujeres para impulsar cambios que contribuyan a la paz y la justicia social”, como se definen en sus propias palabras.

También tiene opción la Asociación GuardaGolfo, que centra su labor en el fortalecimiento productivo de pequeñas organizaciones de pesca, ecoturismo y otras actividades de desarrollo sostenible en Urabá, con un significativo componente de recuperación de tierras.

La otra nominación recae en los Centros de Reconciliación, que buscan capacitar en valores y herramientas de escucha y construcción social a cualquier persona de cualquier edad y sector social que requiera un acompañamiento para encontrar salidas a partir del diálogo.

Este año, el jurado del Premio Nacional de Paz estuvo conformado por Nicanor Restrepo, Ana María Ibáñez, Juan Luis Mejía, el padre Darío Echeverri, Socorro Ramírez, el general (r) Manuel José Bonnet, Jorge Orlando Melo, el padre Francisco de Roux, Sylvia Escovar, Mónica de Greiff y Juan Gossaín.

En total hubo 128 postulaciones, de las cuales el mayor número provino de Bogotá (18 por ciento), Antioquia (12) y Atlántico (7). El ganador recibirá un diploma de honor y un incentivo de 70 millones de pesos.

GUILLERMO REINOSO RODRÍGUEZ
Enviado especial de EL TIEMPO
Villavicencio.

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