'Perder dos hijos así, en un día, no se le desea ni al peor enemigo'

'Perder dos hijos así, en un día, no se le desea ni al peor enemigo'

Drama de la familia Burbano, que perdió por las Farc a Johan y a Albín, militares, el mismo día.

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09 de noviembre 2014 , 09:13 p.m.

El pasado 25 agosto el país se conmovió ante la tragedia de los Burbano. Una familia de Tumaco (Nariño) a la que la violencia le arrebató, en menos de 24 horas a dos de sus hijos.

El primero de ellos, Johan Casimiro Burbano Ospina, soldado profesional, perdió la vida en medio de combates con guerrilleros del décimo frente de las Farc, en la zona rural de Arauquita (Arauca).

Menos de un día después, Albín Enrique Burbano Ospina, cabo segundo del Ejército, cayó en un campo minado. Pisó un elemento antipersonal cuando caminaba hacia un lugar despejado, en la zona selvática de Tierra Alta (Córdoba), mientras un helicóptero aguardaba para llevarlo a las exequias de su hermano.

A 77 días de aquel amargo lunes de agosto, cuando el dolor está aún sin cicatrizar, el padre de ambos, Jairo Burbano habló con EL TIEMPO de la forma en que luchó para que sus hijos fuesen alguien en la vida, y de cómo la absurda guerra se los quitó a los dos de un día para otro.

Hábleme del lugar donde se criaron sus hijos.

Ellos se criaron en una finca en Gualajo, San Agustín del Carmen, (Nariño), en un cultivo de cocos. Desde niños trabajaron allí con nosotros. Cuando terminaron la primaria se fueron a estudiar el bachillerato a Tumaco.

¿Qué pasó apenas se graduaron de bachilleres?

Fue una época difícil porque la cosecha estaba mala. El coco se había secado por el verano. Entonces, sobre todo el mayor, no quisieron regresar a la finca, porque querían estudiar una carrera. Con el coco seco, ¿de dónde se iba a sacar plata para pagarles sus estudios? Albín se fue a Cali un tiempo, trabajó de ayudante de construcción, pero dijo que eso no le había gustado. Ingresó, entonces, a las Fuerzas Armadas a pagar servicio. Llevaba un año cuando me llamó a decirme que había salido favorecido en los exámenes para hacer el curso de suboficial. Le pregunté que de dónde sacaríamos plata en las condiciones en que estaba la finquita.

¿Cómo hizo entonces?

Vendimos una parte de la finca. Nos dieron un millón y medio de pesos por un lote grande. Se aprovecharon de que yo estaba desesperado. Entonces prestamos, empeñamos lo que teníamos para completar lo de la carrera. Pero la plata no alcanzó para que mi segundo hijo, quien también se fue a pagar servicio, hiciera una carrera. Por eso decidió ser soldado profesional. Para sacarlos adelante y no dejar morir la finca me hice con una deuda en un banco; y ahora adeudo $ 18 millones. Es una lucha que derrumbó la guerrilla.

Nos decía que la producción del coco en su finca está mal, porque se secaron las palmeras. Entonces ¿Qué está haciendo para su sustento?

Ahora estoy viviendo del rebusque, compro coco en otras partes y vendo. Afortunadamente cuento con el apoyo de mi señora que trabaja como madre comunitaria. Los muchachos ya estaban aportando para los gastos en la casa. La muerte de ellos nos afectó en todos los aspectos.

¿Usted alcanzó a hablar con sus hijos, los que murieron, antes de la tragedia?

Sí claro, el mayor me decía que estaba contento. Hasta hizo un curso de veterinaria. El segundo era el que más nos llamaba cada vez que podía. La relación de nosotros, de padre e hijos siempre fue muy buena.

¿Cuántos son sus hijos ahora, después de la tragedia?

Dos, mi hijo Arturo, de 23 años, que es patrullero de la Policía y mi hija Angie, que tiene 21.

¿Es peligroso dónde ustedes viven, en Gualajao, Tumaco?

En la finca todavía podemos dormir hasta con las puertas abiertas. Pero, por los alrededores si está difícil la situación. Entonces, uno sabe a dónde puede ir y a dónde no.

¿Le gustaría enviarle un mensaje a los guerrilleros?

Por ellos también estoy orando. Quisiera decirle a los guerrilleros que ellos también tienen familia, tienen madre, tienen hermanos y muchos son padres. Que se acuerden de las madres, que son las que más sufren cuando les matan a sus hijos. Que no se vayan a levantar de la mesa (de la Habana, Cuba) hasta que se acuerde el cese al fuego definitivo. Qué el diálogo es el mejor camino. Todo no se puede arreglar con las armas. Que existen medios de cómo arreglar las cosas sin tener necesidad de destruir una familia. A los guerrilleros que están en el monte les digo, que piensen en ellos, en los suyos. Que acá afuera hay muchas oportunidades. Del conflicto no podemos vivir. El miedo no es vida. No se puede vivir pensando a diario que te van a matar. Así como ellos, hay muchas personas que vivimos en medio del miedo, para evitar un dolor como el nuestro es mejor la paz.

Mientras don Jairo hablaba de sus hijos a su lado permaneció su esposa, Agueda Ospina, sentada a su lado, quien por momento dejaba perder su mirada, tal vez en los recuerdos cuando aún tenía a su lado a todos sus seres queridos. A la entrada del parqueadero estaba un camión. A él, varios soldados subieron los electrodomésticos que les donó la Jefatura de Familia y Bienestar Social del Ejército: televisores, nevera, muebles de sala, comedor y alcoba. ­­Al final doña Agueda, lanzó una expresión que recoge su pena. “Esto es muy duro. Perder dos hijos así, de un día para otro, es un dolor que no se le desea ni al peor enemigo”.

LEO MEDINA JIMÉNEZ
leomed@eltiempo.comJusticia

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