Malhumorada D. C.

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El pesimismo reina en la capital, mientras el director del circo grita que él está haciendo historia

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10 de noviembre 2014 , 07:20 p.m.

La calidad de vida en Bogotá anda por los suelos, o incluso más abajo, enterrada en los futuros socavones de un metro que nunca verá la luz. La gente anda estresada, aburrida, neura, mamada. El mal genio cunde; el otrora amable ciudadano ya poco tiene para sonreír. A la vagancia de Garzón se sumaron la desfachatez de los Moreno para hacerse con las arcas de la ciudad y luego la ineptitud arrogante y populista del señor Petro de Alcocer. Y ahora las lluvias, que si bien no son responsabilidad de ninguno de los tres, se hacen más insoportables por culpa de lo que dejaron de hacer los mismos. La familia del actual regente se hace con unos terrenos ecoambientalmente invaluables para la ciudad, como lo es el humedal de La Conejera, para llevar a cabo proyectos de vivienda estrato 7 y, entre tanto, su pariente político y politiquero distrae a la opinión con un absurdo –y, como todo lo de él, no pensado a fondo y desconociendo las consecuencias– proyecto de viviendas de interés prioritaro (VIP) en las zonas más costosas de la ciudad. El burgomaestre confundió las siglas y creyó que se trataba de viviendas para very important people (también VIP).

Pobres desplazados, tendrán que desplazarse muy lejos para conseguir a precios asequibles los productos de la canasta familiar y cuatro horas de bus para llegar al colegio de sus hijos. La equidad al estilo petro-chavista. El socialhablamierdismo, cero estudios, cero planeación y pura vocinglería. Una cortina de humo que huele a caucho quemado. Como dice Fernando Trebilcock: “Claro que es bueno que haya una mezcla social, pero no con propuestas que salen de la nada, sino como respuesta a una planificación de ciudad”.

Bogotá, ¿cómo vamos? Mal, muy mal. Los carros pitan con desespero, los peatones maldicen con rabia, los empleados oficiales y de empresas privadas son desatentos y están invadidos de desidia e indolencia. La displicencia y la indisciplina son pan de cada día. Inmovilidad, atracos, basuras, huecos, andenes invadidos... Esto ha alcanzado unos niveles tales de absurdo que el teatro del absurdo es una comedia para niños. Hemos llegado a puntos tales que el ya aceptado adjetivo ‘kafkiano’ es una mera descripción rato ha superada en sordidez.

El pesimismo reina en la capital, mientras el director del circo grita desde su balcón con su megáfono oxidado que él está haciendo historia.

Mauricio Pombo

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