La buena hierba

La buena hierba

El cannabis tiene una hoja de vida milenaria, que empezó seis mil años antes de Cristo...

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16 de noviembre 2014 , 10:12 p.m.

En 1937, una ley de impuestos a la marihuana desalentó y terminó acabando en Estados Unidos con los cultivos de cannabis y con una industria creciente y responsable de miles de productos.

Al satanizar la marihuana por la sustancia psicoactiva que posee, el gobierno estadounidense metió a toda la especie del cannabis en el mismo saco de su inmoralidad y la desterró de su economía, con lo que benefició a productores de nailon y papel, derivados del carbón y del petróleo, que eran su competencia.

Lo que desplegó el gobierno norteamericano fue una clásica campaña de desinformación, que terminó convenciendo a congresistas y opinión pública de las maldades de una planta bendita.

Porque el cannabis no tiene prontuario, sino hoja de vida milenaria, un currículo que empezó seis mil años antes de Cristo, cuando ya era recomendada en infusiones para ciertas pestes, dolores reumáticos y desajustados ciclos femeninos. Mucho tiempo después usaron su cáñamo los sumerios en la construcción de casas y embarcaciones.

En el 2700 a. de C, los chinos se abastecían de la fibra y del aceite del cannabis. Semillas de cáñamo hay en la dieta de Buda hacia la iluminación y en las lámparas manuales de Abraham y el pueblo hebreo.

En 1456, Gutenberg, inventor de la imprenta, imprimió su primera biblia en papel de cáñamo, y de cáñamo eran las velas, las sogas y las redes, tanto de los barcos vikingos como de las carabelas de Cristóbal Colón. La verdad es que, desde el siglo V hasta el XIX, el 90 por ciento de los accesorios náuticos del mundo eran de cáñamo, como también la ropa de los soldados y los esclavos.

Con el cannabis se hizo papel moneda en 1631 y por esos tiempos pintores como Rembrandt plasmaron parte de su obra sobre bastidores de cáñamo. Entre los planes de Napoleón al llegar a suelo ruso estaba el de apropiarse de las cosechas de cáñamo de los zares, en 1812. Medio siglo después, Levi Strauss fabricaría su primer bluyín con fibra de cannabis.

“Hay que aprovechar todo lo posible el cáñamo indio, sembrarlo y expandirlo por donde sea”, dijo George Washington, primer presidente de los Estados Unidos. “El cáñamo es un artículo de primera necesidad para la riqueza y el bienestar de nuestro país”, expresó Thomas Jefferson, presidente norteamericano en la primera década del siglo XIX.

La conspiración de 1937 enviaría a todo lo que tuviera que ver con el cannabis al destierro, pero cinco años después, en plena Segunda Guerra Mundial, el gobierno norteamericano dio un giro de 180 grados, quitó sus presiones a la plantación de la especie y llevó a cabo una campaña de impulso a la misma con el fin de obtener fibras para la producción de material muy útil durante el conflicto bélico.

Una vez terminada la guerra, todo volvió a ser igual. Les revocaron las licencias a los cultivadores de cáñamo, dieron prioridad al nailon y otras fibras sintéticas y, claro, revivieron el debate acerca de la marihuana, tremendo peligro.

Con el aceite, la fibra y las semillas del cannabis se fabrican plásticos biodegradables; emulsiones hidratantes, cremas y jabones; aceite para cocinar, helados, quesos, golosinas, chocolate y cerveza; ladrillo resistente y ecológico que no necesita de arcilla; pan, mantequilla, colchones y almohadas, autos eléctricos, guitarras y pañales para bebé.

Todo esto se produce y vende en los Estados Unidos y Europa. Los gringos importan desde 1998 la materia prima del Canadá, donde se legalizó el cultivo comercial del cáñamo para uso industrial.

En Colombia sufrimos aún rescoldos y nostalgias de la bonanza marimbera, miramos todo lo que pudimos hacer y no hicimos. Y llevamos flores a nuestros miles de muertos.

Heriberto Fiorillo

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