Osuna, el hombre que rescató la independencia de los caricaturistas

Osuna, el hombre que rescató la independencia de los caricaturistas

Es el Premio Simón Bolívar a la Vida y Obra de un Periodista 2014.

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13 de noviembre 2014 , 07:27 p.m.

Un niño dibuja sobre las baldosas del jardín de su casa. Son los años 40 del siglo pasado en Medellín. Es un niño juicioso, que estudia con los jesuitas y tiene una madre artista, que le enseña algunas claves de la pintura. Él aprende viéndola trabajar en sus lienzos y ella guarda como un tesoro los dibujos que su niño hace, pequeños retratos que ya anuncian el talento del que dará muestras después.

El niño es Héctor Daniel Osuna Gil. Osuna. Para muchos el mejor caricaturista en la historia del país. Suma ya 56 años dedicados a este oficio y hace tres días recibió el Premio Simón Bolívar a la Vida y Obra de un Periodista. En dos ocasiones había sido seleccionado para este reconocimiento (una vez en la categoría de mejor caricatura, otra en la de vida y obra), pero ambas las había rechazado, por su bien conocida reticencia al protagonismo.

Su primera vocación parecía ser el sacerdocio. Estudiante del San Bartolomé de La Merced, un día después de cumplir 15 años Osuna decidió entrar al seminario y formarse como jesuita, pero seis años después desistió. Lo mismo sucedió con la carrera de Derecho, que estudió en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde recibió el título de colegial, pero no llegó a graduarse de abogado.

Mientras estos caminos iban quedando de lado, una actividad no lo abandonaba: el dibujo. Desde niño, quizá motivado por su papá, Vicente Osuna Sarmiento –que trabajaba en varias imprentas y editoriales–, y su mamá artista, Tulia Gil Madrigal, Héctor pasaba horas dibujando a los personajes de la vida nacional. Incluso hacía una especie de periódico con esos dibujos. A los 22 años, con algunos de sus bocetos bajo el brazo, tocó la puerta del director del periódico El Siglo, Álvaro Gómez Hurtado.

Gómez –que tiempo después recordó ese encuentro y describió a Osuna como “un joven tímido y perspicaz”– le dijo que le dejara la carpeta y conversaran más tarde. Al día siguiente, un sábado de marzo de 1959, Héctor Osuna vio publicada por primera vez una de sus caricaturas en un diario de tiraje nacional. El protagonista de esa ópera prima era el general Rojas Pinilla, que aparecía poniéndose de ruana –de forma literal– el Congreso de la República. Desde esa primera obra, Osuna mostró el rumbo que iba a tomar: el de la crítica ácida centrada en la vida política nacional.

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Nueve meses después de ese debut, el caricaturista dejó el diario conservador y entró al lugar que terminó por convertirse en su casa: El Espectador. Sus dibujos empezaron a publicarse bajo el título de Monerías, nombre que le puso Gabriel Cano, pero que a Osuna no lo convencía mucho. En 1966, su papá le sugirió un título mejor, que se volvió desde entonces sello de su obra: Rasgos y rasguños.

Poco a poco, Osuna fue adquiriendo su particular estilo. Lo primero que todos le reconocen es su talento para capturar la fisonomía de los personajes (puede llegar, incluso, a pintarlos de espaldas y siguen siendo totalmente reconocibles). En 1973 decidió parar un año su trabajo en el país y viajar a España a estudiar en la Academia de Estudios Artísticos de Madrid, de donde llegó con un premio en las manos. “Su prestigio se consolidó a partir de 1974, cuando regresó al país –escribió la maestra Beatriz González en la Historia de la caricatura en Colombia–. Aunque la ‘Historia de la caricatura’ no es la historia de Colombia, en el caso de Osuna se pueden reconstruir los acontecimientos, los momentos históricos y las administraciones que abarcó y sigue abarcando, que han sido motivo de sus gráficas.”

Héctor Osuna tomó un camino hace más de medio siglo y de él no se ha salido. Una de las virtudes que más le valoran sus lectores y colegas, en efecto, es su coherencia. Crítico del poder, ha enfocado su mira (perspicaz y sutil, al mismo tiempo) principalmente en los personajes que han ocupado el Palacio de Nariño. Así lo ha hecho con los trece nombres que han pasado por allí desde que empezó en el oficio (de Alberto Lleras Camargo a Juan Manuel Santos). A ninguno de ellos le han sido cómodas sus caricaturas, pero todos han respetado su inteligencia y su humor. “Díganle a Osuna que, entre todas sus víctimas, yo soy la que más lo admira”, le mandó a decir una vez Alfonso López Michelsen.

Presidentes, congresistas, ministros, fiscales, militares... nadie se escapa de su pluma e, incluso, muchos de estos personajes se sienten orgullosos de aparecer en sus viñetas, así vayan acompañadas de críticas filosas. El escritor y caricaturista Antonio Caballero dijo en alguna ocasión de Héctor Osuna: “Los dardos de su humor se han esforzado por construir, trazo a trazo, un dique ético contra la infamia. Y si no han conseguido represarla –nadie ha podido– al menos nos han ayudado a soportarla”.

