La fauna de los taxistas / Voy y vuelvo

La fauna de los taxistas / Voy y vuelvo

El taxi se ha convertido en un servicio sin Dios ni ley. Algunos perfiles de taxistas.

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15 de noviembre 2014 , 05:54 p.m.

Esta semana, en un mismo día, tuve que abordar tres taxis. Duro para el bolsillo, pero suficiente para contarles sobre el perfil de personas que integran esta fauna amarilla que se expande por la ciudad a lo largo del día y se apropia de la noche como si contara con patente de corso para hacer de todo.

El primero se llamaba Carlos Yoban Pereira. Jamás, óigase bien, jamás había tenido la fortuna de dar con un conductor de esta clase. El grado de decencia era extremo. Los modales, intachables. Las palabras, precisas. Nada de zalamerías, no estaba posando. No llevaba vallenatos a todo volumen. Era un auténtico caballero tras el volante. Y a leguas se notaba que disfrutaba su trabajo. Cualquier empresa de relaciones públicas estaría encantada con el tipo. Ni Hoke, el afable conductor de Driving Miss Daisy, alcanza la caballerosidad de Yoban.

El segundo fue un hombre mucho mayor. Estimo que cargaba a cuestas 70 pesados años; de pelo y bigote gris. Serio, desganado, de poquísimas palabras. Quise romper el hielo con una pregunta común: “¿cómo le va con el servicio de Tappsi?”. No escuchó o no quiso responder. Tampoco insistí. Pero lo que más me aterró fue que mientras esperábamos el cambio de luz en el semáforo de la Suba con calle 100, noté que se quedó dormido. Sus ojos se apagaban con intervalos de segundos. Ajeno totalmente a lo que sucedía alrededor. No me atreví a decir nada. Por fortuna, el resto del trayecto transcurrió sin novedad. Eso sí, no le quité el ojo de encima ni un minuto.

Ya en la tarde, el personaje fue otro diametralmente opuesto. Joven, moreno, hablador hasta la saciedad. Nada que ver con los casos anteriores. Era de esos que van descargando toda una retahíla sin habérsela pedido. De los que sueltan frases como “uy, parce, ahora rato subí a una ‘monita’ que se veía como triste... Yo le dije que seguramente el novio la tenía así, pero que tenía que entender que la naturaleza de los hombres es ser perros”. Conducía a las patadas. Se reía de sus propios chistes. Lanzaba piropos a la mujer de al lado. “Yo antes me estresaba por todo; ahora, ¿sabe qué?, me vale huevo, ya no lo hago porque si me amargo no hago plata, ¿me entiende?”. El grado de frescura del sujeto no se limitaba a las palabras, sino también a su modo de conducir. No resistí la tentación de fotografiarlo, porque nunca había visto algo semejante. Juzguen ustedes cuando vean la foto que acompaña este texto.

Más tarde, supe la historia de otro taxista, de esos que no deberían andar por la calle por atrabiliarios, que estuvo a punto de golpear a una colega por un ‘tachón’ en la factura de pago. Sus datos, para que tengan cuidado por si se lo topan en la calle: placas SXO 330, móvil 4158, conducido por un tal Salazar, según el relato de la periodista.

Como les decía, de todo se ve en este gremio clave para la ciudad pero que a veces pareciera sin control. No sé ustedes, pero yo percibo que, sin ánimo de generalizar, el del taxi se ha convertido en un servicio sin Dios ni ley. Les pongo algunos ejemplos.

Muchos amarillos estacionan en plenas avenidas a la espera de pasajeros; están prestando un servicio colectivo a pesar de ser prohibido –la Policía sabe que se ubican sobre la calle 85–. Ya se descararon con el cobro de la carrera, especialmente cuando recogen pasajeros en las zonas de rumba. Están cobrando hasta el doble de lo que vale un trayecto normal. Amparados en la noche y en el hecho de que andan en grupo, se sienten con derecho a invadir dos carriles mientras toman tinto.

Y los señores de Uber no se quedan atrás. A pesar de haber sido declarados ilegales, algunos conductores siguen operando como si nada. Se inventan cartas de empresas para que los pasajeros las enseñen a los policías y no detecten que hacen las veces de un taxi. Y cobran una barbaridad: entre la calle 92 con 15 y la misma 92 con calle primera, le facturaron a un amigo 40 mil pesos, por aquello de ‘quién da más’. Y los amarillos ya están empezando a imitarlos. Pero la gente paga y por eso el negocio crece. Entonces, ¿para qué nos quejamos?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
@ernestocortes28

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