Estratos

Estratos

Resulta obsceno que la llamada "estratificación socioeconómica" le abra paso a la discriminación.

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13 de noviembre 2014 , 07:33 p.m.

Noticia de última década: Bogotá no es una ciudad, sino un país. No es una ciudad que se equivoca y se reforma en la práctica, sino un país que se refunda en la teoría: un asfixiante país de los años 70. Fueron los últimos tres alcaldes, Garzón, Moreno y Petro, tres improvisadores garrafales con retahíla de presidentes –como cualquier político colombiano que tome vuelo–, quienes nos devolvieron a los días melodramáticos de “los de arriba y los de abajo” y a las jornadas de “amor por la humanidad pero odio por el prójimo” que fueron la estrategia de las ideologías que forjaban las naciones, y lo hicieron justo cuando los prejuiciosos, clasistas, hastiados bogotanos andábamos buscando la equidad por el camino despejado del urbanismo y la cultura ciudadana.


Hace poco el exsenador Miguel Gómez respondió con un diciente “no me voy a prestar para dividir aún más a la derecha” a la pregunta de si se lanzaría a la Alcaldía en el 2015: y en eso estamos, sí, estamos en si vamos a entregarle a la izquierda o a la derecha esta ciudad que los ciudadanos ya se habían tomado, y la culpa es de ese discurso populista que sirve para reagrupar a las sociedades que se salen de las manos, pero que suele quedarse en arenga: que viva la “Bogotá humana” de la teoría, sí, ¡que viva!, pero solo si en la “Bogotá humana” de la práctica se puede respirar, vivir, dormir en paz. “Disculpe, arquitecto, pero la orden de arriba es joder a los ricos”, le dijo un inspector a un endeudado empresario que conozco antes de negarle un permiso por enésima vez, y en eso estamos.


Claro que en Bogotá se da el clasismo de enero a diciembre: claro que su sociedad se ha pasado un par de siglos declarando ilegítimos a quienes no tengan el apellido ni la gramática ni la astucia que hay que tener; claro que si no hubiera aparecido ese video seguiría asumiéndose a diestra y siniestra que fueron los “punkeros” que querían “sangre de ‘gomelo’ ”, no el “gomelo” que gritaba “están dando un millón de pesos por ‘punkero’ ”, quienes comenzaron la pelea sangrienta del 26 de septiembre; claro que tuvo que aparecer una grabación para que se sospechara de que no había sido otro policía, sino otro “hijo de...” (de todo un magistrado de la Corte), quien estaba fabulando el enfrentamiento del 22 de octubre: “Me reventaron el labio”, dijo.


Y sí, resulta obsceno que la llamada “estratificación socioeconómica”, que busca que quienes tengan más subsidien los servicios públicos de quienes tengan menos, les abra paso al arribismo y a la discriminación (“es que es de estrato 6...”, se dice), pero también es grave que se haya convertido en coartada para llamar a la peligrosa polarización que anhelan los trastornados por el poder. La equidad no se decreta de la noche a la mañana, sino que se construye día a día. Pero me temo que esta alcaldía de alto riesgo, que ha tenido la razón en la teoría pero en la práctica ha preferido gobernar a administrar, que ha sido ciega, sorda y muda frente a lo que se hizo de 1995 al 2003 para recobrar el transporte, el espacio, el entendimiento público, va a dejarnos lo que suelen dejarnos los discursos: el viento enrarecido, el aire.


Creo que el tercer alcalde de esta mala racha –este Petro idéntico a Petro– ya se fue así. Por ejemplo, para hacer realidad el importante experimento que se le acaba de ocurrir, ese “construir vivienda de interés social en los barrios más caros” que podría ser tan simbólico, tan reparador, tendría que asumir tanto el urbanismo como el civismo de aquellos dos alcaldes que hace diez años notaron que Bogotá no era un país de los 70, sino una ciudad capaz de corregir sus mezquindades. Tendría, en fin, que ser un líder responsable. Pero tiene voluntad de antagonista.

Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

 

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