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Las líneas precisas de sus caricaturas, su contenido político, los detalles con los que describe y prácticamente desnuda a sus personajes (lo suyo no es solo un dibujo físico, sino psicológico) lo han llevado a ser definido como maestro del oficio. Para sus colegas, Osuna es alguien que ha abierto camino. “Ha ejercido su carrera con una integridad a toda prueba, una independencia irreductible y una disciplina difícil de igualar”, lo describió el caricaturista Vladdo. Y agrega lo que, para él, ha sido el principal aporte de Osuna al oficio: “Él rescató la independencia de los caricaturistas frente a los dueños de los medios en los que trabaja”. En efecto, en varios momentos sus caricaturas iban (o van) en dirección contraria a la de la filosofía editorial de El Espectador y, sin embargo, la independencia de su pluma se ha mantenido.

A finales de los años 90, justamente cuando pensó que esa autonomía podía quebrarse al ver que el diario cambiaba de dueños (de los Cano pasó al Grupo Santo Domingo), Osuna dejó El Espectador. Sus caricaturas y su columna (que es firmada por su álter ego, Lorenzo Madrigal, y también da muestras de la originalidad de sus ideas) llegaron a la revista Semana. Este periodo duró poco y, al final, volvió a su casa de siempre. El promotor del regreso fue el actual director de El Espectador, Fidel Cano.

Después de varios tintos, lo convencí de volver –dice Fidel–. Sin duda Osuna está en un nivel superior. Su obra es solo comparable con la de Ricardo Rendón”. Esta comparación con el caricaturista de principios del siglo XX también la hizo Lucas Caballero Calderón, Klim, que dijo sobre Osuna: “Cualquier elogio le viene estrecho, y para encontrarle pares en la historia del periodismo nacional hay que remontarse a Ricardo Rendón. Los dos aúnan a la limpieza y facilidad de la línea, la carga sutil y demoledora del ingenio”.

 

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Aunque su obra está a la vista de todos, Osuna mantiene su privacidad a prueba de cámaras y micrófonos. Vive en las afueras de Bogotá, cerca de Cajicá, en un lugar al que él le dice finca, pero de inmediato explica que no es tan grande como para llamarlo así. Muy pocas ocasiones lo separan de su biblioteca, de sus cuadros (dentro de los cuales están los óleos pintados por su mamá), de su música (le gusta el flamenco, el bolero, el tango), de su serenidad. Católico de misa semanal, siente que tiene un carácter acorde con mucho de lo que vivió como seminarista. En una entrevista concedida a Margarita Vidal en la revista Credencial dijo: “Después de seis años en el seminario, la vida me presentó otras circunstancias en las que pude desenvolverme bien, pero no me considero negado para la vida jesuítica”.

Reservado y tímido, cuando le informaron que habían decidido entregarle el Premio Simón Bolívar a la Vida y Obra de un Periodista, terminó por aceptar porque “ya era muy repelente de mi parte volver a decir que no”. Sin embargo, advirtió que no iría a la ceremonia de entrega y, en su nombre, envió a su ahijado Daniel Cruz. “Osuna ha conjugado una enorme imaginación, un humor cáustico y punzante, una línea rebelde”, decía el acta del premio.

Ha sido más de medio siglo durante el cual ha sabido conservar su vigencia. Eso no solo tiene que ver con su talento como dibujante o retratista, sino con su capacidad para el análisis político, para encontrarle el meollo a la actualidad. Es algo que se deriva de su agudeza y de lo bien informado que suele mantenerse. Osuna madruga para leer noticias, oírlas en la radio y conversar con sus fuentes. A partir de ese momento aparecen las ideas de posibles caricaturas, que empezará a dibujar en bocetos, siempre en papel bond y con estilógrafo. Suele realizar varios bocetos (muchos dicen que pueden ser incluso más espontáneos y divertidos que el arte final) hasta lograr el definitivo, que envía para publicar. Décadas atrás, él mismo iba en su carro a llevar el original su caricatura a las oficinas del periódico. Hoy, a sus 78 años, las envía por correo electrónico.

En uno de los libros que han reunido sus caricaturas, García Márquez escribió: “Quienes lo conocemos de frente, pensamos que es un hombre que calza un alma varios números más grande que él. Para calificarlo sólo existe un adjetivo que por falta de uso está a punto de ser un arcaísmo: atildado. Todo en él es de un rigor sacramental: su atuendo metódico, su urbanidad milimétrica, su edad de niño. Uno podría creer que su sentido más útil es el de la vista. Pero hablando con él se descubre que no está tan pendiente de los gestos como de los pensamientos menos pensados que se quieren esconder detrás de las palabras”. Después de esto, queda bien poner punto final.

MARÍA PAULINA ORTIZ
EL TIEMPO

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